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ARCO 2005

Los museos abordan el problema de cómo coleccionar lo incoleccionable

Las obras efímeras, con materiales orgánicos, y la rapidez tecnológica centran el debate

Hace tiempo ya que los artistas, no todos, dejaron de preocuparse por si sus obras alcanzarían la posterioridad. Muchos trabajan con lo inmediato, con materiales frágiles y efímeros, con humo o incluso con seres vivos. Las obras que utilizan los nuevos medios se encuentran además con el problema de que la tecnología que las hace visibles se vuelve rápidamente obsoleta. Conservadores de museos y coleccionistas empiezan a preocuparse y a intercambiar experiencias para asegurar la conservación de unas obras que consideran fundamentales pero en peligro de extinción.

En Arco pueden verse, y siempre a la venta, algunas de estas obras realizadas con materiales efímeros o que resultan de difícil mantenimiento. Un ejemplo puede ser la obra H2O, de Robert Gligorov, artista macedonio instalado en Milán que en la milanesa galería Pack presenta una pajarera de cristal metida dentro de una pecera. La pieza, de la que hay tres ejemplares a 15.000 euros, produce un fuerte choque visual al ver a los pájaros de colores aparentemente dentro de la pecera y, naturalmente, se da por supuesto que en el futuro habrá que ir cambiando los animales porque su vida lógicamente es perecedera.

Es un pequeño ejemplo de los muchos que a todo el mundo pueden venírsele a la cabeza de obras que resultan, a priori, difíciles de conservar. La mesa redonda sobre el tema que se celebró el viernes en el marco del Foro de Expertos de Arco, sin embargo, se centró más en los problemas de las instalaciones y el arte multimedia. Se titulaba ¿Y ahora qué hacemos? Coleccionismo de arte (anteriormente) incoleccionable, y su moderador, el crítico neoyorquino David A. Ross, comentaba con cierto humor que, por ejemplo, los coleccionistas de Dan Flavin "tienen que comprar no sólo el documento que acredita la autoría sino también miles de bombillas para conseguir siempre el mismo matiz de colores de la obra, porque dentro de cien años si no hay estas bombillas no servirá de nada tener la pieza".

Ross también indicaba que "los museos y coleccionistas compran obras, y eso conlleva la obligación de preservarlas", pero reconocía la contradicción con la que a veces entran con los artistas que habían hecho sus obras con otro fin que podía incluir su futura desaparición. La comisaria del Whitney Museum de Nueva York, Henriette Huldisch, se centró en el problema del cine y el vídeo, que han entrado de lleno en los museos a partir de los noventa. "El arte tecnológico es reproducible, pero al mismo tiempo es efímero", indica Huldisch. "Una cinta magnética dura pocas décadas si se conserva mal, y el problema es mayor en las obras pioneras de los años sesenta, que se tienen que ir transfiriendo a otros soportes más modernos, lo que en cierta medida implica una pérdida". Otro problema que salió a relucir fue el de los cambios tecnológicos rápidos que dejan obsoletos en poco tiempo los soportes. Desde formatos de vídeo que ya no se usan hasta casas comerciales que dejan de fabricar proyectores de diapositivas o de cine que son imprescindibles para mostrar determinadas obras.

Los artistas, recordaron los expertos, viven ajenos a estos problemas porque para ellos lo importante es la obra, no la posibilidad comercial o las dificultades de conservación de las piezas. "Ahora, por ejemplo, muchos jóvenes recuperan la película en 16 milímetros y también cámaras antiguas que ya no se fabrican. El trabajo será nuestro. En el Whitney lo que hemos hecho es adquirir muchos proyectores para asegurarnos de que si falla uno tendremos repuesto", añade Huldish.

"Los medios nuevos no son los únicos que tienen problemas", indicó Christine van Asche, conservadora del Centre Georges Pompidou de París. "El arte de acción, la performance, también te obliga a cuestionarte, porque no sabes qué es lo que tienes que coleccionar, si la idea o los restos de una determinada acción". Existen coleccionistas de performance, como los hay de páginas web o de obras intangibles que sólo existen como documentación o archivo de una idea que el artista, si decide comercializarla, vende mediante un certificado de autenticidad. En estos casos, según Jill Sterret, conservadora del Museo de Arte Moderno de San Francisco, los conservadores se basan en la tradición oral, en lo que les explicó el artista respecto a su montaje o funcionamiento. "Nos estamos convirtiendo casi en creadores de las obras", señala. "El problema lo tendremos dentro de cien años", añade Van Asche, que se preguntaba: "¿Hay que preservarlo todo?".

También se lo pregunta el galerista barcelonés Alejandro Sales, para quien "todo se puede coleccionar o guardar, pero es más discutible que todo se pueda vender". "Hay obras, como las famosas acciones de Beuys, que se hacen por encargo y no tiene sentido que estén a la venta, pero no por ello dejan de ser importantes".

Fetichismos

"Es verdad que hay mucho fetichismo en el mundo del arte, pero es lógico, porque es algo que tiene mucho valor", explica Enrique Juncosa, director del Irish Museum of Modern Art de Dublín, que se considera "optimista respecto a que se va a desarrollar también la tecnología que permitirá conservar estas obras de más difícil conservación". La tecnología, explica, plantea problemas, pero también soluciones, y hay que tener claro, en todo caso, que en muchas de estas obras "lo que cuenta es la idea y no si es una primera edición o si el material es el original o uno parecido".

En esto está de acuerdo la galerista Oliva Arauna, para quien estos nuevos medios tienen que provocar "un cambio de actitud de las colecciones". "La ventaja es que muchas de estas obras no tienes ni que almacenarlas, porque es una idea que se puede reconstruir en cualquier momento. Ahora, con una pantalla de plasma puedes tener una gran colección en un cajón y los cambios tecnológicos y sus molestias resultan, en todo caso, más baratos que lo que cuesta el traslado, el seguro y la conservación de muchas obras tradicionales".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 14 de febrero de 2005

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