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Reportaje:EL SECRETO PROFESIONAL

La sombra de la Primera Enmienda

La decisión de Miller plantea discrepancias entre profesionales de la abogacía y del periodismo

"Señoría, en este caso no puedo romper mi palabra sólo para no ir a la cárcel. Mi motivo es muy claro: la promesa de confidencialidad debe respetarse o el periodista perderá toda credibilidad y el público, al final, sufrirá las consecuencias". Judith Miller planteó ayer así su caso, que remite al debate sin fin sobre la Primera Enmienda de la Constitución. Allí se establece, entre otras cosas, que "el Congreso (...) no impondrá obstáculos a la libertad de expresión o de la prensa". Miller no es la primera periodista en EE UU con problemas por no revelar sus fuentes; en el pasado ha habido varios, como M. A. Farber, del mismo diario, que pasó 40 días en la cárcel en 1978, aunque luego fue perdonado, y ahora hay nueve casos pendientes de decisiones de varios tribunales, según el comité de defensa de la libertad de prensa.

La periodista y su diario sostienen que el fiscal interpreta la ley incorrectamente

Pero esta situación tiene alguna novedad, dice David Klatell, vicedecano de la Facultad de Periodismo de la Universidad de Columbia, en Nueva York: "Es una situación típica de conflicto con la Primera Enmienda en el sentido de que la cuestión de proteger a fuentes confidenciales se ha planteado a menudo; lo que no es típico es que implique una investigación sobre seguridad nacional. El origen es un acto ilegal: descubrir la condición de Valerie Plame como agente de la CIA. No lo hicieron Cooper o Miller, sino otra persona".

Así lo recordó ayer Floyd Abrams, uno de los abogados de Miller: "No ha sido acusada de delito ni lo ha cometido, sino de desacato". Pero el fiscal especial (especial porque es un asunto de seguridad nacional y porque descubrir a un agente secreto es un delito federal castigado hasta con 10 años de cárcel) dice que los periodistas "están obstaculizando una investigación criminal al no revelar sus fuentes".

"El fiscal tiene razón en el sentido de que no debe haber nadie por encima de la ley, ni el presidente de EE UU, y por eso Time decidió entregar los documentos de Cooper, y por eso su director, Norman Pearlstine, que es abogado, dijo que ningún ciudadano está sobre la ley. Pero lo que dicen Miller y The New York Times es que la periodista no está por encima de la ley, sino que el fiscal interpreta la ley incorrectamente. Es una distinción importante", subraya Klatell.

Miller era ayer el símbolo de la libertad de prensa, pero no para todos. Rosa Brooks recordó en Los Angeles Times que Miller ayudó a la Casa Blanca, antes de la guerra de Irak, a construir el argumento de las armas de destrucción masiva en sus artículos, que se basaban en fuentes "tan desacreditadas como Ahmed Chalabi y su cultivada red de contactos en el Gobierno". "Soy una gran admiradora de la Primera Enmienda", añade Brooks, "pero no es claro que éste sea el caso: si una fuente con clara motivación política pasa información secreta sin valor para la discusión pública pero que amenaza la carrera y quizá la vida de una agente secreta, es éticamente posible para un periodista denunciar la fuente". Brooks sugiere que Milller ha aprendido de Martha Stewart [la celebridad encarcelada unos meses] y que quiere "limpiarse el barro del pasado con una breve estancia en una prisión de mínima seguridad".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de julio de 2005