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Reportaje:LA CARRERA HACIA LA CASA BLANCA | Los aspirantes a vicepresidente

Dick Cheney, el halcón sombrío

Tras 30 años en política, el vicepresidente acumula un enorme poder en la Casa Blanca

Washington
El vicepresidente de EE UU, Dick Cheney, de 63 años, tiene una influencia sobre George W. Bush fuera de toda duda. Sufrió varios altercados con la ley hasta que con 21 años decidió retomar los estudios universitarios que había abandonado. Según Cheney, fue una detención policial lo que le hizo ver la luz. Según algunos biógrafos, cambió de vida para no tener que combatir en Vietnam. Por su parte, John Edwards, de 51 años, era un brillante abogado especializado en juicios contra grandes compañías. Defendía a los ciudadanos desamparados al tiempo que se hacía millonario gracias a las indemnizaciones. En 1996 murió uno de sus cuatro hijos en accidente de tráfico, a la edad de 16 años. Entonces dio el salto a la política.

"Excepto por un ataque al corazón de vez en cuando, nunca me he sentido mejor", dijo hace poco el vicepresidente de EE UU, Dick Cheney. Su influencia sobre el presidente es de tal magnitud que se da por hecho este reparto de papeles: Cheney piensa y Bush ejecuta. Richard Bruce Cheney nació en Lincoln (Nebraska) el 30 de enero de 1941, aunque su infancia y sus raíces están en la ciudad de Casper (Wyoming). Cheney era ejemplar en su adolescencia. Lucía con brillantez como estudiante y destacaba como atleta en el equipo de fútbol americano de su instituto. Era el chaval con mayor posibilidades de tener éxito en la vida. Incluso salía con la chica que había sido nombrada la reina del colegio, Lynne Vincent, con quien se casó. Tienen dos hijas, Elizabeth, casada y con cuatro hijos, y Mary, convertida por John Kerry en la lesbiana más conocida de EE UU.

Sus padres querían lo mejor para él: querían que triunfase en Yale. Pero Dick no estaba a la altura. Dejó de estudiar al año y medio para volver a trabajar. Intentó regresar a la vida académica, pero tuvo que dejar definitivamente esa universidad porque sus notas no alcanzaban el mínimo necesario.

Su vida en ese momento apuntaba al desastre: "Trabajaba en algo que no me gustaba, instalaba tendidos eléctricos y tenía encontronazos con la ley", dijo Cheney hace años a The New Yorker. No esconde que fue detenido en dos ocasiones por conducir bajo los efectos del alcohol. Era el año 1961. Cheney tenía 21 años. Ser detenido por la policía "me hizo pensar dónde estaba y hacia dónde me encaminaba. Si seguía por ahí, iba por un mal camino". Algunos biógrafos apuntan otro factor en esta reconversión espiritual de Cheney: si no estudiaba ni mantenía a una familia, tenía que ir a combatir a Vietnam.

Cheney volvió a estudiar, lo que le permitió obtener cuatro prórrogas de incorporación a filas entre 1959 y 1966; la quinta y última la logró cuando su esposa se quedó embarazada. Se matriculó en la Universidad de Casper en 1963 y después en la de Wyoming, donde culminó con notas excelentes su graduación en Ciencias Políticas. Lanzado en la vía académica, trató de hacer el doctorado en la Universidad de Wisconsin, pero la política real se cruzó en su vida cuando el congresista William Steiger le ofreció trabajo. Empezó la travesía hacia el epicentro de Washington.

Su primer empleo en el Gobierno fue en la Oficina de Oportunidades Económicas bajo el mandato de Nixon. Allí empezó a tejer una red de contactos que se ha mantenido durante 30 años. El entonces senador Donald Rumsfeld convirtió a Cheney en su protegido. Rumsfeld era amigo de Gerald Ford, y cuando llegó al Despacho Oval se llevó al secretario de Defensa como jefe de Gabinete. Cheney se fue a la Casa Blanca de la mano de Rumsfeld como su número dos. Cuando Rumsfeld fue nombrado -la primera de dos veces- secretario de Defensa, Cheney asumió su cargo en la Casa Blanca.

Cuando Ford arrancó la campaña para las elecciones que perdió, Cheney se convirtió en su responsable de estrategia. Ford perdió ante Carter en 1976 y Cheney volvió a Wyoming, pero por poco tiempo: dos años después ganó con soltura un escaño como congresista y regresó al Capitolio.

George H. Bush nombró a Cheney secretario de Defensa en 1989. Suyo es lo que para unos es un mérito y para otros un desastre: lograr que Arabia Saudí permitiera el despliegue de un enorme contingente de tropas estadounidenses para lanzar la primera guerra del Golfo. Ese acuerdo y su vigencia cambiaron la mentalidad de un guerrillero que había contado hasta entonces con el favor secreto de Estados Unidos: Osama Bin Laden.

No deja de ser paradójico que Cheney fuera el ideólogo de una guerra librada para establecer el principio de que ningún país puede invadir a otro por decisión de un mandatario. Con Bill Clinton en la Casa Blanca, Cheney decidió hacerse empresario. Como responsable de Halliburton, acumuló una fortuna de la que todavía recibe dividendos millonarios. Incluso bajo la sospecha de prácticas contables dudosas, la compañía ha disparado sus beneficios, con decenas de contratos del Pentágono en Irak adjudicados sin subasta.

Como vicepresidente, Cheney es el hombre sombrío, una especie de aguafiestas de la política siempre dispuesto a recordar la inminencia de un ataque nuclear. Desde el búnker de la Casa Blanca movió los hilos del Gobierno de Estados Unidos el 11-S cuando Bush parecía paralizado. Ese día encontró la razón para invadir Irak y todavía mantiene las premisas que se han demostrado falsas, como la conexión entre Al Qaeda y Sadam. Pero éste es, al fin y al cabo, el hombre que vaticinó que las tropas serían recibidas con flores en Irak como liberadores.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 1 de noviembre de 2004