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Reportaje:CATÁSTROFE EN EE UU | El impacto en la Casa Blanca

El peor momento de Bush

La pasividad ante la tragedia y la guerra de Irak hunden la popularidad del presidente

Washington
George W. Bush atraviesa su peor momento desde que llegó a la Casa Blanca. A la creciente impopularidad del despliegue militar norteamericano en Irak se une ahora la pasividad inicial del presidente de Estados Unidos ante la catástrofe natural más grave en la historia del país tras el terremoto de San Francisco de 1906. Bush necesitará esforzarse para recuperar su deteriorada imagen, que ahora naufraga en los anegados Estados de Luisiana, Alabama y Misisipí, mientras el precio del combustible se dispara en las gasolineras. Agobiada por las críticas, la Casa Blanca anunció ayer el envío de tropas de combate para controlar el desorden y ayudar en las tareas de evacuación y rescate.

George W. Bush, que reconoció el jueves, en su primera visita a la zona afectada por el Katrina, lo "inaceptable" de la reacción de su Gobierno, y que ayer volvió a admitir los errores, atraviesa el peor momento desde que llegó a la Casa Blanca. A la impopularidad de la guerra de Irak se le une ahora su falta de reflejos para abordar la crisis con energía y decisión. Los estadounidenses suspenden a su presidente, que necesitará hacer ímprobos esfuerzos para enderezar una imagen ya tocada de antemano y que ahora naufraga en Luisiana, Alabama y Misisipí.

Para tratar de atajar el enfado político y popular, la Casa Blanca ha programado una nueva visita del presidente a la zona afectada para mañana. Y la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, está hoy en su Estado natal de Alabama, afectado por el Katrina, aunque menos que Misisipí y Luisiana; su presencia, además de intentar reforzar la vapuleada imagen del Gobierno, tiene como objetivo suavizar las protestas de la comunidad negra, que ha sufrido las peores consecuencias de las imprevisiones del desalojo de Nueva Orleans.

El nivel de desaprobación del presidente alcanza al 53% del electorado

Los primeros cálculos indican que las pérdidas rondarán los 100.000 millones de dólares

Bush es un superviviente político que ha frustrado anteriormente los juicios de los que menospreciaban su capacidad, pero en esta ocasión el cúmulo de condenas -demócratas y republicanas- es muy fuerte y se refleja en la opinión pública. Ahora, el deterioro de la confianza en Washington y el enfado de los norteamericanos han ido creciendo a lo largo de la semana, de forma que dos de cada tres estadounidenses, según un sondeo recogido por RealClear Politics, dicen que "el Gobierno no ha hecho lo suficiente para ayudar a las víctimas del huracán Katrina". Los que pensaban eso el jueves eran el 59%, y el miércoles, el 50%. En esa misma encuesta, el nivel de desaprobación del presidente alcanza al 53% del electorado. Es un dato que ya recogían otros sondeos desde el principio del verano, pero que se debía casi en exclusiva a la mala situación en Irak y a la incertidumbre de la guerra.

Aunque nadie ignora el papel de las autoridades locales o la penosa actuación de Michael Brown, jefe del organismo que se ocupa de planear la respuesta a las catástrofes naturales, la responsabilidad última es del presidente -que estaba de vacaciones el pasado lunes y que hasta el miércoles no las interrumpió-, igual que la responsabilidad de Irak también le corresponde al comandante en jefe. Y a la Casa Blanca le toca dar respuesta a todas las preguntas urgentes e importantes que se han agolpado esta semana, desde la mala preparación ante las emergencias hasta las dudas sobre los flancos que han quedado al descubierto en inversiones e infraestructura por el esfuerzo extraordinario de la guerra.

Lo que es nuevo en esta situación es el calibre de las cargas republicanas contra un presidente que empieza a dar, demasiado pronto, las señales de inacción que agarrotan a los que repiten mandato y ya no deben volver a presentarse a unas elecciones (la figura del lame duck o pato cojo), a diferencia de lo que ocurre con los congresistas, prácticamente ya en campaña para las legislativas de otoño de 2006. Son fuertes las palabras de Newt Gingrich, ex presidente republicano de la Cámara, en un asunto tan delicado -y al que Bush debe su victoria de 2004- como el de la seguridad: "Si no podemos responder con mayor rapidez a algo que veíamos venir, ¿cómo es posible que podamos pensar que estamos preparados para responder a un ataque biológico o nuclear?". El senador republicano Chuck Hagel -frecuente crítico de la Administración- dijo, a la vista de los errores y de la burocracia que impidió la movilización más rápida de la Guardia Nacional: "Tiene que haber una depuración de responsabilidades cuando se haya superado la crisis".

¿Entenderá Bush lo que el huracán ha dejado al descubierto? Quizá, porque no le falta instinto político, aunque ya en otras ocasiones ha dado pruebas de situarse de manera pertinaz al margen de la realidad. En este caso, la tardanza ha sido nefasta. Hasta el viernes, el presidente no visitó las zonas azotadas por el Katrina y asumió la magnitud de lo ocurrido: "No voy a olvidar lo que he visto". Pero hay algo más que un problema de reflejos: Bush arrastra -y ahora se acentúa- un problema de credibilidad. Como dijo Charlie Melancon, congresista demócrata de Luisiana, "le doy las gracias al presidente por su visita, pero fue más espectáculo que sustancia". Si se acentúa este problema, unido a la falta de acicate que supone ser un lame duck -aunque los objetivos de Bush no se agotan en su presidencia-, el presidente tendrá problemas para entender -y actuar en consecuencia- que el "Katrina es una prueba para este país, un examen vital para todos", como escribe Colbert King en The Washington Post, o que "la nación se encuentra ante una situación extraordinaria", como editorializa The New York Times.

Lo arriesgado para Bush y para su partido -que controla las dos Cámaras y que tiene la mayoría de los gobernadores de los Estados- es que cristalice en la opinión pública esta pérdida de confianza y que se establezcan vínculos entre la aventura de Irak y la catástrofe de la costa del golfo de México. La mayoría de los estadounidenses cree hoy que la guerra no estuvo justificada y lamenta tanto el goteo de militares caídos -cerca de 2.000 muertos y casi 15.000 heridos- como la sangría económica que supone. En el caso del huracán, además de la tragedia humana está también la repercusión económica. Los primeros cálculos -hechos por Risk Management Solutions y citados por The New York Times- indican que las pérdidas por el huracán rondarán los 100.000 millones de dólares. Otros análisis aseguran que el nivel de desempleo en la zona afectada multiplicará por cuatro la media nacional.

En esta situación, que coyunturalmente coloca al gigante estadounidense bloqueado en Irak y castigado por la naturaleza y a su presidente en una situación que desafía su capacidad de liderazgo, Bush trató ayer de recurrir al optimismo: "Todos los americanos deben estar seguros de que el país tiene el carácter, los recursos y la voluntad para superar este desastre. Ayudaremos a las víctimas; reconstruiremos las ciudades y los barrios perdidos en Luisiana, Misisipí y Alabama. Reconstruiremos la gran ciudad de Nueva Orleans. Y demostraremos una vez más al mundo que las peores adversidades hacen que salga lo mejor de América". Está por ver que esa retórica que tan buenos resultados electorales le ha dado siga siendo eficaz para el resto de la vida política que le queda a Bush en la Casa Blanca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de septiembre de 2005