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Crítica:CRÍTICA

El (des)gobierno empresarial

Ahora que los esfuerzos de ciertos ámbitos del cine americano para que George W. Bush no fuera reelegido se han demostrado baldíos, quizá se vea con más terror El mensajero del miedo, thriller político que no es sino una nueva versión de la magnífica película del mismo nombre (en español; en inglés ambas se titulan The manchurian candidate) dirigida por John Frankenheimer en 1962. Así que, en primer lugar, parece obligado poner sobre la mesa la poca capacidad del sector liberal de Hollywood para atacar a la clase política americana de hoy en día sin acudir al pasado cinematográfico. Dicho esto, y a pesar de todo, se puede proclamar que El mensajero del miedo, versión 2004, es un buen disparo en el centro de la diana del adocenado panorama del cine político estadounidense. Una situación que, comparada con la carga de profundidad contenida en la buena cantidad de películas creadas a lo largo de la guerra de Vietnam y en los años posteriores al conflicto, lleva a la conclusión de que los profesionales del cine contrarios a Bush que tanto han hablado en público sobre su ineptitud para llevar los mandos del país (y del mundo), quizá hagan una labor más positiva si se ponen manos a la obra en lo que realmente se suponen que saben hacer: cine de armas tomar, militante y con sentido crítico.

EL MENSAJERO DEL MIEDO

Dirección: Jonathan Demme. Intérpretes: Denzel Washington, Liev Schreiber, Meryl Streep, Jon Voight. Género: thriller político. EE UU, 2004. Duración: 129 minutos.

El mensajero del miedo centra sus dardos en la tóxica relación entre las grandes multinacionales y los líderes políticos (es imposible olvidarse de la Hallyburton de Dick Cheney viendo la empresa que maneja los hilos en la película). Jonathan Demme y sus guionistas han cambiado el miedo a la guerra fría y al comunismo por el terror al Gobierno de las corporaciones. Además, han introducido diversos (y positivos) cambios en la historia, dando, por ejemplo, cierto fuste al personaje-florero que interpretaba Janet Leigh en la primera versión o anulando el rol algo ingenuo del candidato a vicepresidente manipulado por la verdadera fiscalizadora de decisiones, que allí interpretaba estupendamente Angela Lansbury y que aquí borda Meryl Streep.

Pesimismo

Por lo demás, la historia es básicamente la misma, manteniéndose la sorprendente relación incestuosa (en una escena calcada) y el pesimismo político general, y culminando en la muy bien solucionada secuencia final, en la que han otorgado el papel de verdugo al personaje de Denzel Washington y no al de Liev Schreiber.

Sin embargo, también se han descuidado algunos aspectos, caso del asunto del microchip en la espalda y la secuencia del mordisco, que parecen de thriller barato de usar y tirar y no de una paranoide conspiración política, y, sobre todo, de la escena en la que el candidato a vicepresidente acude a la casa de su oponente. Ese momento en el lago, por mucho que sea un homenaje a la escena del estanque de la primera versión y que el personaje ejercite su acción a causa de la hipnosis, no es más que una pequeña chapuza producto de un error de guión y del anterior descarte de uno de los personajes.

Demme, en baja forma desde que El silencio de los corderos le cambiase la existencia, recupera parte de su crédito, aunque queda lejos de la paranoia ejercida por Frankenheimer en sus personajes y, de paso, en el respetable. Demme ha construido un buen thriller, mientras que el director de una de las trilogías políticas más importantes de la historia (El mensajero..., Siete días de mayo y Plan diabólico) llevaba al espectador al núcleo de la demencia política y de la manipulación cerebral.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de noviembre de 2004