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VISTO / OÍDO

Odio el aborto

Una mujer dio a luz en el retrete de un bar; dejó el niño y huyó. Otra ha arrojado el suyo por la ventana. Han estado, quizá, privadas de toda posibilidad de evitar el embarazo. El preservativo aún no está al alcance de todo el mundo, y sigue considerado por ésos como una herejía; la píldora del día siguiente no es fácil. El aborto, que tiene más posibilidades ahora que antes, no está al alcance de todas las inteligencias ni de todas las situaciones. Incluso hay profesionales de la medicina que lo niegan, porque su mentalidad permanece cerrada. Odio el aborto. Me parece dañino para la mujer, tal como se está forjando su vida en esta sociedad incompleta, o en este grupo de sociedades que forman España, algunas muy cerradas, contradictorias entre sí. Respeto una vida que se puede manifestar a partir de cierto momento. Pero en este grupo de odios abstractos, a hechos y no a personas, odio tanto o más su penalización y la persecución a la embarazada contra su voluntad.

Vengo de muy lejos en el tiempo, de mucho más lejos que mi edad porque todavía pervivía una Edad Media y un sentido de la deshonra por vía de mujer: el embarazo lo pagaban con la expulsión de la casa de sus padres, con la paliza de los hermanos; con la expulsión del trabajo si lo tenían -y claro que lo tenían: siempre han trabajado las mujeres pobres, la lucha nueva vino del derecho de las de buena clase a estudiar carreras o heredar despachos- y su camino era el burdel o el suicidio. Ahora se añaden unos pudores o censuras y la realidad del suceso no se relata hasta el fondo. ¿Cómo no voy a preferir el aborto? Creemos que esos casos no se dan, porque hay ilustración. Pero una mujer pare en un retrete y otra tira el niño por el balcón en una ciudad -Valencia- donde el sexo es libre para muchos y los preservativos se venden en los grandes comercios. Pero hay gente fuera de esa ilustración. Chicas que saben que no podrán soportar la vida. No respeto a los creyentes que obligan a la castidad. No les odio porque no odio personas, sino ideas; y estos torturadores y a veces verdugos que quieren imponerla a los que no son como ellos son también víctimas de la represión. Quién sabe cuántas personas decentes pesaron sobre estas dos desgraciadas que han vivido su embarazo con pánico y han llegado al delito.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 4 de enero de 2005