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Reportaje:

Joya gótica en peligro

La villa amurallada de Santorcaz quiere salvar la ermita medieval que atesora y que acaba de ser dañada por un incendio

Salvar la ermita gótica. Tal es la consigna. Uno de los escasísimos vestigios -no más de una decena- de esa forma excelsa de arte medieval que aún perdura en la Comunidad de Madrid, la capilla de Nuestra Señora de Orcalez, en la villa de Santorcaz, a 60 kilómetros apenas de la Puerta del Sol, se encuentra en grave peligro de desaparición. Así lo explica Florentino Hermida, de 58 años, alcalde independiente integrado en una candidatura socialista de esta villa madrileña, casi lindante con la provincia de Guadalajara, que cuenta con setecientos habitantes y un pasado repleto de historia y de magnificencia.

Pero el presente es arduo, en cuanto al patrimonio artístico de Santorcaz se refiere. El recinto semiamurallado que corona la villa, donde se alza la iglesia dedicada a su patrón San Torcuato, se ve insólitamente compartido desde hace décadas por un chalé particular, con su correspondiente jardín pegado al muro fortificado. Y en cuanto a la ermita gótica de Orcalez, también llamada de Hortales, los enyesados y gruesos paramentos, sus arcos, casetones y nervaduras, más sus rosetones, ventanas abocinadas y lo que queda sin derribar de su antaño poderoso vigamen, pueden venirse abajo en los próximos meses -y de manera irreversible- si no se actúa urgentemente. Al abandono de casi cuarenta años sufrido por la ermita gótica acaba de añadirse, a primeros de agosto, un incendio acaecido en el contorno del santuario, en la periferia de Santorcaz.

"Dos jóvenes nos anunciaron que vieron las llamas al otro lado de la carretera, a la altura del cruce de la que viene a Santorcaz desde Santos de la Humosa", cuenta el alcalde. "Ya les pareció raro que las llamas hubieran cruzado la ruta en tan poco tiempo, por lo que pensaron que pudo tratarse de un incendio provocado", sugiere una edil. "Los dos testigos nos dijeron que ellos, si hubieran sido cinco, podrían haberlo apagado entre todos pero, los dos solos, ya no pudieron", añade Hermida.

Fuera lo que fuera, el fuego se propagó por el contorno de la ermita y llegó a adentrarse en su interior. Penetró al recoleto atrio arbolado, donde acabó con la profusa vegetación silvestre que con rosas de muchos colores lo poblaba y pasó hasta la propia iglesia, donde destruyó una puerta y quemó algunas de las vigas que sujetaban lo que en su día fuera la base del coro. "El coro era precioso, y desde abajo escuchábamos embelesadas tocar arriba el armonium en los oficios religiosos", explica María Anchuelo, de 86 años, nacida en Santorcaz y vecina de la villa. "Hace unos cuarenta años, la ermita dejó de utilizarse para el culto, salvo alguna novena, pero existe aquí una hermandad que venera a su Virgen, de la que forman parte unas trescientas personas", comenta satisfecha. "La ermita guardaba una imagen que resultó quemada durante la Guerra Civil, así como un cuadro del Greco", dice la anciana. "Casi todo lo que decoraba su techo puede verlo años después en el palacio de Laredo, de Alcalá de Henares", agrega.

En torno al año 1300, por orden del titular de la poderosa sede episcopal toledana, Gonzalo de Palomeque, la ermita fue construida y consagrada a una virgen de las denominadas negras, junto a un enclave que reúne todas las características de los parajes mágicos: un cerro, el de las Horcas, de alto valor arqueológico, donde los celtíberos crearon uno de sus primeros enclaves y hoy se excava para descifrar sus enigmas; un arroyo, el Anchuelo, bajo cuyas límpidas aguas el sol esparce en su lecho hebras de oro; una ribera suave donde crecen almendros que mecen sus ramas a la brisa de septiembre; un atrio con seis acacias de robustos troncos decorados por líquenes y una capilla cuya recóndita belleza evoca María Anchuelo.

Aunque ella no llegó a festejarlas, recuerda con claridad relatos de su abuela y de su madre sobre las romerías celebradas en la campa de la ermita. Son precisamente estas manifestaciones, como atractivo turístico para Santorcaz, las que el alcalde Hermida acaricia recobrar en un futuro próximo, si prosperan sus demandas ante la Comunidad de Madrid en busca de financiación. Con ella -no más de un millón de euros, considera- podría rehabilitarse la zona aledaña y la senda que lleva hasta el santuario, que arranca desde unos lavaderos históricos, con zapatas de piedra y madera, entre manatiales que el alcalde desea encauzar. El camino cruza bajo el cerro celtíbero, junto a un olivar y un almendral, para embocarse luego por una vía pecuaria jalonada por árboles que lleva a la ermita.

Para Antonio Chazarra, diputado autonómico del PSOE, "una acción urgente permitiría salvar la ermita". Y añade: "Los técnicos con los que he consultado lo aseguran y esta joya gótica podría ser recobrada para Madrid". La arqueóloga Alicia Torija muestra entusiasmo, porque también cree aún posible la recuperación. Es la autora, junto con Victoria Martínez Calvo, de un concienzudo informe donde así lo demuestra, con los testimonios de la restauradora Montserrat Cruz Mateos.

Tanto anhelo bien merece un final feliz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 7 de septiembre de 2004