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Reportaje:

El deseo de Ángela Molina

La actriz de 'Ese oscuro objeto de deseo' y 'Demonios en el jardín' se sube por primera vez a un escenario para dar vida a la señora Robinson de 'El graduado'. Con casi 50 años, Ángela Molina vuelve a tocar el tema de la seducción y el deseo, algo que ella consigue sólo con mirar.

Es como si Ángela Molina estuviera siempre naciendo, incluso cuando le quedan unos meses para cumplir los 50. Se ha mudado al centro de Madrid, después de vivir décadas en un chalet del extrarradio; amamantó el año pasado a su quinto hijo, una niña llamada María que es la revolución de la nueva casa, y ahora, con casi 80 películas en su haber, debuta en el teatro. A ella también le gustan las metáforas natales.

"Si no hubiera tenido hijos, creo que me habría hecho madre de mí misma. Siempre he sentido que mi familia es la cuna de lo que soy. Mi vida entera nace, no sólo físicamente, de mi padre, del mundo de mi padre. Él es el manantial. Como si todo mi mundo, como si el mundo entero, estuvieran ahí, en él y en los que le rodeaban y trabajaban a su lado".

No hace falta decir, naturalmente, que él, ese hombre tan central y duradero en la vida de Ángela, fue Antonio Molina, cantante de la copla, actor de cine, hombre del espectáculo, que, 13 años después de su muerte, no ha tenido, me da la impresión, su revival, quizá porque la copla flamenca -que en nuestro país nunca acaba de morir- vive hoy en otras voces medio fusionadas. Gustase más o menos, Antonio Molina era un natural, y la verdad sin pretensiones de su estilo vocal y sus maneras recias tampoco permiten situarle en el firmamento kitsch que tantas veces motiva redescubrimientos y curiosidades malsanas.

"Dices que los Molina, más que familia, somos tribu, y a lo mejor tienes razón. Nosotros somos ocho hermanos, muy apiñados, y yo voy ya por el quinto hijo, pero todos nos mantenemos juntos, aunque, al ser tantos, en las grandes reuniones familiares siempre falta alguno. Con mi madre hablo a menudo, y con mis hermanos, nos vemos, nos lo contamos todo, y tanto Olivia como Mateo [sus dos hijos mayores], que ahora ya viven por su cuenta, vienen mucho por casa. ¿Gran madre? Yo me llamaría mejor gran hija".

El espectro del padre de Ángela es para ella un dulce fantasma. A la actriz le cuesta mucho, en cualquier conversación o recuerdo, sacarlo de su cabeza, de su presente.

"Como muchos padres de origen humilde, sin formación, que luego disponen de medios, mi padre quiso darnos una buenísima educación, una cultura. Piensa que a él le enseñó a leer, con 17 años, cuando empezaba a salir de novio con mi madre, el señor alcalde de Fuencarral, mi abuelo materno. La verdad es que a mi padre le enseñaron bastante tarde a todo, menos a respirar. Así que, para contrarrestar eso, ahí me tienes a mí a los ocho años leyendo el Quijote, sin enterarme de nada, estudiando francés, y con una profesora particular que me guiaba en las lecturas. Eso sí, todo mezclado con el espectáculo. Mi maestra de lecturas, por ejemplo, era Tona Radeli, la primera bailarina de la compañía de mi padre, una mujer elegante y muy culta que una vez por semana me daba esas clases sobre autores y libros clásicos. Yo volvía del colegio cansadísima, con ganas de merendar, de hacer pipí, y allí estaba esperándome Tona Radeli con Las mil mejores poesías de la lengua castellana. Tirso de Molina y Quevedo eran sus favoritos. Otras veces, estábamos en casa los niños y venían unos aspirantes andaluces para cantarle algo a mi padre, que aún no había llegado, y nosotros les recibíamos, y nos cantaban. También estudié danza clásica y española, por deseo de mi padre, y mis hermanas menores Paula y Mónica, piano y solfeo. Todos los hijos de Antonio Molina aprendiendo todo el día cosas".

Ser actriz es lo último en lo que pensaba la niña Ángela entonces. Un día, Tona Radeli, la querida bailarina y estricta gobernanta de sus primeras letras, subía con la colegiala en el ascensor, decidida a que aprendiera de memoria aquella tarde algún romance castellano o unos versos de Tirso, y de repente se la quedó mirando fijamente, las dos ante el espejo. "Tú, Ángela, serás la mejor actriz del mundo". La niña la oyó impresionada, por la inesperada seriedad de la sentencia, pero sus palabras las olvidó pronto.

"A mí lo que me gustaba era ir a los ensayos de mi padre cuando salía del colegio, escucharle cantar, muy quietecita, sin tocar nada. Recuerdo que en la sala de ensayo había una lámpara muy grande, y yo la miraba todo el rato; sólo de verla colgando del techo, tan lucida, me parecía estar viajando. Luego, al acabar mi padre sus ensayos, comíamos juntos, me contaba cosas del espectáculo. Mi padre era mi atracción fatal, y yo, la niña de sus ojos. Hasta que llegó, seis años después de mí, Paula, y ya perdí un poco el papel de gran estrella. Pero claro, seguía siendo la mayor de las niñas, y me dejaban ir al teatro, quedarme entre bambalinas, verlo todo de cerca. Cuando acababa mi padre el primer acto, allí estaba yo dándole la toalla, para que se secara el sudor. Alguna vez me cogía de la mano y me sacaba a saludar al escenario. Y los baúles con el vestuario… Siempre estaba revolviéndolos y poniéndome disfraces. No sabes lo que yo disfrutaba con todo eso. En verano, que no había colegio, me iba de gira con él; lo prefería a la playa".

Ángela iba a un colegio fino de monjas, el del Santo Ángel, en la madrileña calle de Tutor, cerca de Rosales. Allí coincidió, entre otras, con Pilar Miró y Cristina Almeida, y a todas las alumnas les enseñaban, además de a ser piadosas, algo que enorgullece al estamento monjil: una caligrafía primorosa.

"¡Mi letra! La primera y única torta que mi padre me pegó. Habían venido a casa, para un cumpleaños, muchos tíos y primos nuestros, y al acabar la comida, a mi padre se le ocurre decir: 'Y ahora, Ángela nos va a recitar un poema de Lorca que se sabe de memoria'. Para mí, aquello fue como si se hubieran parado todos los relojes del mundo. Me daba vergüenza, remoloneé, me notaba sin fuerzas; no podía. ¿Cómo iba a enseñar delante de mis primas y todos los tíos y tías lo que yo tenía dentro? ¿Sentir ante ellos las cosas que yo sentía sólo para mí? Mi padre me llamó aparte, muy enfadado. '¿Para esto me preocupo yo de que te enseñen y te den tantas clases?'. Y entonces me pegó en la cara. Yo me puse a llorar, pero el llanto no era por el dolor en la cara, sino por la magia rota. Le había dado un disgusto grandísimo a mi padre. Así que me fui llorando a mi cuarto y allí me puse a escribir en un cuadernito, sin parar, muy rápida, olvidándome de la preciosa letra picuda que nos enseñaban las monjas del Santo Ángel. Cuando la mano se me cansó de escribir y miré lo que había escrito con esa mala letra tan diferente de la mía, me quedé hipnotizada. Había llenado la página sólo con dos palabras: Ángela Molina. Después, muy tranquila, volví al salón y les anuncié que iba a recitar el poema. Todos se sentaron de nuevo, mi padre también, al fondo. Y no dije un poema, sino tres: el de Lorca, uno muy largo sobre el Camino de Santiago y otro de Juana de Ibarbourou. Se lloró, se aplaudió, mucho éxito. Y así descubrí que era actriz. Que ser actriz sería mi vida".

La hermosa cara de Ángela, su ángel, es meridianamente racial, y aunque ella canta -nada mal- e interpretó memorablemente a la flamenca Pepita de las dos partes de Las cosas del querer, el aura de la Molina, tan extendida en el resto de Europa como en España, se debe a sus grandes interpretaciones dramáticas, a menudo ajenas al molde castizo. Su primera película, No matarás, la hizo a los 18 años.

"Yo iba encaminada a la danza clásica; había estudiado con Karen Taft, con Alan Baldini, con Madame Kashuva, y un día me ofrecieron Romeo y Julieta en el Real. Pero me presenté en la prueba de rubia platino y sin muchas ganas de meterme a Julieta, porque al mismo tiempo, César Ardavín me había llamado para una película en la que tenía que salir teñida. Tuve que elegir, y elegí la película, y luego, ya preparando el rodaje, me ofrecieron otro espectáculo de baile en el Líbano, y también dije que no. Con lo que me gustaba. Más tarde, pensando yo en volver a bailar, fue ella la que me dio la espalda: la danza es así de dura. En el rodaje de No matarás con Ardavín me pasó algo misterioso, maravilloso. Yo tenía que beber de una fuente, y mientras se filmaba el plano veía cómo las gotas de agua caían de mi mano, una imagen muy bonita. Tuve una sensación mágica, que me hizo entrar en un mundo distinto, nuevo para mí. La conciencia de saber que aquello tan hermoso que yo misma veía mientras lo hacía, lo verían meses después miles o millones de personas en un cine".

Fue aliviador que los productores no le ofreciesen a la hija de Antonio Molina papeles de cantaora con bata de cola (aunque resultaba deliciosa interpretando, con su acento muy bien colocado, a la criadita andaluza Encarna en Las largas vacaciones del 36). Hizo a continuación de No matarás dos películas no muy distinguidas, y llega 1976, en el que si las historias del cine no mienten, esta muchacha de poco más de 20 años rueda seis películas, entre ellas la citada de Jaime Camino, otra con Miguel Picazo, otra con Antoni Ribas, y Camada negra, que marca el inicio de una fructífera relación artística con Manuel Gutiérrez Aragón, desarrollada en cuatro obras magistrales (las tres siguientes fueron El corazón del bosque, Demonios en el jardín y La mitad del cielo).

"Las películas con Manolo [Gutiérrez Aragón] fueron muy especiales para mí, porque él me llevó al mundo de mis mayores, me sumergió en mi memoria, me hizo entender mejor a mi madre, a mi abuela. Es uno de los directores que más han creído en mi libertad, y para mí es importantísimo. De temperamento soy muy libre, y hasta un poco libertaria, y si el director me respeta eso, si le apetece o le conviene para su idea de la película, se da entonces una relación de plenitud con él. ¿Almodóvar? Con él [en Carne trémula] hubo un proceso distinto, en una primera fase del rodaje a través del sufrimiento, pero a partir de cierto momento nos entendimos muy bien el uno al otro, y me quedé muy contenta de haberla hecho. Y está Borau; Chavarri, conflictivo pero muy productivo; Elio Petri, que mientras rodábamos me llevó a vivir a su casa, con su familia… Con Ridley Scott hubo una sintonía total, y Marco Bellocchio me abrió una vía de conocimiento a mí misma. Y aparte está Buñuel. Entre otras cosas maravillosas, mi mejor espectador".

Y de repente, otro renacimiento que nadie se esperaba. Ángela Molina ensayando muy disciplinadamente la obra de teatro El graduado en una sala con espejos al fondo, tal vez parecida a aquellas en las que se colaba para ver a su padre con chaquetilla corta y sombrero cordobés.

"Fíjate, me siento otra vez como una colegiala, trabajando con ilusión, desde la inocencia absoluta, y con el gracejo que me da la edad, que me sirve para reírme de mí misma cuando hace falta. Todo esto es nuevo para mí; el suelo no está puesto, y a cada paso que doy en el ensayo pongo una baldosa. La edad no protege el amor, pero el amor sí protege la edad. De eso habla esta obra, y yo lo entiendo muy bien. El teatro siempre estaba ahí, como aguardándome, y yo le hacía esperar, o me escapaba de él. Alguna vez me entraba una inquietud: a ver si no me va a dar tiempo a hacerlo. Sí, Troya siglo XXI. Eso lo estrenamos en Mérida en 2002, pero no lo cuento. Era una cosa multimedia, con orquesta y dos grupos de baile, uno italiano y el de Rafael Amargo; yo, más que actriz, era la voz dramática, narraba la historia, en plan madre de la tragedia griega. Y en realidad no había nadie al frente del espectáculo, así que debuté en el escenario de la mano de ningún director. Esto de ahora es distinto: el cada día del teatro. Lo curioso es que me resulta muy natural, no encuentro impedimentos; el trabajo teatral lo veo como un aliado mío, aunque a veces esta obra me resulta vertiginosa. A lo mejor tendría que haber empezado con un Chejov. ¿Falta de películas? Ya sé que eso se dice, y tiene su parte de verdad, que algunos actores se meten en el teatro o vuelven a él cuando no tienen rodajes. A mi edad no hay tantos papeles cinematográficos, y los que me ofrecían últimamente no me gustaron. Vino esto, y me gustó mucho, y además me siento muy comprendida en el montaje. Muy en mí misma".

'El graduado' es una obra sobre la seducción y el deseo, y quiero preguntarle a Ángela Molina por algo que a veces pone nerviosos a los actores. Para cubrirme las espaldas, antes de hacerle la pregunta le cuento que acabo de ver la maravillosa y estremecedora Zarabanda, la nueva película que Ingmar Bergman ha hecho después de 20 años de retiro de la dirección cinematográfica, donde en una escena de cama casta están desnudos Liv Ullmann, que se tapa con el edredón, y Erland Josephson, que enseña toda su carne octogenaria por delante y por detrás.

"Me desnudé de joven, pero ni siquiera con Buñuel me sentí a gusto. Y eso que tenía 21 años cuando hice Ese oscuro objeto del deseo. No disfruto desnudándome, y menos ahora, a punto de cumplir los 50. Se dice que el primer traje de una actriz es su desnudo; a mí ahora me queda muy holgado, y para que me lo arreglen en casa, mejor no ponérselo. Ahora bien, todas las escenas de amor, toda la gracia sexual y toda la sensualidad de El graduado estarán en el escenario. Se me va a ver hasta el hígado. El corazón y el hígado".

Ángela Molina dice cosas así de chispeantes con frecuencia. Tiene un genio alegre, y a nadie le voy a descubrir el encanto físico, su luminosidad, que tanto ante la cámara como al natural puede ser tan profunda como desbocada. Verla en un rodaje o rodeada de un pequeño gentío en casa produce energía. Y entonces, Ángela habla, con unos conocimientos culturales tal vez debidos a la regleta de Tona Radeli o a sus propios giros vitales y apetencias. ¿Habla en esas ocasiones la hija archibieneducada de El pescador de coplas o la gran dama del cine internacional? Le recuerdo una de sus frases: "Cuando no trabajo, se me olvida que soy actriz".

"Yo sólo actúo cuando ejerzo. No soy nada actriz en la vida real. Ni tengo teorías sobre mí. Lo mío no tiene nombre. Me veo, desde siempre, como alguien que forma parte de un grupo, que es mi familia, la que me hizo a mí y la que he formado yo. Antes de tener hijos era más egoísta; desde que soy madre soy más persona, y más olvidadiza de mí misma. Durante el día vivo muy rodeada, muy acompañada: mis días son los demás. Sí, tienes razón: como en una tribu. Grande y llena de alboroto. Pero cada noche, antes de dormir, me dedico un rato de soledad. La casa ya está tranquila, y entonces me pongo a sentirme bien conmigo. Dejo a mi mente que hable, y yo le hablo a ella. A lo mejor también eso tiene que ver con mi origen. Vengo, por mi padre, del flamenco, y el flamenco es la mezcla de la ligereza y la hondura".

La obra 'El graduado', dirigida por Andrés Lima, con Ángela Molina, Olivia Molina y Juan Díaz, se representará en el teatro Coliseum de Madrid a partir del 24 de febrero.

La señora Robinson y su hija

Tuve la suerte de que Ángela Molina fuese la protagonista femenina de Sagitario, la primera y, mientras no se demuestre lo contrario, única película que he hecho como director. Cuando empezábamos los preparativos, Ángela, sabiendo que aún no estaba adjudicado el papel importante de una chica joven, me habló de su hija Olivia, que entonces era estudiante aún y no había hecho nada en cine. Por curiosidad sincera, no por cortesía, recibí a Olivia en el despacho de la productora donde María Ruiz (mi apreciadísima directora de casting) y yo veíamos cada día a muchos actores jóvenes, chicos y chicas. A María y a mí nos gustó mucho Olivia: espontánea, irresistiblemente graciosa, guapísima. Como su madre. Ése era el problema. Olivia parecía el vivo retrato adolescente de Ángela, y para la trama de la película, donde la muchacha en cuestión hacía de rival amorosa de la mujer madura interpretada por Ángela, no convenía nada tan asombroso parecido (el papel lo hizo María Isasi, otra estupenda actriz joven, hija de otra grande, Marisa Paredes. Las buenas dinastías españolas). Naturalmente, muy poco después de ese casting, Olivia empezó a trabajar en el cine y la televisión, hasta hoy, a punto de estrenar en teatro El graduado, donde interpreta a Elaine, la hija de la señora Robinson.

"La señora Robinson y yo no nos parecemos nada; la estoy conociendo ahora, en los ensayos", me dijo Ángela Molina en nuestra conversación. Es muy posible que tampoco Olivia se parezca a Elaine. Ambas salen ahora a un escenario. O renacen. Juntas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de febrero de 2005

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