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Reportaje:GRANDES REPORTAJES

La fábrica del mundo

China produce el 75% de los juguetes, el 30% de los televisores, el 25% de las lavadoras y el 20% de los teléfonos móviles que se venden en el mundo. Una mano de obra dócil y barata está detrás del milagro económico de un país convertido en la meca de muchas multinacionales.

Silencio. Un silencio roto sólo por el zumbido de los ventiladores inunda el segundo piso de las instalaciones del fabricante de equipos electrónicos Quan An. La luz de los fluorescentes llena la sala. Sesenta jóvenes sentados en sillas de plástico azul trabajan uno tras otro en las líneas de producción. Cuando Zhang Xuewen, la directora y esposa del propietario de esta empresa de 180 empleados, entra en el taller, prosiguen su labor sin levantar la mirada. Sueldan cables, prueban circuitos impresos, ensamblan componentes, calibran pantallas. Parece el aula de un colegio en pleno examen. Trabajan en silencio porque tienen prohibido hablar. En la pared, una cámara vigila sus movimientos.

Bienvenido a la provincia de Guangdong, testigo del inicio de las reformas puestas en marcha por Deng Xiaoping en 1978. Bienvenido al delta del río Perla, una de las mayores zonas fabriles del mundo. Bienvenido a la nueva patria de multinacionales como Kodak, Honda, Nike, Siemens o Ikea en la tierra de los dragones.

Quan An está situada en Xiacun, una población de solares polvorientos y urbanismo rápido anclada entre los brazos del río Perla, en el sur de China. Pertenece a la municipalidad de Jiangmen, una de las ocho que constituyen el delta, y es un claro ejemplo de los miles de compañías locales que han surgido en el gigante asiático en estas dos décadas de transición al capitalismo. "La fundó mi marido en 1990 con el dinero que había ahorrado su padre trabajando en uno de los estanques de piscicultura que poblaban la zona. No hizo ni el bachillerato, pero tenía los conocimientos necesarios para comenzar el negocio porque había estado empleado en algunas empresas que producían transformadores", explica Zhang, de 32 años. Ella, hija también de campesinos, comenzó en la cadena, donde enseñaba a los obreros lo que tenían que hacer. Cinco años después se casó con el jefe. Hoy, Quan An exporta el 60% de la producción a 56 países; como los cientos de cámaras de seguridad con la marca JR Electrónica, destinadas a México, que se alinean en las estanterías.

China produce el 75% de los juguetes mundiales, el 29% de los televisores, el 24% de las lavadoras, el 20% de los teléfonos móviles, tres de cada 10 bicicletas y siete de cada 10 encendedores. Los objetos más insospechados proceden cada vez más a menudo de sus talleres: desde vajillas y árboles de Navidad artificiales hasta calcetines o reproductores de DVD. Y la eclosión no ha hecho más que empezar, porque electrodomésticos y automóviles made in China formarán parte del paisaje europeo en un futuro cercano, como ocurrió anteriormente con los productos japoneses y los surcoreanos.

Zhang habla en una amplia sala de reuniones, de paredes de madera clara, cortinas blancas y rosas, y cristales tallados con dibujos de aves. En la entrada, varios peces nadan en un gran acuario. "Pero el negocio no es fácil, cada vez hay más competidores y tenemos que adaptar continuamente el producto para atraer a los clientes", dice con voz suave esta mujer sin estudios, que reconoce que lo que más le gusta es "hacer las cuentas". En la puerta de la fábrica, varios carteles piden prosperidad a los dioses. "En esta tierra puede producirse oro", reza uno de ellos. "Por un futuro prometedor y un negocio floreciente", se lee en otro.

Veinticinco años de reformas económicas han transformado China en una gigantesca máquina orientada a la exportación. Por todo este país, que se tarda en cruzar más de cinco horas en avión, han surgido zonas industriales y barrios gremiales en los que millones de obreros trabajan al unísono jornadas interminables por 60 euros al mes. Y pocas grandes multinacionales ignoran ya este cuasi continente de 1.300 millones de almas. No sólo por las ventajas que representa su infinita mano de obra, sino por la pujante demanda interna de una economía que crece a tasas impensables en otras zonas del mundo: un 9% medio anual desde hace 15 años.

Pero ¿cómo son sus fábricas?, ¿cómo es la vida de los millones de obreros que hacen girar esta poderosa cadena productiva, a menudo en silencio, a veces osando levantar la cabeza? Zhang asegura que el salario mensual de sus operarios es de 800 yuanes (75 euros), por 10 u 11 horas de trabajo diarias y un día libre al mes. Una jornada que le parece normal, porque lo es en muchos lugares de China. Para solucionar posibles problemas técnicos, la compañía ha contratado los servicios de dos ingenieros, a los que llama cuando le hace falta, que cobran 930 euros mensuales.

El 60% de los obreros de esta empresa viene del interior del país, de provincias más pobres como Henan, Sichuan y Guangxi, y sólo regresa a sus casas con ocasión del Año Nuevo, a finales de enero. Casi todos rondan los 20 años y son mujeres, "porque tienen más paciencia para el ensamblaje", porque son más fáciles de manejar y, lo que quizá es más importante, según Ruby Zhu, economista de la Cámara de Comercio de Hong Kong, porque cobran menos. Como Yang Limei, de 18 años, una chica de pelo corto y mirada triste, de Guangxi, que viste una camiseta roñosa del ratón Mickey. "He venido aquí porque en mi ciudad la situación no es buena. Llevo un mes, y está bien, el trabajo es fácil; pero todavía no sé lo que voy a cobrar", asegura, con voz y ojos bajos, mientras corta con cuidado los extremos de un manojo de cables amarillos del grosor de un fideo. Yang dice que le hubiera gustado seguir estudiando, pero que no puede porque tiene dos hermanos menores y debe ganar dinero para ayudar en casa. La renta per cápita en China en las zonas rurales, donde viven dos tercios de la población, es de 20 euros mensuales.

En Xiacun, sólo la gente más mayor se dedica al campo: cultivan vegetales y crían peces y gambas. Los demás, casi todos, viven de la industria. Los empleados locales desempeñan labores de más responsabilidad en la cadena de mando. Es el caso de Luo Lihuan, la jefa de una de las líneas de producción. A sus 21 años, lleva ya cuatro ganándose la vida entre las paredes de este edificio de gresite situado al fondo de un callejón. Viste una camiseta negra Versace y se pasea como un pavo entre las trabajadoras, trasladando bandejas con componentes electrónicos, orgullosa de ocupar un puesto de más rango por el que ingresa 110 euros al mes. No en vano es del pueblo. Luo conoce perfectamente todas las normas a las que están sometidos los empleados. "No pueden hablar, para no distraerse, y si quieren ir al servicio deben tardar menos de cinco minutos", dice.

Muchos de los asalariados de Quan An se alojan en los dormitorios que tiene la compañía en un edificio anexo. Pagan dos euros al mes por una habitación infestada de mosquitos en la que duermen entre seis y ocho personas, distribuidas en literas. En uno de los cuartos se acumulan sobre una mesa un ventilador, cuencos para comer y termos para el agua. La ventana, de cristales rotos, da a una charca rodeada de bananeros, bambúes y basura. En una de las literas, detrás de una cortina raída que proporciona la única intimidad posible, reposa una televisión. Zhang la ve, aparta la mosquitera y dice con tono reprobatorio: "Esto está prohibido, hay un cuarto para ver la tele. Además, a las once de la noche todo el mundo tiene que estar durmiendo y no se puede hacer ruido". Al caer la tarde, antes de volver de nuevo a la cadena de montaje a las siete, los empleados salen al patio para cenar. En cuclillas, se acercan el bol metálico a la boca mientras empujan el arroz con los palillos.

Las calles de Xiacun son un reflejo de los cambios que se han producido en esta región en los últimos años. Edificios tradicionales se mezclan con obras recientes. Al borde de un canal, un templete acoge en la penumbra una estatuilla de Hua Tuo, un doctor de medicina tradicional muy venerado en China que vivió hace 1.800 años, durante la dinastía Han. "Muchos obreros y empresarios vienen a quemar papeles, en los que han escrito sus dolencias, para pedirle salud", explica una anciana de colmillos de plata. Colgados en las paredes negras por el humo del incienso, varios cuadros rojos con letras doradas agradecen a Hua Tuo sus favores. Fuera, alguien ha atornillado un cartel metálico que promueve la política de hijo único: "El control de natalidad depende de nosotros, y beneficiará a las generaciones futuras".

China ha atraído casi medio billón de dólares de inversión extranjera desde que comenzó a internacionalizar su economía, y continúa deslumbrando a directivos de todo el mundo. Y Guangdong ha sido una de las principales beneficiadas, ya que fue en esta provincia donde los dirigentes comunistas comenzaron a sacar el país del letargo y pusieron en marcha tres de las primeras zonas económicas especiales creadas para experimentar con la llamada economía socialista de mercado. La vecina Hong Kong trasladó en los años ochenta gran parte de su producción al continente y se convirtió en uno de los principales motores del desarrollo de esta área. Actualmente hay más de 53.000 empresas de la ex colonia británica en el delta del río Perla, en el que viven 48 millones de personas sobre una población de 80 millones en todo Guangdong, a los que se suman otros 20 millones de inmigrantes.

Se trata de la región más dinámica de esta gran fábrica del mundo llamada China. Aquí se manufactura todo tipo de artículos, desde coches hasta ordenadores, pasando por ropa, juguetes, químicos, alimentos, televisores, zapatos, relojes, cerámica, acero o fármacos. El delta mueve un tercio del comercio de China continental.

Hasta 1985 era un territorio surcado por grandes ríos y dominado por granjas y pequeñas poblaciones rurales y pesqueras. Ahora los ríos siguen ahí, pero el paisaje ha sufrido una completa mutación debido a la explosión empresarial y el desarrollo de las infraestructuras. Puentes colgantes de hormigón, bajo los que navegan las barcazas, cruzan los brazos de agua, algunos de varios cientos de metros de ancho. Las torres de alta tensión trepan las colinas intentando calmar la bulimia energética de los miles de talleres que a menudo funcionan hasta medianoche. Y los campos de cultivo encogen día a día, acosados por la demanda de suelo industrial. Ahogadas entre las autopistas subsisten algunas extensiones de plataneros, campos de arroz, plantaciones de caña de azúcar y granjas de patos. Pero hasta las montañas sufren tajos, como si fueran flanes cortados por un cuchillo, para dejar paso al progreso. Un progreso anárquico, que ha convertido la región en un mar de ciudades fábrica, ciudades dormitorio. Ciudades construidas para trabajar, no para vivir.

Una de éstas, quizá aquella en que la fiebre productiva ha llegado a mayor extremo, es Dongguan. Aquí residen del orden de siete millones de personas, de las cuales cinco millones son inmigrantes, la inmensa mayoría mujeres. En las calles, la actividad es frenética, y el tráfico, caótico. Torres acristaladas se mezclan con pequeñas tiendas que ofrecen todo tipo de repuestos mecánicos. En los bordes de las carreteras se amasan los edificios de tres o cuatro pisos de las fábricas con los de los dormitorios de los trabajadores, reconocibles por los pantalones y las camisas de colores de los uniformes que cuelgan en los balcones cual ejército de espantapájaros. Los inmigrantes caminan por los arcenes de las autopistas arrastrando maletas, cargando fardos con la ropa de la cama como si fueran refugiados.

Dongguan es el reino de la informática. En su término municipal hay más de 14.000 empresas de 40 países, la mayoría de las cuales se dedica a este sector. Otras son textiles o del calzado. La economía privada representa el 80% del total de la ciudad.

Un tercio de la actividad de este paraíso de la manufactura corresponde a empresas de Taiwan, a quien Pekín considera parte inseparable de una única China, que debe ser recuperada aunque sea por la fuerza. KYE Systems es una de estas empresas taiwanesas. Se instaló en Houji (Dongguan) en 1995, donde tiene tres plantas y unos 2.000 empleados. Junto a la entrada de la factoría ondea una bandera, la bandera china. KYE fabrica teclados de ordenador, cámaras web y otros periféricos. El año pasado vendió 30 millones de ratones. Iguales a los muchos que han pasado por las manos de Xiao Wei, una chica de 19 años de la provincia norteña de Shanxi, que como tantos millones de campesinos ha llegado a esta provincia en busca de un jornal con el que ayudar a su familia. "Pero sólo me pagan 600 yuanes [55 euros]. Pensaba que iba a ganar más", dice, descontenta, camino del comedor. Xiao Wei viste una blusa verde y pantalones vaqueros. Cuando los trabajadores de Dongguan salen a la calle, la población adquiere el aire del patio de una escuela, lleno de chicas casi adolescentes, de pantalones ceñidos, que se pasean agarradas del brazo.

La mayoría de los inmigrantes que trabajan en Guangdong cobra un salario similar a Xiao Wei, del cual una cuarta parte corresponde a horas extras. Para ello deben realizar largas jornadas en condiciones a menudo insalubres, según han denunciado organizaciones de defensa de los derechos de los trabajadores como China Labour Bulletin (CLB), sita en Hong Kong, o la británica Cafod. Y suelen descansar sólo uno o dos días al mes. El problema, según estas asociaciones, es que, aunque existen leyes que fijan el número máximo de horas y los salarios mínimos, a menudo éstas no son respetadas. Y los obreros, a los que a veces se adeudan meses de sueldo, se ven obligados a callar, a ver cómo les imponen penalizaciones económicas por haber pasado más de cinco minutos en el servicio o haber hablado durante el trabajo, y a echar horas y horas para incrementar sus magras pagas y no perder lo ganado. En China están prohibidos los sindicatos independientes. "¿Sindicatos, qué es eso?", dice Luo Lihuan, la jefa de línea con caminar de pavo de Quan An.

Aunque hay empresas donde las condiciones son razonables, la mayoría, según CLB, incumple las normativas y no cotiza al sistema de pensiones ni proporciona seguro médico. "Algunos obreros trabajan 12, 14 e incluso 20 horas al día. Especialmente en la industria de la confección, porque a veces hay pedidos urgentes", reconoce Chen, un consultor que conoce bien la zona. "El valor añadido de China, actualmente, está en la mano de obra. Es barata, obedece y trabaja", dice un directivo extranjero que lleva varios años en el país.

Obedece y trabaja, hasta que estalla el conflicto. En China se producen frecuentes protestas -aunque pocas trascienden- provocadas por los bajos salarios y las condiciones de trabajo. Como la que llevaron a cabo hace unos meses en Dongguan un millar de trabajadores del fabricante de zapatos taiwanés Stella, que produce para reconocidas marcas como Timberland y Clark. Algunos de los cabecillas, que rondan los 20 años, han sido condenados a varios años de cárcel. Según su abogado, para que sirvan de ejemplo y de muestra a los inversores de que sus intereses están garantizados en China.

"La gente no sabe cómo defenderse. Si intentan quejarse ante las autoridades laborales pueden tardar dos o tres años en resolver la disputa", dice Chan, un empresario de la provincia. Quienes organizan las manifestaciones, tachadas de ilegales por el Gobierno, son acusados a menudo, según CLB, de "querer subvertir el poder del Estado".

"Nadie protesta. Si no te gusta el trabajo, coges y te vas. Es lo que he hecho yo", dice Li Xia, una joven de 19 años que ha dejado su puesto en la fábrica de zapatos Jing Mei, en Zhongshan, tras menos de un año. "Las condiciones eran muy duras. De siete de la mañana a once o doce de la noche. A veces, 16 horas diarias, seis o siete días a la semana, para ganar 600 o 700 yuanes [55 o 65 euros]. A mucha gente no le gusta su situación, pero nadie dice nada".

Li cuenta su historia en la explanada de la antigua estación de tren de Guangzhou, capital de Guangdong. A su alrededor, cientos de inmigrantes, sentados junto a sus sacos de rafia, contemplan magnetizados las imágenes de la nueva China que desfilan en una pantalla. Sobre la fachada, grandes caracteres rojos de neón airean sobre la plaza los eslóganes oficiales: "Une la nación", "Haz florecer China". Media docena de coches de policía repartidos por el pavimento rompen la noche con sus giróscopos rojos y azules.

La decisión de Li no es única. Las pobres condiciones de empleo están provocando falta de trabajadores en algunas industrias, sobre todo de mujeres de 18 a 25 años y en los periodos de pico de demanda, según aseguran empresarios y responsables gubernamentales. Especialmente cuando Pekín está animando a las empresas a instalarse en el interior del país. Esto convence a algunos campesinos de que es mejor hacer florecer China cerca de sus familias, aunque sea con salarios menores aún. Para la mayoría, no obstante, la única solución es aguantar. "Si renuncian a sus puestos y regresan a casa no van a ganar más de 100 yuanes [9,3 euros] al mes", dice Zhang, la directora de Quan An. Se estima que hay 110 millones de campesinos emigrantes trabajando en las ciudades de toda China.

Según los expertos, en este país, en el que dos tercios de la población viven todavía en las zonas rurales, en el que la tierra cultivable es escasa y el paro alto, la mano de obra seguirá abundando durante décadas, aunque algunos economistas vaticinan que los salarios tendrán que subir para responder a las demandas de los obreros.

El proceso de transición económica -de un ritmo y una amplitud sin precedentes- ha permitido a los dirigentes sacar a 250 millones de ciudadanos de la pobreza en los últimos 20 años, situar la renta per cápita del país en cerca de 1.000 dólares anuales y crear una emergente clase media que, según algunos expertos, ascenderá a 200 millones de personas para 2020. La explosión de inversiones nacionales y extranjeras ha servido de válvula de escape no sólo para los desempleados del campo, sino para los millones de despedidos de las compañías estatales en reestructuración en el vuelo al capitalismo. Pero al mismo tiempo ha provocado desigualdades sociales que han llegado a un nivel alarmante, según reconoce el propio Gobierno.

"Hay muchos extranjeros a los que no les gusta oír que China es la fábrica del mundo, pero nosotros damos la bienvenida a quien quiera instalarse aquí. Es trabajo para los campesinos que vienen a las ciudades", dice Li Yaping, director de una firma de captación de inversiones del Gobierno de Guangzhou.

Algunos economistas chinos insisten en que este país no es "la fábrica del mundo", sino uno de los talleres de este mundo globalizado. Por un lado, porque el grueso de las exportaciones corresponde a productos intensivos en mano de obra, y por otro, porque, según dicen, la producción china representa sólo el 5% del total mundial, frente al 20% de Estados Unidos o el 15% de Japón. Muchos de los artículos con el tampón made in China contienen un gran número de componentes importados. Un ordenador local, por ejemplo, lleva probablemente en su interior un procesador Intel, un sistema operativo Windows (de Microsoft) y una pantalla de cristal líquido fabricada en Japón o Corea del Sur. El Imperio del Centro tiene aún mucho camino que recorrer para pasar de ser una potencia productiva basada en la cantidad a una basada en la calidad. Pekín es capaz de enviar un astronauta al espacio, pero sus empresas carecen de tecnologías claves en muchos sectores, como el automovilístico.

Pero cada vez más compañías, impulsadas por el Gobierno, están incrementando las actividades de investigación, creando sus propias marcas y abriéndose al exterior no sólo para vender, sino para invertir, como han hecho el fabricante de televisores TCL o el de ordenadores Lenovo. Entre otras causas porque, según los expertos, un modelo basado totalmente en negocios de bajo valor añadido y bajo margen es insostenible.

Así lo cree Tan Qiongtan, directora de ventas de Gaoya Electronics, una sociedad de 700 empleados que fabrica reproductores de CD y DVD. "Con la entrada de China en la OMC, cada vez más empresas están internacionalizándose, y esta competencia es buena para nosotros", asegura. "El problema es que hay fabricantes chinos que rompen los precios y venden por debajo de coste para ganar cuota. Esto envía una señal errónea a los clientes, distorsiona el mercado y nos obliga a reducir los márgenes", dice esta mujer de 26 años, de la provincia de Hunan, que gana 370 euros al mes.

Gaoya, que vende los lectores de DVD a 30 dólares bajo la marca Best (el mejor), exporta el cien por cien de la producción, aunque está explorando el mercado nacional. La compañía se encuentra en un barrio industrial de Changan, también en Dongguan. En el segundo piso, 200 trabajadores ensamblan los equipos, que se desplazan sobre una cinta de un puesto de trabajo a otro. Tan Qiongtan trabaja en Gaoya desde hace dos años y medio, y, como casi todos los empleados, vive allí. Las habitaciones para la dirección, en un edificio aparte, son de una o dos personas, mientras las de los operarios, en otro inmueble diferente, son de ocho. Pagan por comida y cama 7,5 euros al mes. "A las once y media se apaga la luz y todos tienen que estar durmiendo. Los vigilantes se encargan de que no haya ruido. Nosotros no tenemos hora", dice. Sobre la fachada del edificio de los trabajadores, cuatro frases advierten: "Sé civilizado. Sé educado. Sé limpio. Sé moral".

Los analistas afirman que los bajos costes van a permitir a China incrementar su cuota de mercado en la mayor parte de los sectores manufactureros, en detrimento de otros países emergentes, en especial México y Brasil, y sobre todo de los industrializados, donde los precios son mucho más altos. La cuota mundial de las exportaciones chinas ha pasado del 1,2% en 1982 al 5,2% en 2002. Se ha impuesto así como el cuarto exportador después de Estados Unidos, Alemania y Japón. Aunque en algunos años, auguran, India podría arrebatarle el lugar como destino preferente de las inversiones foráneas.

La construcción de la gran fábrica china se ha producido en menos de dos décadas, liderada por dirigentes y empresarios que en su juventud vivieron los tiempos de enardecimiento de la doctrina maoísta y de apoyo -Libro Rojo en mano- a la Revolución Cultural (1966-1976) lanzada por Mao Zedong. Ahora se pasean en automóviles Audi y Mercedes

China es hoy una extraña combinación de modernas factorías y talleres propios de la Inglaterra industrial del siglo XIX, de camiones cargados de maquinaria y motos cargadas de gallinas, de naves obligadas a detener la producción por falta de electricidad e instalaciones que funcionan sin descanso para dar salida a los pedidos. Un gigantesco taller en el que se alternan la vorágine capitalista con los locales en cuyas paredes cuelga, anacrónico, el retrato de Mao. Al hacerse la noche, las fábricas surgen como barcos mercantes junto a las autopistas de Guangdong. Las vallas publicitarias anunciando todo tipo de productos brillan en la oscuridad. Tras los cristales azules de los talleres, los fluorescentes guardan sus secretos en medio de un paisaje vacío de cemento y ladrillo, azulejo y asfalto. Y las camisas y los uniformes de los obreros cuelgan inertes en los balcones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de enero de 2005