Crítica:
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Los milagros de Aznar

"No hay libro tan malo que no tenga algo bueno", enseña el Quijote y ciertamente Ocho años de Gobierno, la primera incursión literaria de José María Aznar tras la debacle electoral de su partido, se ajusta a este canon cervantino. Aunque no es mi escritor favorito, deberes con la actualidad me obligaron a leer el volumen y en efecto aprendí algo: el centro reformista con el que el líder del Partido Popular embarcó a muchos ciudadanos en su primera legislatura -la moderada, en comparación con el último bienio negro- ya no existe: ahora se reivindica extensamente "liberal conservador" (páginas 94-96), con alabanzas a la transición democrática pero con reparos al "consenso" y la "tolerancia" que la inspiró. Pero mi crítica al libro no consiste en descubrir el regreso a las catacumbas del Aznar más crudo. La tarea de un editor no es enmendar al autor de una obra sus opiniones, que debe respetar ante todo. Su deber es advertir al autor de los errores, dislates, incoherencias o contradicciones del texto, pues localizadas y no corregidas, los lectores y la crítica también darán con ellas. Aunque Aznar admite que un amigo escritor le ha ayudado en la edición, creo que su labor no ha sido completa, ni la de sus editores.

OCHO AÑOS DE GOBIERNO: Una visión personal de España

José María Aznar

Planeta. Barcelona, 2004

300 páginas. 21 euros

Existen varios errores, que no son erratas ni duendes de imprenta. Ignoro por qué el editor no ha apercibido al autor de los yerros en sus pronósticos: "Va a ser muy difícil que (los socialistas) vuelvan a gobernar España" (página 83). Tampoco parece que acredite la veracidad del relato el argumento con el que alude a un mal encaje de la derrota del PSOE en 1996, pues cualquier lector le puede fácilmente dar la vuelta y recordar la más inmediata. En realidad lo que fluye aquí es la escasa aceptación del resultado del 14-M, lo cual se expresa de forma menos velada cuando señala a los socialistas porque "violaron la ley electoral" (página 265) al replicar a la irrupción televisiva de Mariano Rajoy en la jornada de reflexión. La afirmación es demasiado rotunda y el editor tendría que haber cotejado las resoluciones de la Junta Electoral Central para corroborar que puede ser desmontable.

La reiteración es algo imperdonable. Aznar incurre en este lapsus en cinco ocasiones con uno de sus argumentos dialécticos preferidos: "Sin complejos". El editor tendría que haber sugerido un argumentario más variado, pues Aznar usa el término freudiano para presumir de la cultura española en oposición a las periféricas (página 37), enjuiciar negativamente "a la izquierda y los nacionalistas" (página 161), presumir de su "actitud abierta" en el País Vasco (página 208) y defender sus posiciones y las del PP frente a las de otros (página 256). Demasiados, cuando el diccionario o la psiquiatría ofrecen otros antónimos de acomplejado.

La coherencia de un texto también incumbe a la responsabilidad del editor y del autor. Aznar se apoya en la Historia y relaciona Monarquía católica = Monarquía española = Siglo de Oro (página 32) para jactarse de ello y relativizar su crítica: "Lo peor de la leyenda negra que se inventaron sobre nosotros" (página 35) es "que ha durado siglos" y nos arroga fama de "arrogantes, soberbios e insolentes" (página 147); o ya no somos "unos monstruos que se habían desviado de la cultura occidental", ni debemos padecer "un pasado inventado" (página 151). La historia de España y la del cristianismo corren paralelas gracias a la "monarquía visigoda", la "reconquista", la "monarquía católica" y el "descubrimiento y evangelización de América" (página 190), lo que justifica una Constitución europea con referencias a esta tradición religiosa.

Que la historia siempre la escriben

los vencedores es un hecho tan cierto como que Aznar se considera uno de ellos, pues obviamente no se cree judío, morisco, protestante, erasmista u homosexual. Su óptica podrá no gustar pero es legítima aunque ha sido muy propagada y no es la única. Sin embargo, la defensa de este discurso incurre en contradicción cuando reconoce más adelante que "en los últimos doscientos años nuestro país no había asumido responsabilidades internacionales" o "tampoco ha tenido mucho interés en los temas económicos ni en participar globalmente en la economía mundial" por lo que "España se refugió en sí misma" (página 150), pues según el autor soportábamos "a nuestras espaldas una tradición tan larga de aislamiento relativo" que sólo pudo romperse con la foto de las Azores (página 151). O estuvimos aislados del mundo o fuimos un país abierto y curioso al exterior, pero ambas cosas al tiempo no cuadran.

Algo parecido le ocurre con su memoria, que al menos en el libro vierte de forma muy parcial a ojos de cualquier lector o crítico desapasionado: se queja de que cuando ganó las elecciones de 1996 algunas voces propusieron "que gobernara el PP pero no Aznar" (página 81) y en varias páginas se muestra muy dolido por la oferta. Sin embargo, cuando más adelante cuenta la intrahistoria de su célebre frase "váyase, señor González", matiza que lo que en realidad pretendía era que gobernase "otra persona de su partido" (página 106). El editor debería haber advertido al autor del flanco que podría abrir con esta doble vara de medir.

Si pisar precipitadamente y sin recato los jardines de la historia provoca estos barrizales, qué no decir cuando el autor realiza incursiones por el alambicado campo del Parnaso. Cita a Cervantes, Quevedo y Góngora (página 21) como parte de la tradición española pero no alude a sus palabras ni a los libros donde las leyó. Sin embargo, le causa perplejidad que Zapatero le plantee "por dos veces" la conmemoración del Quijote (página 27). De aquellos polvos vienen estos lodos: las risas y desprecios del PP continúan aún en el hemiciclo del Congreso cuando este aniversario se recuerda desde la tribuna.

También alude a Lorca, Max Aub y Cernuda, pero no sabemos qué ideas o versos retuvo ni qué libros hojeó. La lectura, cuando menos, fue apresurada porque reivindica el papel de la familia (página 16), muy lejos de los poemas y ensayos de Cernuda sobre esta cuestión. La valoración que hace de Azaña, literato y hombre público, sí posee ribetes autobiográficos y psicológicos: "Qué le vamos a hacer, soy así", reconoce el autor, "un poco" como Azaña, según lo definía Fernando de los Ríos: "Sequerón". Lo cual tiene poco que ver con su imagen de "autoritarismo y prepotencia" (página 46), por más que a él ya no le perjudica (cobrará 600.000 euros por este libro y dos más contratados), en todo caso, a su formación, que tanto dice importarle. Él lo tiene claro: "Siempre he sido una persona dialogante" (página 100). Lo curioso es que, sintiéndose algo clon de Azaña, lo dibuja como "un mal gobernante y un escritor difícil" (página 93), aunque confiese que siempre le gustó "desde que empecé a leerlo de joven". Tampoco refiere bibliografía consultada.

Existe un texto en el Quijote donde Cervantes reflexiona sobre la calidad (escasa) de las comedias de su tiempo, porque quienes las escriben "se atreven a hacer milagros, sin más respeto ni consideración que parecerles que allí estará bien el tal milagro y apariencia, como ellos (los) llaman, para que gente ignorante se admire y venga a la comedia; que todo esto es un perjuicio de la verdad y en menoscabo de las historias, y aun en oprobio de los ingenios españoles, porque los estranjeros, que con mucha puntualidad guardan las leyes de la comedia, nos tienen por bárbaros e ignorantes, viendo los absurdos y disparates de las que hacemos". Sin embargo, el genial y falso manco de Lepanto (Astrana, Arrabal, dixit), del que también se burlaban mucho en su época, precisa que no son los escritores los únicos culpables de estos desafueros. Leyendo Ocho años de Gobierno me parecen igual de clarividentes sus siguientes palabras: "Y no tienen culpa desto los poetas que las componen, porque algunos hay dellos que conocen muy bien en lo que yerran, y saben estremadamente lo que deben hacer; pero como las comedias se han hecho mercadería vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes no se las comprarían si no fuesen de aquel jaez; y así, el poeta procura acomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su obra le pide". ¿Acaso no se vislumbra precipitación en este libro, que debía salir al mercado ahora que su autor aún dispone de fama, aunque sea declinante? Algo se le ha ido la mano a sus editores cuando lo presentan de forma grandilocuente: "Por primera vez en la historia de España", dice la contracubierta, "un presidente del Gobierno responde con sencillez y claridad, etcétera". Niceto Alcalá Zamora, Calvo Sotelo, Felipe González o el muy citado y poco digerido Azaña quizá no alcancen tan alta estima como la editorial posee por su nuevo autor.

El ex presidente de Gobierno José María Aznar visto por Loredano.
El ex presidente de Gobierno José María Aznar visto por Loredano.

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