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Reportaje:FIN DE SEMANA

Paisajes románticos de la Alcarria

De Brihuega a Sigüenza, con parada en las riberas del río Dulce

Una fábrica de paños del siglo XVIII, sueño ilustrado de Fernando VI. Y una "sonrisa dialéctica", la del Doncel, que inspiró a la generación del 98. Recorrido por una Alcarria abierta a los turistas.

La Alcarria es un hermoso país al que a la gente no le da la gana ir". Es el arranque brillante y citadísimo del Viaje a La Alcarria de Cela. Y equivocado a estas alturas, porque a la gente ya le va dando la gana de ir a la Alcarria. O por lo menos a Brihuega, una de sus capitales oficiosas: comenta el vigilante de su fábrica de paños que el año que viene empezarán las reformas para convertirla en flamante hotel de lujo. De obras así se sabe cuándo empiezan, pero no cuándo acaban, y a veces se arman estropicios imprevistos. Así que no sería mala idea darse prisa y acercarse a conocer el edificio más noble de la arqueología industrial de la Ilustración española. Lo mandó construir un Fernando VI convencido de que la lana de las ovejas alcarreñas tenía que tejerse a pie de rebaño y no exportarse a precio de saldo. Era un intento pionero de lucha contra esa deslocalización que sigue trayéndonos de cabeza, y tuvo una vida breve, como tantos proyectos de progreso visionario en este país. Pero aún puede pasearse uno por sus arruinadas galerías anulares y casi oír el ruido de los telares.

Al pie queda el jardín, romántico y decadente, donde según Cela uno podía morirse "de amor, de desesperación, de tisis y de nostalgia". Ojalá ningún paisajista ocurrente -o ninguna excavadora enloquecida- estropee sus pérgolas torcidas por las enredaderas, sus pajareras chinescas y sus sensatos setos recortados. Se venden bolsas de tila de sus tilos inmensos y esquejes de rosal a prueba de heladas. Y el jardinero-guardián se acuerda muy bien de la época en que allí se rodó La tía Tula, la espléndida adaptación de Miguel Picazo de la novela de Unamuno. Uno vuelve a ver a Aurora Bautista y a la desolada Laly Soldevilla -"No nos casamos, Tula, no nos casamos"- cuando le oye contar que él mismo se encargó de comprar en el pueblo los bañadores -a cuatro pesetas- para la escena en el río. Era el Tajuña, que corre bajo el mirador del jardín. Al asomarse se ve también el castillo-cementerio lleno de cipreses y el caserío de Brihuega, todavía "una ciudad antigua, con mucha piedra y árboles corpulentos" de "color gris azulado, de humo de cigarro puro", como la vio Cela.

Huertas con nogales

Un poco más al norte, en Jadraque, pasó temporadas otro ilustrado incomprendido, Jovellanos. La casa se conserva, y con mucha buena voluntad hay quienes han visto en sus pinturas murales la mano de Goya. Y en Pelegrina volvemos a ver buenos árboles en las huertas del río Dulce: nogales tan nobles y de nueces casi tan dulces como el río son difíciles de ver en otros sitios. El paisaje es a la vez muy castellano y muy alemán, en el sentido romántico: el castillo arruinado pero imponente -a lo mejor más imponente en su ruina que cuando estaba entero-, los precipicios de la hoz en torno. Por encima, muchos buitres; cuando uno trepa por la cuesta del antiguo camino de mulas los tiene tan cerca que oye silbar el aire entre las alas: por algo Félix Rodríguez de la Fuente rodó por estos cañones muchas horas de metraje.

Y si Pelegrina y su castillo de irás y no volverás tienen algo de transilvánico, el pueblecito amurallado de Palazuelos parece morisco. De lejos, recostado en un cerrillo y rodeado de huertas, recuerda a las kasbah abandonadas de las laderas del Atlas, y ya Unamuno le encontraba a estas tierras un aire "sahárico". Las puertas del recinto -la del Cercao, la de la Villa, la del Monte- se abren en codo para dificultar el asalto, y también han impedido el paso del tiempo al interior. No se ve mucha gente por la calle en Palazuelos, y muchas casas están cerradas casi todo el año. En las que quedan abiertas se aviva el fuego muy pronto, en cuanto la neblina de las tardes de otoño empieza a emborronar los contornos de las cosas. El invierno es duro en el norte de Guadalajara, pero le sienta bien a sus pueblos: las calles huelen a humo de sarmiento, el agua gélida corre abundante, y en las mañanitas de sol el aire metálico casi duele en los pulmones.

A Sigüenza, que queda al lado, le favorece mucho la llegada en tren. El paisaje del camino es hermoso, y la estación relimpia, dulcemente provincial. Junto a la Alameda queda otra fantasía truncada de la Ilustración: el barrio de San Roque, ideado por el obispo Juan Díaz de la Guerra según modelos franceses, conserva sus manzanas rectas y casas de buen sillar, su palacio, su iglesia audazmente barroca, sus placitas bordeadas de mojones: una miniciudad dentro de la ciudad, pensada como respuesta a las callejuelas insalubres de la parte medieval. En medio está la catedral, áspera y militar por fuera, pero que guarda dentro huellas de la otra vena del carácter castellano, humanista y racional: en la Sacristía de las Cabezas, Covarrubias supo venderle al Cabildo una obra clásica digna de cualquier capital italiana, y en la bóveda talló cientos de cabezas de hombres y mujeres anónimos, de todas las edades y condiciones, petrificadas en gestos serenos o terribles: un verdadero retrato colectivo de la humanidad.

Y en la capilla de San Juan, claro, se recuesta en su sepulcro y lee sereno el Doncel desde hace quinientos años. Martín Vázquez de Arce murió luchando en Granada, pero su familia eligió recordarlo con un libro en las manos y la espada olvidada a los pies. Su "sonrisa dialéctica" impresionó a Ortega y a toda la generación del 98: era el símbolo de una España no siempre tan negra, más culta, más interesada por la palabra y la reflexión. A sus pies yace una muerta menos ilustre, pero también emocionante: Lucía Palladi, el gran amor de Juan Valera. La llamaban La Dama Griega, por guapa, y también la Muerta, de tan pálida. Al final de su vida, Valera se la encontró en París, decrépita: "Al verla recordé aquella horrible historia de Poe...".

GUÍA PRÁCTICA

Cómo ir

- Brihuega se sitúa a 100 kilómetros al noreste de Madrid, por la A2. La localidad dista 47 kilómetros de Sigüenza y unos 30 de Jadraque.

Dormir

- Molino de Alcuneza (949 34 70 04; www.molinodealcuneza.com). Carretera de Alboreca, kilómetro 0,5. Alcuneza (a 5 kilómetros de Sigüenza). Habitación doble, 118,18 euros.- Salinas de Imón (949 39 73 11). Real, 49. Imón. Habitación doble, a partirde 70 euros.- Hotel Valdeoma (600 46 43 09; www.valdeoma.com). Cirueches, 58. Carabias. Habitación doble, 76 euros.- Parador de Sigüenza (949 39 01 00; www.parador.es). Plaza del Castillo, s/n. Sigüenza. Habitación doble, 107.Comer- Calle Mayor (949 39 17 48). Calle Mayor, 21. Sigüenza. Precio medio, alrededor de 30

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de diciembre de 2005

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