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Reportaje:

Extrañas criaturas en el Atlántico

Una expedición internacional encuentra una rica biodiversidad en la cordillera atlántica submarina

Un feo pez de las zonas abisales, un extraño calamar y otras especies que se cree que no se conocían hasta ahora forman parte de uno de los botines marinos más detallados y curiosos obtenidos recientemente. Nada menos que 80.000 especímenes de varios centenares de especies animales han recogido u observado para su estudio los integrantes de la expedición científica de alta tecnología Mar-Eco 2004, que ha explorado, a bordo de un buque oceanográfico durante los dos últimos meses la dorsal mesoceánica, la cordillera submarina que recorre de norte a sur el Atlántico.

La expedición internacional, que está coordinada desde Noruega, forma parte de un ambicioso proyecto científico de ámbito mundial de 10 años de duración -el Censo de la Vida Marina- y subraya el desconocimiento que todavía subsiste sobre la biodiversidad de los océanos.

A gran profundidad aparecen plásticos, basura y restos de aparejos de pesca

Científicos de 13 países se han valido de los últimos avances tecnológicos

Los 60 científicos, de 13 países (España no participa), han aprovechado los grandes avances de la tecnología para ver y estudiar las profundidades oceánicas sin mojarse. Han utilizado diversos vehículos sumergibles operados por control remoto, técnicas de hidroacústica y otras tecnologías de sensores y observación remota para comprobar la riqueza de la vida marina en las profundidades intermedias y abisales (hasta cuatro kilómetros) en algunas zonas de la dorsal, entre Islandia y las islas Azores.

"En conjunto, lo que más nos ha impresionado es la gran diversidad de la vida en estas zonas", dijo Odd Aksel Bergstad, del Instituto Noruego de Investigación Marina y coordinador del proyecto, al presentar los resultados preliminares de la expedición el pasado jueves en Bergen, el día siguiente a la llegada a ese puerto del barco G.O. Sars, a bordo del cual se hizo la expedición.

Las muestras y observaciones que se han recogido, en su mayor parte con redes de arrastre a diversas profundidades, tienen que ser estudiadas ahora en los laboratorios de los científicos participantes, por lo que la confirmación de que se han encontrado nuevas especies tardará unos meses.

Entre los resultados preliminares de la expedición, los científicos subrayaron que se han encontrado unas 300 especies de peces, 50 de calamares y octópodos, y un número desconocido de diminutas especies planctónicas, todavía sin identificar.

Las ecosondas, uno de los muchos instrumentos utilizados, localizaron anillos formados por organismos planctónicos de más de 10 kilómetros de diámetro, nunca antes observados de este tamaño. Los investigadores creen que se deben a dos factores que interactúan: la topografía de la zona y la colisión de las masas de agua existentes en ella. Con estas modernas ecosondas se pudieron igualmente hacer censos de la vida marina a profundidades mayores que las usuales con esta técnicas, entre 2.000 y 3.000 metros.

También se encontró el coral Lophelia pertusa, de agua fría, cuya existencia en esta zona atlántica era desconocida, aunque no se observaron arrecifes de este animal. Se han encontrado asimismo dos ejemplares del rarísimo Aphyonus gelatinosus, un pez abisal semitransparente con piel gelatinosa que sólo se había observado una vez antes en el Atlántico Norte. Entre las observaciones intrigantes figura la de unos surcos de agujeros de cinco centímetros de diámetro "como si alguien hubiera utilizado una máquina de coser en esta zona", han comentado los investigadores. Se cree que el autor es un crustáceo de gran tamaño, pero lo que más intriga a los científicos es lo bien alineados que están los agujeros.

La dorsal atlántica es una cordillera que parte el océano Atlántico en dos, desde Islandia hasta un punto a 7.200 kilómetros al este del extremo sur de América, con picos submarinos que alcanzan los 5.000 metros de altura y con una base de unos 1.500 kilómetros de este a oeste. El estudio de esta zona del océano ha sido muy difícil hasta el momento porque, según explicó Bergstad a Efe: "Analizar la dorsal era como querer pasar un arrastrero por los Pirineos o los Alpes". La situación ha cambiado en los últimos años con las nuevas tecnologías que se han aplicado en Mar-Eco, como las más avanzadas ecosondas. Se trata de un sónar que ha podido captar animales de pocos centímetros de longitud hasta una profundidad de tres kilómetros. Este sónar ha servido de guía para los vehículos sumergibles de control remoto.

A pesar de que no ha sido el objetivo principal de la expedición, algunos de los investigadores -portugueses- se han fijado en las consecuencias de la pesca a gran profundidad sobre la cordillera submarina, que se viene realizando desde los años setenta y no se ha conseguido regular. Se vieron a veces durante las inmersiones de los vehículos sumergibles no tripulados aparejos perdidos por los barcos arrastreros, especialmente en los picos de las montañas submarinas, incluida una red. Otro efecto observado de la acción del hombre sobre el mar es la recogida continua en todas las áreas y todas las profundidades de basura, especialmente objetos de plástico.

Los coordinadores de Mar-Eco, definida como una expedición para estudiar los modelos y procesos de los ecosistemas del Atlántico medio norte, se ven a sí mismos como los continuadores del histórico viaje del Challenger en el siglo XIX y del Michael Sars, en 1910. El primero era un barco británico que realizó de 1872 a 1876 la primera expedición oceanográfica moderna. Llevaba todos los instrumentos de que se disponía en la época -entre ellos distintas redes, botellas y anzuelos- para documentar durante tres años y medio y a lo largo de 112.000 kilómetros cómo era el mar desconocido, sus profundidades, temperaturas, sedimentos y corrientes, así como la vida que albergaba. Sus resultados -entre ellos 4.700 nuevas especies- conmocionaron al mundo y pusieron en marcha la oceanografía moderna.

Unos años más tarde el británico John Murray, que había estado en el Challenger, y el noruego Johan Hjort montaron a medias una expedición más modesta, a bordo del Michael Sars, que durante cuatro meses en 1910 exploró la vida en el Atlántico. Sars fue un científico noruego del siglo XIX que contribuyó a derribar el mito de que en la profundidades oceánicas no hay vida. Su hijo, que continuó la labor del padre, da nombre ahora al nuevo barco noruego utilizado por la expedición Mar-Eco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 2004