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Entrevista:RICHARD VON WEIZSÄCKER | EX PRESIDENTE DE ALEMANIA | ENTREVISTA

"En la unificación hemos cometido fallos inevitables"

Richard von Weizsäcker era presidente de Alemania cuando cayó el muro de Berlín, que abrió el camino a la reunificación del país. El ex presidente habla de las dificultades económicas por las que atraviesa la nueva Alemania y de la necesidad de que senegocie la entrada de Turquía en la UE

A sus 84 años, Weizsäcker se ha convertido en Alemania en una especie de instancia moral por su independencia de criterio y su amplitud de miras, por encima de los partidos y de su afiliación a la democracia cristiana (CDU), que suspendió cuando en 1984 llegó a la más alta magistratura alemana. Weizsäcker, que alcanzó el grado de capitán de la reserva en la Wehrmacht, sacudió a Alemania con su discurso el 8 de mayo de 1985 ante el Parlamento Federal (Bundestag), en Bonn, con motivo del 40º aniversario del final de la II Guerra Mundial, al afirmar que era un día para conmemorar la liberación del nazismo.

Pregunta. Han pasado 15 años tras la caída del muro, pero sigue presente en las cabezas, y todavía se habla de ossis y wessis

"La reforma del Estado social es una tarea difícil en los países industrializados. Pero a las zonas estructuralmente más pobres les afecta con una dureza adicional"

"Hoy día se castiga a los grandes partidos. Y la forma más sencilla, más piadosa, es no participar en las elecciones"

"Nosotros no tenemos a ningún Haider ni a ningún 'monsieur' o 'madame' Le Pen. Son cotos de caza para la protesta y su importancia es pasajera"

"Toda la idea de hablar de reparaciones ahora, sesenta años después del final de la II Guerra Mundial, es política y humanamente absurda"

"Estoy convencido de que hay que negociar con Turquía, pero con un resultado abierto. Hoy nadie sabe cuándo, cómo ni con qué resultado, pero hay que negociar"

"Para nosotros es de interés vital tender puentes de entendimiento entre el mundo islámico y no atizar el choque de civilizaciones"

"No el 11-S, sino el principio del gobierno de Bush fue la señal para la preparación de la guerra de Irak. Él mismo lo anunció en la campaña electoral de 1999"

[alemanes orientales y occiden-tales]. ¿Hasta cuándo?

Respuesta. Tenemos que distinguir dos cosas. La primera es que la caída del muro de Berlín fue, en primer lugar, un acontecimiento europeo. La guerra fría terminó con la caída del muro. Esto ha cambiado el mundo entero. En Alemania, la alegría por la caída del muro se sentía por doquier y fue prácticamente unánime. La tarea de unificación carecía de precedentes en la historia. No había ninguna experiencia a la que recurrir, siempre había tensión entre lo económicamente aconsejable y lo políticamente posible. Muchos se equivocaron en sus apreciaciones. Las consecuencias de la caída del muro para la política internacional se han resuelto de una forma excelente. En la unificación política interior hemos cometido una serie de fallos que, en gran parte, eran inevitables e impredecibles. Aun hoy los padecemos.

P. El ex canciller Helmut Kohl habló entonces de "paisajes exuberantes", y el presidente alemán, Horst Köhler, dice hoy que hay desigualdades insuperables. ¿Se prometió demasiado?

R. Sin duda alguna, al principio los sentimientos fueron más fuertes que la fuerza racional del pronóstico. Quien hoy recorra los Estados federados del este se alegrará de los grandes logros en infraestructura. Las fachadas de pueblos y ciudades están de nuevo a punto; pero los fundamentos económicos de la vida, sobre todo el empleo, van cojeando detrás de manera inevitable. Las grandes transferencias anuales, 80.000 millones de euros al año -una carga para los Presupuestos Generales del Estado que no tiene que soportar ningún otro país de la Unión Europea-, se dedican en su mayor parte al consumo y no a la inversión. Después de todo, con medios públicos no se pueden crear puestos de trabajo de la noche a la mañana. Esto tiene que ocurrir por medio de las empresas. Pero, ahora como antes, éstas se orientan por las posibilidades de beneficio, que, ahora como antes, son mayores en el Oeste que en el Este.

P. ¿No lloran demasiado los alemanes?

R. Llorar no me parece una expresión muy acertada. Naturalmente, hay problemas. Incluso hay problemas en los que, más que distanciarse el uno del otro, el Este y el Oeste se acercan. La reforma del Estado social es, en la práctica, una tarea difícil en todos los países industrializados. Pero, eso sí, a las zonas estructuralmente más pobres les afecta con una dureza adicional. Por una parte, hay muchas quejas y grandes preocupaciones. Por otra parte, también la disponibilidad de los ciudadanos a participar activamente va en aumento. La sociedad civil no se extingue, sino que crece poco a poco.

P. El Este y el Oeste crecen, pero parece que crecen hacia abajo. Alemania es el farolillo rojo de Europa en crecimiento. La locomotora ya no tira.

R. Por supuesto, hay grandes preocupaciones. La principal fuerza de la economía alemana, ahora como antes, está en la exportación. La demanda interior deja mucho que desear. Hay casi algo así como una renuncia al consumo. La preocupación por el futuro, sobre todo en una sociedad que envejece, hace que las tasas de ahorro vayan en aumento, mientras las fuerzas impulsoras del mercado normal se frenan. Esto no tiene tanto de extraño. Por supuesto, si comparamos los porcentajes de crecimiento como tales, es frecuente que obtengamos una imagen un poco sesgada. Un país que parte de muy abajo tiene grandes tasas de crecimiento. Uno muy desarrollado e industrializado las tiene mucho más bajas. Aun así, no se puede negar que nos encontramos en una difícil fase de vacas flacas.

P. ¿Ha vivido Alemania por encima de sus posibilidades?

R. En lo que concierne a las prestaciones del Estado social, sí. Entre nosotros hay un porcentaje de ciudadanos demasiado alto que vive de ingresos que producen otros. Si la tendencia continúa, tal como hemos permitido que continuara en los últimos 10 o 20 años, pronto la mitad de los ciudadanos vivirá de los ingresos que ha producido la otra mitad. Naturalmente, esto no es sano. Actualmente nos encontramos inmersos en un proceso de reforma que es irreversible. Eso castiga también a los dirigentes políticos. Esto es un castigo por fallos del pasado. Porque no fue en 2003 o 2004 cuando esta situación se hizo evidente. Hace por lo menos 10 años que se hubiera debido empezar, pero se ha preferido dejarlo para más tarde.

P. A 80 kilómetros de Berlín, los salarios son mucho más bajos, y esto hace que los empresarios estén ahora en condiciones de presionar a los trabajadores de aquí. ¿Es éste el final del llamado capitalismo renano?

R. A mí este término nunca me ha servido para describir acertadamente la situación. Naturalmente, es verdad que, al final de la guerra fría, había que aplicar a todo el continente los principios básicos de la unificación europea, había que ampliarla al Este. Las fronteras están abiertas, sobre todo para el mercado. En el mercado hay competencia. En el mercado europeo no tenemos una soberanía fiscal común y sigue siendo nacional. No se puede obligar a los demás países a elevar sus tipos impositivos sólo para que no haya fugas de puestos de trabajo. Es un proceso de transición clásico. Por supuesto, los salarios en Polonia subirán. Y eso es también lo que se busca. Pero hasta que se llegue a eso habrá empresarios que se fuguen a los países de salarios bajos o a los países de impuestos bajos. Pero cuando éstos se aproximen, el fenómeno no sólo beneficiará a los nuevos Estados miembros, sino también a nosotros, los de la parte vieja de la Europa unida. Eso lleva su tiempo. En suma, estamos en un estadio de transición.

P. Un fenómeno nuevo es la escasa participación electoral, que ha bajado a un 50%. ¿Esto no es un indicio de desencanto?

R. Sí, creo que en la preocupación por las reformas se manifiesta claramente una desconfianza hacia nuestra política de partidos. Nuestra participación en elecciones no es realmente más baja que en otros países comparables. Pero hoy en día se castiga a los grandes partidos. No con programas opuestos y tampoco con una radicalización de la mentalidad política, sino que el castigo es una manifestación de protesta, de descontento. Y la forma más sencilla, más piadosa, es no participar en las elecciones. Al fin y al cabo, siempre es más amable decir que mi partido no me gusta, y esta vez no lo voto, que decir no, ahora voto al partido rival.

P. Hay otra posibilidad: elegir al [partido ultraderechista] NPD.

R. Así es. Eso también lo observamos con la mayor atención, y se podrían decir dos cosas. Primero, que carecen por completo de programa y de cualquier personalidad dirigente medianamente llamativa. Nosotros no tenemos a ningún Haider [ultraderechista austriaco] ni a ningún monsieur o madame Le Pen [ultraderechista francés]. Es un caso de protesta clásico. En 14 ocasiones, un partido de extrema derecha ha obtenido representación en un Parlamento regional, y, salvo en un caso, han vuelto a desaparecer al cabo de una legislatura. Son cotos de caza para la protesta, y su importancia es pasajera.

P. Por primera vez en la posguerra, Alemania se ha opuesto a Estados Unidos en la crisis de Irak. ¿Es esto una señal de autoafirmación?

R. Creo que esta protesta no se explica por la evolución del pensamiento alemán en política internacional, sino por lo que ha cambiado en Estados Unidos. Durante la guerra fría, América era una potencia rectora de Occidente, cooperativa. Al final de la guerra fría, Bush, padre, proclamó un nuevo orden mundial, en el que, aunque bajo dirección norteamericana, de nuevo había cooperación multilateral. Así continuó también con Clinton. Desde el año 2000, en Washington ha surgido una política de superpotencia que también ha convertido la OTAN de todos los miembros en una alliance of the willing [alianza de voluntarios] y la colaboración internacional ha quedado relegada a un segundo plano. No el 11 de septiembre de 2001, sino el principio del gobierno del presidente Bush, hijo, fue la señal para la preparación de la guerra de Irak. Él mismo lo anunció en la campaña electoral de 1999. Incluso, al margen de que la justificación principal para esta guerra resultó ser falsa, en Europa estaba muy extendido el sentimiento de que un programa del eje del mal traería consigo más peligros que beneficios. Ante esto reaccionó con reservas una serie de países europeos. Haciéndolo así actuaron con más o menos inteligencia. De la misma manera que también los norteamericanos actuaron con más o menos inteligencia.

P. ¿Los alemanes actuaron con inteligencia?

R. No, no es eso lo que yo quiero decir. En Alemania existía la dificultad de que el sentimiento básico contra la guerra que se preparaba se amalgamó de lleno con la lucha por el poder puramente interna en las elecciones siguientes, las de 2002. Cuando un problema político mundial realmente serio se convierte en mera munición en la lucha nacional por el poder, a veces se pasa por alto la visión de conjunto necesaria. Pero el hecho de que fuera una postura sincera, en modo alguno limitada a Alemania y fundamentalmente influida por la actuación estadounidense, es más importante que la cuestión de si de repente aquí, en Alemania, salieron a la luz elementos de política internacional emancipatorios.

P. Si miramos a Polonia, vemos que, al menos por parte polaca, hay muchos resentimientos.

R. Ésta es actualmente mi mayor preocupación. Hasta los años cincuenta no fui candidato a cargos públicos. El motivo siempre fue que quería trabajar para aclarar nuestra relación con nuestros adversarios de guerra del Este, es decir, con Polonia. Cuando terminó la guerra fría, entre Polonia y nosotros había una atmósfera realmente buena, ¡la posibilidad de una relación de vecindad constructiva por primera vez desde hacía 300 años!

[El antiguo disidente y hoy editor de prensa] Adam Michnik dijo que esos 10 años fueron los más felices de la historia polaca de los últimos tres siglos. Pero después afloraron poco a poco las cuestiones que, entre Francia y Alemania, ya se habían podido aclarar mucho tiempo antes, inmediatamente después de la guerra, pero que, en la relación con el Este, permanecieron sepultadas bajo el dominio soviético. Además, en Polonia ha habido ahora un desplome del sistema de partidos tradicional, y, por desgracia, hoy día domina un populismo que no sólo afecta a las relaciones germano-polacas, sino a toda Europa. Aún hay algo que tengo que añadir expresamente: el apoyo polaco a Estados Unidos en la guerra de Irak fue completamente explicable y legítimo. No por la guerra de Irak, sino a causa de las relaciones tradicionales de Polonia con EE UU.

P. Polonia no es un caballo de Troya de EE UU en Europa.

R. No, no, en la disputa sobre la guerra de Irak

[el secretario de Defensa, Donald] Rumsfeld no fue mucho más inteligente que algunos aquí en Europa. Pero la Carta de los Ocho [del ex presidente del Gobierno José María Aznar y otros] tampoco fue muy inteligente. No fue un juego muy limpio. Al fin y al cabo, todo Gobierno está en su derecho de encontrar él mismo su posición, pero no deberíamos informar por anuncios de prensa.

P. ¿Cree usted que Turquía pertenece a Europa?

R. Actualmente se comenta con frecuencia que, con la ampliación y la profundización tardía, Europa ha actuado por encima de sus posibilidades. Que ahora habría que hacer una pausa de 10 años, y esto afectaría también a Turquía. Mi respuesta a eso es: ¿conoce usted a alguien que nos conceda esta pausa? Tal como está el mundo, no la tenemos. Para nosotros es de interés vital tender puentes de entendimiento entre el mundo islámico y no atizar el choque de civilizaciones. Si el único Gobierno del mundo islámico que ha sido libremente elegido según nuestras reglas democráticas, pero que proviene de un partido islámico, llega al poder, tenemos que tomarnos en serio la importancia de su aportación a un diálogo y no a un choque de civilizaciones. Al fin y al cabo pasarán al menos 10 o 15 años antes de que por fin quede claro si Turquía va a estar en la UE. En cualquier caso, se trata de no decidir sencillamente con una mirada retrospectiva al medievo cristiano de Europa. Estoy convencido de que hay que negociar con Turquía, pero con un resultado abierto. Hoy nadie sabe cuándo, cómo ni con qué resultado, pero hay que negociar.

P. En los últimos tiempos, el tema del sufrimiento de los alemanes durante la guerra y después de ella ha dejado de ser un tabú. Para la generación del 68

[la rebelión estudiantil de 1968], éste era un tema de nazis o fascistas. Hoy día se puede tratar de ello con toda tranquilidad. ¿Es ésta una evolución sana?

R. Tampoco a esta pregunta puedo dar una respuesta muy contundente. Ése no es mi estilo. Los del 68 se han quejado de que sus padres y abuelos no les contaron nada sobre el periodo nazi y sobre la guerra. Pero tardaron muy poco en olvidar toda su congoja por la historia y pasaron a dedicarse mucho más a los temas ideológicos de la sociedad. Una excepción entre los del 68, alguien que realmente piensa y actúa teniendo presente la historia, es nuestro ministro de Asuntos Exteriores, Joschka Fischer. Él tiene realmente perspectivas y apreciaciones históricas. Esto no se puede decir de todas las personas pertenecientes a su generación.

Es absolutamente inhumano que no se pueda llamar por su nombre al dolor que padece una persona o una familia sólo porque se trate de una familia que pertenece a un país que estuvo sometido a la dictadura nazi e inició la II Guerra Mundial. Si alguien pierde la vida o si ha sido herido, lo primero que pregunta cuando sufre no es de quién es el cañón. Convertir eso en un arma político-histórica contra otros siempre es erróneo, y lo es absolutamente para nosotros los alemanes. Durante la guerra vi mucho sufrimiento. Sólo estuve en Polonia y en Rusia. En la infantería, raras veces nos encontrábamos con la población; pero, naturalmente, después vimos con nuestros propios ojos, y sentido en nuestros corazones, el dolor de la expulsión. A eso debe poder llamársele por su nombre. Sólo que, si se lamenta la expulsión, debemos hacerlo junto con los polacos, pero no hacer del lamento de la expulsión un tema nacional contra otras naciones. Toda la idea de hablar de reparaciones ahora, sesenta años después del final de la guerra, es política y humanamente absurda. Tampoco podemos reparar más los daños que asolaron toda Europa central durante la guerra de los Treinta Años.

P. Usted estuvo en la guerra. Su padre era secretario de Estado. Usted le defendió en los procesos de Núremberg. Usted es de origen aristocrático. Ha tenido una buena educación. Con estos antecedentes, ¿cómo se podía tener relación con la chusma, con aquellos nazis?

R. La catástrofe originaria en Europa fue el estallido de la I Guerra Mundial. Al término de ésta no hubo ningún intento serio de crear un clima de paz en Europa. El Tratado de Versalles no aclaró la situación, sino que perpetuó la hostilidad. Los norteamericanos lo sabían, y fueron sobre todo los ingleses quienes, ya durante toda la década de los años veinte, trabajaron por compensar los puntos débiles del Tratado de Versalles por medios pacíficos. Ése era precisamente el objetivo del servicio diplomático alemán. Mi padre era diplomático. Su objetivo, como el de todos los políticos y diplomáticos alemanes, era llegar a una reforma del orden europeo según el Tratado de Versalles, pero siempre con medios pacíficos. Fue un error suyo creer que esto sería posible bajo la dirección de Hitler. Basado en este error, actuó y fracasó. Con ocasión del juicio, Churchill dijo en la Cámara de los Comunes británica que la acusación contra mi padre era un error fatal de los fiscales norteamericanos. Después de todo, fue un proceso sólo norteamericano. Error por error. He defendido con convicción a mi padre como a la persona que yo conocía, y junto con él he intentado superar ambos errores.

P. ¿Le han preguntado sus hijos qué ha hecho usted en la guerra?

R. Claro. Ellos entienden que el servicio militar era obligatorio. Era el cumplimiento de un deber normal en todos los países. El entusiasmo por la guerra en la Alemania nazi era prácticamente nulo. En 1914, los ejércitos fueron enviados a la guerra entre las manifestaciones de júbilo de sus pueblos. En 1939 nos condujeron furtivamente de noche a la estación de partida, porque el pueblo tenía miedo a la guerra. Un hombre joven en la guerra es uno más, conoce cosas terribles y hace también cosas terribles, pero la influencia que tiene es muy pequeña.

P. ¿Hay algo específicamente alemán en el nazismo?

R. No lo creo así. Si lo creyera, no tendría reparos en decirlo. Lo que reconocemos como específico en el nazismo no lo veo como algo exclusivo de nosotros.

Traducción: Carmen Seco

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de noviembre de 2004