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Tribuna:PIEDRA DE TOQUE

Los próximos cuatro años

¿Es posible prever las grandes líneas de lo que ocurrirá en el mundo a partir de la victoria de George Bush? La acción militar en Irak continuará, acaso de manera redoblada, a fin de conseguir que las elecciones prometidas se celebren a principios del próximo año y de ellas resulte un Gobierno iraquí más o menos representativo que, con un apoyo internacional amplio, pueda continuar la pacificación y democratización del país, como ocurre ahora en Afganistán. Este objetivo no es imposible, aunque nada fácil de alcanzar, vista la ferocidad y multiplicación de unas organizaciones terroristas que harán todo lo posible -y hasta lo inimaginable- por impedirlo.

Pero, aun si el Gobierno de Bush alcanza este objetivo, el problema del Medio Oriente seguirá haciendo correr mucha sangre y manteniendo al mundo en vilo. La región continuará siendo un polvorín mientras el problema entre Israel y Palestina no encuentre solución. Y no la encontrará con una Administración que se ha identificado de manera automática con la política de Sharon, apoyando sus peores excesos y desafueros. ¿Moderará Bush su política ahora que ha desaparecido Arafat? Es difícil predecirlo. Una victoria de Kerry y los demócratas hubiera significado una actitud más flexible y equilibrada frente a este tema, y acaso un esfuerzo semejante al que llevó a cabo el presidente Clinton para lograr un acuerdo entre las partes, acuerdo que se frustró en las negociaciones de Camp David y de Taba por la intransigencia de Arafat.

La lucha contra el terrorismo internacional en todos los continentes, columna vertebral de la política de Bush que han legitimado los electores estadounidenses, mantendrá abierta la brecha que la intervención unilateral en Irak ocasionó entre Estados Unidos y Francia y Alemania (y, luego, también España). Aunque sin duda habrá gestos conciliatorios de ambas partes, las diferencias al respecto son demasiado profundas, y en esos tres países europeos los desplantes contra Estados Unidos traen todavía demasiados beneficios electorales a sus gobernantes (sobre todo, al desfalleciente presidente Chirac), como para que se restablezca la antigua colaboración y amistad atlántica. El distanciamiento tendrá un efecto muy negativo para la construcción de Europa, pues, contrariamente a lo que se quiere presentar como un diferendo radical entre Europa y Estados Unidos, la verdad es que en el seno de la Unión Europea existe una división muy grande al respecto, y que muchos países europeos, empezando por el Reino Unido, Italia, Polonia, la República Checa y todos los recién llegados a la Unión, no participan de la hostilidad franco-alemana y su peón español contra Washington. Con el senador Kerry en la Casa Blanca, el antagonismo se hubiera atenuado, sin duda, aunque no eclipsado.

Este asunto no es adjetivo a la edificación de Europa, el más ambicioso y trascendente proyecto que haya surgido en el seno de los países democráticos del Occidente. Y no lo es porque el Reino Unido -al igual que otros países pequeños- jamás se integrará realmente a una Europa construida contra los Estados Unidos, como quisiera esa extraña alianza de fascistas, comunistas y nacionalistas europeos que constituyen la espina dorsal del movimiento antinorteamericano al que, con motivo de la guerra de Irak, han ido atrayendo a sectores democristianos y socialistas. Sin el Reino Unido, Europa nacería coja, tuerta y manca, podría ser presa fácil del mercantilismo económico al que Francia se resiste a renunciar y tarde o temprano reproduciría a nivel comunitario las taras nacionalistas de las que la Unión Europea, en su concepción prístina, debía redimir al Viejo Continente.

Para América Latina, la reelección de Bush representa la posibilidad de que nuevos países accedan al NAFTA, el Tratado de Libre Comercio del que es ya parte integrante México, y que se concrete el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), algo que con Kerry en la Casa Blanca no era nada seguro, pues su vicepresidente, el gobernador Edwards, ha sido un adversario resuelto de incorporar a aquel Tratado unos países que, según los industriales estadounidenses proteccionistas de los que era vocero, son competidores desleales por sus bajos salarios y sus condiciones laborales precarias. El riesgo de que la Administración Kerry mantuviera a raya a América Latina del mercado estadounidense y de que dificultara la descentralización industrial norteamericana hacia el sur del río Grande era considerable.

¿Se atreverá el presidente Bush, ahora que cuenta con el control de ambas cámaras y un inequívoco mandato, a hacer la gran reforma de la Seguridad Social que ha insinuado en su campaña y que los sectores más liberales del Partido Republicano le exigen? Al igual que en muchos países europeos, el sistema estatal de reparto está técnicamente quebrado en los Estados Unidos, pues, para cumplir con sus obligaciones en los próximos años, el Estado necesitaría la cinematográfica cantidad de 5 billones de dólares (es decir, cinco millones de millones). En su campaña, Bush insinuó que la reforma consistiría en permitir a los nuevos ciudadanos incorporados al sistema colocar parte de sus impuestos a la Seguridad Social en cuentas personales, lo que, en la práctica, equivaldría a una privatización parcial del sistema, tal como se hizo en Chile. Es una reforma muy audaz, y que, de llevarse a cabo, sentaría un modelo para el resto del Occidente, donde el crecimiento elefantiásico del Estado benefactor se ha convertido en uno de los mayores obstáculos para la elevación o incluso el simple mantenimiento de los actuales niveles de vida de la población. Pero no hay garantías de que así suceda, pues, contrariamente a las teorías liberales que dice profesar Bush, su Administración ha sido una de las más gastadoras de la historia de Estados Unidos y la que más ha incrementado el déficit público. En este aspecto, Kerry hubiera tal vez restaurado la política económica de Clinton, que fue bastante liberal.

La reelección de Bush puede traer tremendos perjuicios a la sociedad norteamericanay a su sistema institucional, precisamente en el ámbito en el que, según todas las encuestas, el presidente batió de manera contundente a su adversario demócrata: el de los llamados "valores morales". Evangélicos y católicos integristas, y un vasto sector de familias no siempre identificadas con una iglesia, pero de moral tradicionalista y afincados principios puritanos, le dieron su voto para que frenara lo que consideran una desenfrenada liberalidad de costumbres y una tolerancia excesiva para todos las manifestaciones culturales y sexuales de la modernidad. Esto, en términos prácticos, significa que el Gobierno de Bush aumentará sus acciones legales contra el aborto, los matrimonios homosexuales, la eutanasia, la experimentación con células madre, y su apoyo a las campañas para que la religión se infiltre en las escuelas públicas, autorizando las oraciones al comienzo de las clases y una enseñanza de las ciencias compatible con la palabra bíblica. Éste es un camino peligrosísimo que puede deteriorar gradualmente la cultura de la libertad y restablecer diferentes formas de censura en la vida cultural y social de los Estados Unidos, así como restringir y abolir derechos individuales que son la más preclara expresión de una sociedad libre. En este dominio, no hay duda de que Kerry, pese a su voluble trayectoria y a su programa vacilante, era una opción preferible a la de Bush.

Sin embargo, admitiendo que el peligro de una reacción conservadora que lesione la democracia norteamericana existe luego de la última elección, hay que señalar también que, por fortuna para los Estados Unidos, gracias a una inveterada costumbre que echó raíces desde que llegaron allá los primeros europeos buscando una libertad religiosa que el Viejo Continente les negaba, el sistema de descentralización del poder a todos los niveles -político, educativo, económico, judicial, administrativo, cultural- ha hecho de aquél un país donde, según el ideal fijado por Popper para una sociedad democrática, los gobernantes no pueden hacer demasiado daño, porque el sistema, con sus contrapoderes y frenos legales, los ataja a tiempo. Por eso Estados Unidos no ha tenido un solo dictador a lo largo de toda su historia y por eso fue capaz de superar periodos tan riesgosos para la libertad como los del maccarthismo. Y la disidencia, aun la de corte más radical, ha existido y se ha manifestado incluso cuando parecía a punto de ser aplastada por una opinión pública que se identificaba totalmente con la política oficial, como durante los años de la guerra fría.

Algo más, incluso. No es imposible que ciertas expresiones truculentas y deslenguadas de la oposición a la Administración Bush, de bufones simpáticos a la manera de Michel Moore o de demagogos siniestros tipo Oliver Stone, hayan contribuido a ganar a aquél el apoyo de norteamericanos demócratas y liberales que de pronto se sintieron asustados o indignados por las exageraciones, deformaciones y simplificaciones de la guerra sucia electoral. De hecho, parece probado que el Partido Republicano presionó e intrigó para que el film anti-Bush de Moore Fahrenheit 9/11 se exhibiera en lugares de provincia donde jamás hubiera llegado por sus propios méritos.

© Mario Vargas Llosa, 2004. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2004.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de noviembre de 2004