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Reportaje:

Kuwait, entre la espada y la pared

Inquietud en el emirato por el auge del islamismo y las presiones democratizadoras de EE UU

Kuwait vive en la zozobra. En el opulento emirato del golfo Pérsico se muestra sin disimulo la inquietud ante los avatares bélicos y políticos en Irak y el impetuoso auge del terrorismo suicida en Arabia Saudí. Pero en el interior del país, la cohesión nacional, obsesión de los Al Sabah, la dinastía gobernante desde mediados del siglo XVIII, peligra. En la sociedad kuwaití empiezan a aflorar síntomas de fractura entre los islamistas radicales y los sectores más liberales -alrededor del 30% de la población, aunque en aumento, cuyo origen se remonta a los mercaderes que hace siglos vendían sus perlas en India y Zanzíbar-, que ansían reformas políticas y desconfían abiertamente de las reiteradas promesas de democratización.

"Necesitamos la presión de Occidente. La reforma no vendrá desde dentro"

La estabilidad se basa en un Estado que proporciona sanidad y telefonía fija gratuitas, subvenciones y ayudas familiares muy generosas y el 93% de los empleos de la población activa. No hay impuesto sobre la renta en un Estado que recauda el 80% de sus recursos de la venta del petróleo, del que dispondrán, al ritmo actual de producción, por más de un siglo. Y abundan los Ferrari y Porsche en un parque automovilístico suntuario. Pero ya no basta. El discurso de innumerables académicos, parlamentarios, profesionales y funcionarios comienza a adquirir un trazo grueso. Echan pestes del Movimiento Salafista y de otros partidos islamistas, que ocupan 20 de los 50 escaños de la Asamblea Nacional, pero que, a su juicio, disfrutan de una influencia política desmesurada.

Y es que el sistema electoral -prohibidos los partidos políticos- fomenta la compra de votos. En Kuwait viven 2,3 millones de personas, pero sólo 915.000 tienen la nacionalidad de este país. Y de ellos, únicamente pueden acudir a las urnas 115.000, ya que, además de los menores, están excluidas del censo las mujeres. Con estos números, pueden bastar 1.000 papeletas para obtener un asiento por una de las 25 circunscripciones. En un país en el que los líderes tribales tienen indudable relevancia, una buena chequera puede facilitar sobremanera la entrada en la Asamblea Nacional.

"Hay cierto consenso entre la inteligencia árabe en que la región está pasando por un momento crucial y de que hay que cambiar. Tienen la impresión de que en el mundo globalizado se están quedando atrás. Pero lo que no soportan es que les digan cuándo y cómo", subraya un embajador occidental.

Y esa presión exterior existe. Washington despliega su enorme influencia para dar un vuelco al sistema educativo en muchos países árabes, un asunto de vital trascendencia. "En Kuwait, desde hace 40 años, la inmensa mayoría de los maestros y profesores son fundamentalistas", destaca Shamlam al Issa, director del Centro de Estudios Estratégicos de la Universidad de Kuwait. Se trataba de contener las tesis panarabistas y laicas -impulsadas por el presidente egipcio Nasser-, que chocaban radicalmente con las doctrinas religiosas que otorgan legitimidad a algunas monarquías del Golfo.

El profesor de la Universidad de Kuwait, Ahmed al Baghdadi, asegura que, "a diferencia de otros Estados árabes y del Golfo, los regímenes de Kuwait y Arabia Saudí patrocinan a los grupos religiosos con el ingenuo argumento de que ello proporciona seguridad a la comunidad. Pero es un hecho que el pensamiento religioso otorga seguridad al sistema despótico. No podrá doblegarse el terrorismo en Kuwait y Arabia Saudí sin promover la apertura. Debe darse a los ciudadanos más libertad y más democracia".

El argumento tradicional es que la influencia política de Occidente es contraproducente y refuerza a los partidarios de la línea dura. Al Issa no piensa así: "Necesitamos la presión de Occidente para cambiar. Sin esa presión, la reforma no vendrá desde dentro porque no hay clases medias en el mundo árabe. Hablan de reformas democráticas, pero luego no presionan en el Parlamento para que se aprueben. Es una farsa".

La coyuntura política en Irak es otro obstáculo añadido que entorpece las reformas. Analistas y políticos coinciden en que el Ejecutivo está esperando el desenlace en Bagdad. No quieren anticiparse. "Cuando se sepa quién gobernará Irak, si los liberales laicos o los religiosos, se tomarán las decisiones en Kuwait. Si Estados Unidos logra imponer un sistema laico y democrático en Irak, todo irá mejor en los países del entorno", concluye Al Issa, quien, no obstante, estima imprescindible la "expulsión de los islamistas radicales de la arena política" para la democratización del país. Largo lo fía.

Recelos antiamericanos y temor al terrorismo

Aref al Alati, funcionario del Ministerio de Información, es claro exponente de una idea muy extendida en Kuwait y que revela la desconfianza que impera ante unos y otros. "No me gusta la presencia de los americanos, pero si fuera gobernante no los expulsaría. No podemos tenerlos como enemigos. Kuwait ayudó mucho a Irak durante su guerra con Irán [1980-1988]. Pero dos años después nos invadió y EE UU los expulsó. Eso no puede olvidarse. Sin embargo, la inmensa mayoría es consciente aquí de que la invasión fue una jugada norteamericana". El profesor Shamlam al Issa también opina que Washington "alentó la invasión". No obstante, apunta que EE UU consideraba que Sadam iba a "limitar el envío de tropas a la zona petrolífera fronteriza".

Muchos expertos ven el origen de la jugada en una previa solicitud de Washington rechazada por el Estado petrolero. EE UU pidió al emirato, a mediados de los ochenta, que le cediera la estratégica isla de Bubiyán -pegada a la costa kuwaití, pero a menos de 10 kilómetros del territorio iraquí- para establecer una base militar. Kuwait se negó. Hoy, los militares norteamericanos disponen de la base y se ocupan en gran parte de la seguridad exterior del pequeño país.

El recelo ante los norteamericanos se difumina cuando se plantea el riesgo de sufrir ataques terroristas. Las medidas de seguridad se han extremado en las instalaciones portuarias kuwaitíes. El temor a que los ataques a las refinerías de Basora, a finales del pasado abril, se repitan en suelo del emirato provoca escalofríos en un país totalmente dependiente del crudo. "Lo que está sucediendo en Arabia Saudí es gravísimo. Si se desestabiliza, ocurrirá lo mismo en los Estados vecinos", opina Al Issa.

Riad se encuentra en una encrucijada. Un miembro de la Majlis al Shura (Asamblea consultiva) acusaba, en un diario kuwaití, a los profesores de la Universidad Mohamed de ser la fuente del terrorismo en Arabia Saudí: "Todo lo que enseñan es a odiar a los diferentes. Somos un país que está económicamente en el siglo XXI e intelectualmente en el siglo XIV". La Casa de los Saud ha fundado su legitimidad en el wahabismo y su seguridad en la relación con Washington. Después del 11-S, ambas pretensiones son antagónicas. Muchos analistas piensan que no puede tener por más tiempo a ambos como aliados y pretender gozar de estabilidad. En Kuwait, miembros de la dinastía gobernante Al Sabah apoyaron a los salafistas en las elecciones de 2003. Los académicos más liberales aseguran que también desde el emirato se financia el terrorismo y que se envían a Irak a jóvenes fanáticos a luchar contra las tropas de ocupación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 24 de mayo de 2004

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