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El Museo de Arte Moderno de París recrea el universo lleno de color de Pierre Bonnard

Culmina la reforma del edificio, en el que se presentan 90 pinturas, dibujos y fotos del artista

El edificio del Museo de Arte Moderno de París tiene una historia breve pero complicada. Concebido por los arquitectos Dondel, Aubert, Viard y Dastugue en un estilo imperial-racionalista, fue inaugurado en 1937. En agosto de 1938 es entregado a la ciudad, que, antes de poder utilizarlo, ve cómo el ocupante nazi se apodera de él en 1940. En 1961 se convierte en museo municipal de arte moderno. Ahora, tras dos años de nuevo cierre para liberarlo de amianto y adecuarlo a las exigencias actuales de seguridad -el coste total de la reforma ha sido de 15 millones de euros-, el museo reabre sus puertas presentando 90 pinturas de Pierre Bonnard, una serie de dibujos del artista y fotos de él y su mundo.

Nadie sabe si Bonnard (1867- 1947) es o no moderno. Es más, algunos cuestionan su lugar en la historia de la pintura. Picasso, que no soportaba el individualismo de Bonnard, su vivir al margen de todo lo que no tuviese que convertirse en pintura, dice de él que "no es un pintor moderno. Obedece a la naturaleza, no la trasciende". Y por si esto no bastara, añade: "Es un neoimpresionista, un decadente, un crepúsculo pero no una aurora". Balthus, al que tampoco era fácil enrolarle en ismo alguno, sabía qué responderles a quienes le preguntaban por Bonnard: "Si usted no piensa que se trata del mejor artista del siglo XX, entonces no tenemos nada que decirnos".

Las 90 pinturas reunidas hasta el 7 de mayo en París presentan a alguien obsesionado por detener el tiempo, por inmortalizar un instante de belleza -un baño, un almuerzo ante la luz cambiante, el gesto de tierna obediencia de un perro- y, al mismo tiempo, melancólico ante la evidencia de la imposibilidad de prolongar la felicidad o ese instante de perfección. Y en todas ellas hallamos el mismo "horror al vacío": el color lo invade todo, lo estructura todo, permite a la mirada recorrer el cuadro sin que haya otros choques que los buscados en pos del equilibrio compositivo. Ése es el tema, esa superficie en la que el color impone unas leyes que no son las de los objetos presentados. La exposición es un acontecimiento porque permite reencontrar algunas de las pistas abandonadas en la evolución del arte durante el siglo XX pero también porque es difícil volver a reunir en Francia un conjunto de telas de entre las cuales 29 proceden de colecciones particulares y 36 vienen de otros países. Poder ver, en una misma sala, ocho de sus autorretratos -para él pasan los años, desaparece el cabello, se vacían los ojos, en contraste de lo que sucede con Marthe, que Bonnard pinta eternamente joven- y en la siguiente sala buena parte de sus mujeres en la bañera es un auténtico privilegio, el de poder comprender el sentido de la máxima bonnardiana por la que su trabajo "no consiste en pintar la vida sino en dar vida a la pintura".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 2 de febrero de 2006