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Tribuna:DEBATE | ¿Implantar el voto electrónico en España?

Inútil y peligroso

El anuncio formulado por José Luis Rodríguez Zapatero de que el Gobierno estudia implantar la opción del voto electrónico en el referéndum sobre la Constitución europea, que previsiblemente se celebrará en marzo de 2005, tuvo una acogida favorable en las principales fuerzas políticas. Sin embargo, la posibilidad de emitir el sufragio por Internet e incluso mediante teléfonos móviles -con similares garantías a las que ofrece el sistema actual de voto y recuento-, abre un campo amplio para la polémica. Aquí, dos especialistas trazan enfoques diversos del problema.

La propuesta del Gobierno para introducir el voto electrónico en el próximo referéndum sobre la llamada Constitución europea ha sido bien acogida por todos los partidos políticos, incluyendo el PP (uno de cuyos portavoces la consideró "magnífica"), y las objeciones parecen haber sido más bien técnicas, sin discutir el fondo de la idea. Sin embargo, creo que la propuesta podría tener consecuencias muy graves, así que expondré las razones, muy contundentes, por las que hay que oponerse al voto electrónico: no resuelve nada, cuesta mucho dinero y puede crear problemas mucho más graves que los que pretende solucionar.

Sobre lo primero. El presidente del Gobierno vinculó la idea del voto electrónico a distancia (por mensajes de móvil o Internet) con el deseo de reducir la abstención en el próximo referéndum, que se teme alta, por la experiencia reciente de las elecciones europeas. Pero sólo tres meses antes los españoles fueron a votar en masa, y lo han hecho en muchas otras ocasiones. Por tanto, proponer el voto electrónico para favorecer la participación es buscar una solución tecnocrática a un problema que es político, y esquivar las preguntas importantes sobre si puede o debe construirse la Unión Europea sin contar con el interés de los europeos.

No resuelve nada, cuesta mucho dinero y puede crear problemas mucho más graves

Por otra parte, no hay ningún país en el mundo que haya implantado o vaya a implantar en breve un sistema de voto por Internet, y menos por SMS. Las dificultades de garantizar a la vez la identidad (que quien vota sea quien dice que es), la privacidad (que nadie sepa a quién vota cada uno), la verificabilidad (que se puedan revisar los resultados) y la seguridad (prevención de ataques y fraude) parecen por el momento insalvables.

Si descartamos el voto por SMS o Internet, entonces el voto electrónico consistiría en votar en los colegios electorales, pero en una urna electrónica. ¿Cabe esperar que eso tenga algún efecto favorable en la participación? Es muy dudoso. Más claro está que esas máquinas intimidarían a muchas personas, especialmente gente menos formada y gente mayor, lo que no creo que sea muy progresista. ¿Qué otros problemas podría resolver el voto electrónico? Se me escapan. ¿Tener los resultados electorales más rápido? Absurdo, puesto que en elecciones recientes los resultados provisionales se han tabulado en dos o tres horas.

Segundo argumento: los costes. No me consta que haya estimaciones públicas de cuánto dinero de nuestros impuestos se emplearía en implantar el voto electrónico, pero hay que pensar que en España hay unas 57.000 mesas electorales, en las que habría que colocar un hardware y un software, que habría que actualizar de cuando en cuando, habría que instruir a la población, formar a las personas encargadas de la Administración.... En fin, hagan ustedes la cuenta.

Pero el tercer argumento es el más importante: el voto electrónico acarrea graves riesgos que no nos podemos permitir. Si hay algo transparente y a prueba de dudas en nuestro sistema electoral es el proceso de votación y recuento: cada mesa electoral está formada por personas designadas por sorteo, que dirigen todo el proceso de votación, en presencia de representantes de los partidos; se realiza la verificación de identidad de los votantes con DNI o pasaporte; el sobre cerrado con el voto se deposita en una urna transparente; cuando termina la votación los miembros de la mesa electoral abren la urna y cuentan los votos in situ, observados por los representantes de los partidos (y por cualquier ciudadano que quiera asistir); al terminar se levanta un acta firmada por los miembros de la mesa, con copia para la Administración electoral y para todos los delegados de los partidos, y las papeletas nulas y dudosas, si las hay, se adjuntan al acta, que se envía a la Junta Electoral, para que puedan ser revisadas en el recuento definitivo.

¿Alguien propondría que al terminar la votación salieran todos de la habitación, entraran unos señores de una empresa especializada y salieran diciendo cuál ha sido el resultado? Pues eso es lo que haríamos si votáramos en un ordenador y el software contara los votos: sustituir un sistema totalmente transparente por uno mucho más oscuro. Cualquiera que trabaje con ordenadores sabe que fallan, y fallan bastante. Eso no nos impide seguir usándolos, porque el daño causado por unos pocos errores es menor que el beneficio que obtenemos utilizándolos. Si, como he dicho antes, no hay ningún beneficio sustancial derivado de usar el voto electrónico, ese argumento sería suficiente para no meternos en semejante lío.

Pero es que además hay diferencias muy importantes entre, por ejemplo, hacer una operación en un cajero automático y votar en una urna electrónica. Para utilizar cajeros automáticos usted no necesita confiar en que cada una de las miles de operaciones de cajero hechas cada día en su banco son correctas. Le basta con saber que el porcentaje de errores es muy bajo, y que cuando suceden tienen arreglo.

Pero en los procesos electorales lo que cuenta es el agregado, tanto por lo que se refiere al resultado como por lo que se refiere a la cuestión de la confianza. Si después de unas elecciones se descubriera un error en el software utilizado en las máquinas, no serían unos pocos votantes los afectados, sino el proceso electoral en su conjunto. Lo cual, por cierto, resultaría un premio muy tentador para hackers, creadores de virus o incluso, por qué no, ciberterroristas. No hay sistema informático en red, con decenas de miles de terminales y millones de usuarios, que sea absolutamente seguro. Y si lo hubiera, sería prohibitivamente caro, con lo que volveríamos al punto segundo.

Sumemos a ello que en los últimos años, algunas elecciones se han celebrado en un clima político de considerable tensión y desconfianza. Salvando las diferencias, recordemos las acusaciones cruzadas en torno a las elecciones del 14-M, las elecciones repetidas a la Asamblea de Madrid (con su famoso recuento) o las elecciones vascas de 2001. Gracias a nuestro actual procedimiento de votación y recuento, en ninguna de ellas hubo dudas de que los votos contados eran los votos realmente depositados en las urnas. ¿Podríamos decir lo mismo si el escrutinio lo hubieran hecho ordenadores conectados en red? Creo que la respuesta es obvia. Si implantamos el voto electrónico, más pronto que tarde habrá unas elecciones con un resultado sorprendentemente favorable para el partido en el poder, y muchos ciudadanos de buena fe creerán que ha habido tongo, sin que se sea posible probar lo contrario. No sé si nuestra democracia aguantaría una sospecha extensa de fraude. ¿Vamos a correr ese riesgo sólo para ser los más modernos?

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Josu Mezo es profesor de Sociología de la Universidad de Castilla-La Mancha en Toledo

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de octubre de 2004