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COLUMNA

La insoportable lentitud del juez

Uno de los primeros asuntos a los que debería atender cualquier gobernante sería el cabal funcionamiento de la Justicia. La educación, las carreteras, la agricultura o los servicios son sectores de enorme interés, pero la Sanidad o la Justicia constituyen cuestiones de vida o muerte. Vida o muerte individual y vida o muerte democrática. ¿Qué puede pensarse, en consecuencia, de un país como España donde el sistema judicial, según los datos más recientes, sufre un atasco de más de dos millones de casos?

Diariamente, los españoles contemplamos la emergencia de olvidados cadáveres o personajes del trasmundo que aparecen flotando en los juzgados. Desde Sonia Carabantes y Rocío Wanninkhof a Emilio Ybarra o 53 tipos del entorno de ETA que resurgen desde el más allá del cúmulo de revenidos expedientes. Estos seres, protagonistas de procelosos encausamientos se reencarnan en nuevas noticias como si el mar los hubiera arrojado inesperadamente a la orilla después de haber pasado una eternidad en las entrañas de sus algas y legajos. Pilas de papeles que pesan varios quintales y reúnen decenas de miles de folios escritos por las dos caras.

De estos proteicos sumarios debe deducirse el filo de la justicia. Pero ¿cómo no sospechar que tras el apelmazamiento del tiempo y el idiolecto, tras la aplicación de cláusulas y procedimientos, la resolución llegue a ser necesariamente mostrenca? Todavía se pretende en las salas que, varios años después del suceso delictivo, el acusado y los testigos recuerden las circunstancias concurrentes en aquella hora sin ahorrar particularidades en las que se incluyen impresiones, intenciones, figuraciones, colores. Estos simulacros de la realidad, convertida sin embargo en materia prima de la resolución, convierten el fallo en un efecto tan alejado de su causa que sería un milagro si su soporte no se hubiera deformado o descompuesto. Pero así continúa funcionando la Justicia en estos tiempos donde cualquier alimento, por banal que sea, porta su fecha de caducidad y todo artículo se acompaña de la información suficiente sobre la fecha final de su garantía. Siempre, por supuesto, cubriendo un tiempo incomparablemente más corto que los plazos que la Justicia se permite. Como consecuencia, los documentos suelen llegar amarilleados y tanto los abogados como los jueces sensiblemente encanecidos respecto a la primera vista. ¿Llegan también con buena vista? ¿Todo se encuentra en condiciones idóneas para la consumición?

La despaciosidad y pesantez de la justicia pudo creerse una señal de seriedad o de rigor. Pero ahora, cuando las técnicas son veloces y la institución, se supone, contemporánea, ¿qué pretexto podría argüirse para mantener su premiosidad, su desesperante avance de carromato? ¿Problemas de presupuesto? Si el problema consiste en la falta de presupuesto, la conclusión es, por homotecia, una falta de democracia. ¿O podría sostenerse que una democracia actual apoyándose en una justicia de guardarropía?

Este gobierno aprobó en octubre la creación de 155 juzgados más y de 26 nuevas plazas de magistrados. Con eso dio por cumplida su promesa para este año. Pero ¿se cumple con la necesidad? Desdichadamente no. El Consejo General del Poder Judicial estima que el número de asuntos atascados en los juzgados crecerá en otros 70.000 al final de 2005. De este modo, para gozo de los ratones y las polillas aunque para descrédito de la Democracia y la Justicia, la masa de expedientes irresueltos ascenderá en otro 2%. Las gentes comunes son las primeras en sufrir las sevicias pero las últimas en recibir los datos precisos del maremágnum judicial. Sin embargo, ¿qué decir de los especialistas y de los gobernantes que no sólo se enteran enseguida sino que se hallan en preferentes y exclusivas condiciones para ponerle solución? ¿No quieren hacerlo, no les importa, se les olvida, tienen otras cosas que hacer? Muy pronto la clientela juzgará a los políticos adecuadamente: no a través de prolongados plazos o de rígidas votaciones cuatrienales sino justamente, directamente, instaurando por fin la contemporaneidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 1 de diciembre de 2005