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Reportaje:EN BUSCA DE UN PAPA La historia de los cónclaves / 5 y 6

De Trento a Pío IX

Las monarquías católicas empiezan a influir en la elección del papa

La historia demuestra la existencia de diversas formas de elegir al romano pontífice. Y, en concreto, a partir del Concilio de Trento, como respuesta a la reforma luterana, se inicia una etapa caracterizada por la confesionalidad de los Estados. Se pasa de la influencia de los príncipes italianos del Renacimiento a la de los monarcas de los países católicos. Las monarquías regidas por príncipes protestantes, o anglicanos, no podían manifestar sus preferencias. En cambio, las monarquías católicas pronto intentaron orientar, y en algunos casos dirigir, a los cardenales reunidos en cónclave.

- De la influencia al veto. En lógica política, los monarcas buscaron la elección de papas que favorecieran los intereses nacionales. Pero esa influencia política de las potencias católicas evolucionó en sentido negativo hasta el extremo de que las naciones católicas (imperio, Francia, España) ejercieran el derecho de veto en la elección del Papa, que duró, por extraño que parezca, hasta principios del siglo XX. Ahora bien, dentro del carácter personal de cada Papa, conviene tener en cuenta que los cardenales, reunidos en cónclave, no eran ajenos a los problemas que la sociedad cristiana experimentaba. Y, al margen de las directrices más o menos fuertes que sobre ellos ejercían los diversos Estados, procuraban elegir a la persona que, a su juicio, mejor pudiera resolver los problemas.

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Después de Trento, dos peligros podían prever los cardenales: el avance del protestantismo y el poderío turco. Ese reto lo asumió Pío V (1565-1572), elegido en el cónclave que, a juicio de L. von Pastor, el conocido historiador del papado, "estuvo más libre de influencias exteriores que ningún otro desde tiempos inmemoriales". Y Pío V se enfrentó con los dos problemas, quizás con mentalidad medieval. Excomulgó a Isabel I de Inglaterra en 1570, y propició la cruzada contra los turcos que culminó en la batalla de Lepanto (1571). Esas decisiones coincidían con los intereses de Felipe II, que, en líneas generales, coincidían con la actividad del papado.

Pero los proyectos del rey español eran ambiciosos y no todos los cardenales de la Iglesia veían con buenos ojos el poderío hispano. Y si en un principio la influencia de Felipe II consiguió el nombramiento de Gregorio XIII, en el cónclave de 1572, en los sucesivos eligieron papas que evitaran el excesivo poder del rey español, sobre todo respecto a Francia con el intento del acceso al trono de su hija Isabel Clara Eugenia. Así, en otro cónclave libre de presiones, los cardenales eligieron a Sixto V (1585-1590) y después a Clemente VIII (1592- 1605), que propiciaron la conversión de Enrique IV Borbón y su reconocimiento como rey de Francia. Con ello se solucionaron las guerras de religión que habían azotado Francia durante la segunda mitad del siglo XVI.

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El predominio francés y la independencia del papado. El siglo XVII viene marcado por la hegemonía francesa política y eclesiástica. La primera mitad del siglo sufrió la sangrienta Guerra de los Treinta Años. Austrias y Borbones intentaron controlar la elección del Papa, que pudiera favorecer sus intereses nacionales. El hecho más decisivo fue la elección de un Papa de la familia Barberini, que subió al pontificado con el nombre de Urbano VIII. Fue muy favorable a los intereses franceses y los cardenales, con la aceptación previa de Mazarino, procuraron evitar el excesivo poder de Francia, y eligieron a Inocencio X, el Papa pintado por Velázquez, y que condenó el jansenismo con la bula Cum occasione (1653).

Este predominio francés culminó en el reinado de Luis XIV. La concepción galicana de la Iglesia chocaba en múltiples ocasiones con la autoridad del Pontífice, agravada por el problema jansenista, herejía muy enraizada en los círculos eclesiásticos. Por eso, las presiones políticas no siempre conseguían el efecto deseado. Así, en el cónclave de 1676, con la oposición inicial de Francia que después cambió de criterio, salió elegido Inocencio XI, que se enfrentó a Luis XIV con energía y valor. Como en Francia se extendía el jansenismo más radical, que algunos consideraban "republicano" por su independencia frente al poder, el monarca acabó cediendo en sus pretensiones y aceptó las directrices doctrinales de Roma en la bula Unigenitus (1713). Pero el papa Clemente XI, elegido en 1700, tras largas gestiones, tuvo que enfrentarse con los problemas de la guerra de sucesión española; y los papas siguientes con los problemas de los Estados absolutos.

- Regalismo e Ilustración. Pero a mediados del XVIII surgieron con fuerza dos problemas. En el campo político, el creciente regalismo; en el campo ideológico, la Ilustración. Así, los cardenales protagonizaron en 1740 un largo cónclave de seis meses que culminó con la elección de Benedicto XIV, eximio canonista. La firma de concordatos, entre ellos con España en 1753, fue un intento de resolver las apetencias de los Gobiernos sobre los beneficios eclesiásticos. En cuanto a la Ilustración, constituye un hecho simbólico la respuesta a Voltaire que le dedicó personalmente una de sus obras. Ahora bien, en esta etapa hay dos casos que adquieren un valor paradigmático en los cónclaves; regalista en un caso, ilustrado y revolucionario en el otro.

En 1769, a la muerte de Clemente XIII, el cónclave se presentaba borrascoso. Los reyes de la casa de Borbón (Francia, España, Nápoles y los ducados de Parma y Plasencia) mantenían una pugna dura y tenaz con los jesuitas. En esa lucha contaban con el apoyo de Portugal, que con Pombal había iniciado el camino de la expulsión (1759), seguido por Francia (1762) y por España (1767). Pero los gobernantes querían la extinción de la compañía. Y éste fue el fondo de las cuestiones suscitadas en el cónclave en que fue elegido Clemente XIV. Las potencias católicas presionaron, en especial el embajador español, Floridablanca, y consiguieron la extinción de la Compañía por la bula Dominus ac Redemptor (1773). Era la consecuencia de las intromisiones políticas en el cónclave de 1769.

- La Revolución Francesa y el cónclave de 1800. El segundo ejemplo simbólico es la elección de Pío VII en 1800. La Revolución Francesa produjo una convulsión político-social innegable. Y como consecuencia lógica también tuvo su incidencia en la Iglesia. Por iniciativa del obispo de Autún, (Talleyrand), los bienes raíces de la Iglesia fueron nacionalizados. Pero este hecho no provocó la ruptura con Roma, sino la Constitución Civil del Clero que pretendía cambiar la estructura eclesiástica. Sin entrar en matices, la autoridad eclesiástica procedería de la base de los ciudadanos (fueran católicos o no) que elegirían a los párrocos y éstos a los obispos. Era el fruto del riquerismo que convertía a párrocos, y en consecuencia a obispos, en meros funcionarios del Gobierno. El juramento de esta Constitución dividió la Iglesia francesa.

Los ejércitos franceses invadieron Italia, conquistaron Roma y crearon la República Romana. Pío VI, anciano y enfermo, fue tomado prisionero y trasladado a Francia, donde murió en 1799. Pero con anterioridad había previsto una situación tan difícil y, por una Constitución (1797), determinaba que el cardenal más antiguo podría convocar cónclave a celebrar en cualquier país católico. El cónclave fue convocado en Venecia y, después de tres meses y medio, con importante aportación española, fue elegido Pío VII (1800), que decidió volver a Roma. También Napoleón demostró su genio político. Ya primer cónsul, invitó al papado a dialogar para llegar a una solución pacífica, que tuvo lugar con la firma del concordato de 1801. Pero el problema básico en las relaciones de la Iglesia con la sociedad y con los Estados estaría centrado, a partir de ese momento, en el liberalismo. Y, por supuesto, fue incidiendo en todos los cónclaves siguientes, hasta la elección de Pío IX en 1846. Claro que no siempre la persona elegida respondía después a las esperanzas depositadas, -otras veces las superan- , pero eso ocurre en todos los campos de la vida humana.

Antonio Mestre Sanchis es catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Valencia.

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