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COLUMNA

¿Nación andaluza?

Llevo semanas remojando esta cuestión, para no dispararme. Pensando, con secreta esperanza: ya pasará. Pero no pasa. Incluso gana adeptos. Rebusco entonces en mi ordenador intentos varios de afrontarla: "La Nación Andaluza y otras yerbas metafísicas", "¿Nación andaluza?, no, gracias". "¿Nación? Nosotros tampoco". Incluso títulos más mostrencos guardo por ahí, como "Andalucía, nación y dos huevos duros".

Ya se entiende la variedad de estados anímicos que he atravesado, pues tengo larga experiencia en el asunto. A finales de los setenta escuché, con paciencia propia de la transición, solemnes discursos de andalucistas defendiendo que había un Al-Ándalus Norte y un Al-Ándalus Sur, léase Marruecos y el resto del Magreb. El calco con Euskadi Norte y Euskadi Sur no podía ser más asombroso. Todos los años, el 23 de noviembre, aniversario de la conquista de Sevilla, volvían a quejarse de estar incurriendo en espantosa contradicción, al rendir honores en la catedral a un rey castellano "que había venido a conquistarnos". Alguno de ellos, como el propio Uruñuela, no reparaba en que su apellido le estaba señalando como descendiente acaso de quién sabe qué esforzado euskaldún, de los muchos que acompañaron a Fernando III en aquella hazaña. Y paro de contarles.

Ahora ya no vamos detrás de los vascos, cuya Nación es tan honda, tan honda, que ni siquiera se expone al humano debate. (Véase el excelente artículo de Manuel Montero del día 22). Ahora vamos, aunque con muchos disimulos, detrás de los catalanes. A lo mejor es un riesgo calculado, táctico que le dicen, después de haber sido pioneros en esta confusa materia, la de la reforma de los estatutos, cuando hace exactamente cuatro años el Parlamento andaluz dio el pistoletazo de salida. Y hasta puede de ese modo hayamos obligado a los demás a enseñar sus cartas, aun a riesgo de que se nos adelanten también Valencia, Baleares, Aragón... Y de que nos descubran la jugada en el último envite. Pero todo sea porque, al final de la vorágine, Andalucía ponga la cordura compensatoria que falta. Vale.

Entretanto, observo alarmado cómo la "nación andaluza" va juntando adhesiones. Hasta los de IU la reivindican. No sé en qué se basan, como no sea en otro mimetismo elemental, el de sus colegas vascongados, que por cierto se han cubierto de gloria, por segunda vez, arrimando carbón a esa locomotora sin freno del soberanismo.

Así que no sé si nos va a dar tiempo a desarrollar la táctica, o lo que sea, antes de que el Consejo de Estado pronuncie su oráculo sobre el sexo de este ángel equívoco. Y que las calores sigan recalentando molleras y empiecen a surgir naciones como champiñones, como ya ocurrió con las "nacionalidades". Y el PP tan contento. Ahora que parecía batido en su propia inanidad, en sus desesperos gallegos y en sus Aquilinos reparativos, algunos se empeñan en regalarle munición nueva. Allá para octubre o noviembre (quizás el 20) ya estoy viendo otra manifestación, con un par de lemas muy sencillos: "Nación no hay más que Una", "¡Arriba España!".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 29 de junio de 2005