Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
LA POSGUERRA DE IRAK | Las consecuencias en EE UU

EE UU alcanza su punto más bajo en Irak

Bush asegura que las tropas estadounidenses seguirán después del traspaso de soberanía

Washington
La ola de violencia que se extiende por todo Irak, las dificultades para la reconstrucción económica del país y la proximidad del traspaso parcial de soberanía el próximo 30 de junio han situado la política de Estados Unidos en su momento más crítico desde la guerra. No obstante, el presidente, George W. Bush, aseguró ayer en su habitual alocución radiofónica de los sábados que las tropas estadounidenses permanecerán en el país árabe después del traspaso de poderes. A cinco meses y medio de las elecciones presidenciales, Bush vive sus horas más bajas y las encuestas comienzan a mostrar una mayoría de ciudadanos descontentos con la política de la actual Administración republicana.

Cuarenta y cinco días antes de la fecha prevista para la transferencia de soberanía a un Gobierno provisional iraquí que aún no existe, la Administración estadounidense lucha para definir su estrategia política y militar sobre el terreno y que eso no perjudique una campaña electoral cada vez más cuesta arriba para el presidente George W. Bush. Las señales que emite Washington sugieren que hay confusión y movimientos en direcciones opuestas y que estos movimientos producen cambios políticos no explicados para adaptarse a las nuevas realidades. Es urgente un plan, un plan que, por ahora, no parece estar sobre la mesa del Despacho Oval.

¿Hay que pactar con los antiguos mandos de Sadam Husein para controlar a los rebeldes, como en Faluya? ¿Hay que negociar con el clérigo radical Múqtada al Sáder, como parecía la semana pasada, o llevar los carros de combate hasta el cementerio de Nayaf, como ocurrió ayer? ¿Hay que retirarse del país "si lo pide el nuevo Gobierno", como dijo el viernes el secretario de Estado, Colin Powell, o hay que seguir allí hasta que la misión esté concluida, como aún decía ayer el presidente Bush?

Washington busca una estrategia para salir del desconcierto: ahora la prioridad es estabilizar

Lo que suena en Washington es una orquesta que desafina porque no tiene dirección clara: la Casa Blanca pide perdón a los iraquíes por los abusos en Abu Ghraib, pero Bush felicita a Donald Rumsfeld, secretario de Defensa, por el "soberbio trabajo" que está haciendo; Rumsfeld dice que los interrogatorios en las cárceles no violan la Convención de Ginebra y el general Ricardo Sánchez, jefe de las tropas en Irak, prohíbe las técnicas utilizadas. La dirección civil del Pentágono no está en sintonía con el mando sobre el terreno y en Faluya se pasa de jurar venganza por el asesinato de cuatro guardas privados a pactar con la vieja guardia de Sadam para que controle a los insurgentes.

Y después de que el presidente ha repetido que las tropas seguirán en Irak "hasta que acabemos la tarea", el responsable de la Coalición, Paul Bremer, dijo el viernes: "Si el Gobierno provisional nos pidiera que nos fuéramos, nos iríamos", aunque horas más tarde, el secretario de Estado, Colin Powell, matizó: "Si los iraquíes nos dicen, una vez que tengan su Gobierno y su asamblea nacional: 'Creemos que podemos organizarnos nosotros, deberíais volver a casa, muchas gracias', en ese momento diríamos, 'encantados de haberos podido ayudar', y llevaríamos nuestras fuerzas de regreso a EE UU".

¿Qué quiere EE UU en Irak? ¿Hacia dónde se mueve el Gobierno de Bush? "Yo diría que nuestro Gobierno se está moviendo sin dirección alguna. La estrategia inicial se ha quedado en la cuneta y ahora no saben qué hacer. Si uno escucha las discusiones sobre la transferencia de soberanía, si ésta debe de ser limitada o absoluta, uno se da cuenta de que no tienen idea alguna. Es un Gobierno que está en busca de una política". Philip Gordon, uno de los directores de la Brookings Institution, transmite un juicio severo, pero opiniones similares pueden escucharse de muchas otras bocas en Washington, incluso en las más conservadoras: las reacciones de pesimismo causadas por las fotos de los malos tratos en Abu Ghraib, afianzadas por las contradicciones de la táctica militar y las confusiones estratégicas, hacen decir a Robert Kagan y William Kristol en The Weekly Standard que el Gobierno no parece darse cuenta de que se extiende la percepción de que en Irak no hay nada que hacer, con lo cual "Irak podría estar perdido si la Administración de Bush mantiene la opinión de que puede seguir adelante con su estrategia política y militar sin ningún cambio radical de rumbo, sin adoptar medidas audaces y visibles que inviertan la actual trayectoria descendente".

De algunas decisiones de los mandos sobre el terreno se podría deducir un cambio estratégico: ya no se trata tanto de la democracia y la estabilidad en Irak como de la estabilidad a secas. "Yo no creo que exista ninguna duda de que el objetivo es dejar a un lado la democratización y concentrarse en la estabilidad. De hecho, ya hemos rebajado el nivel. Tras la muerte de los guardas en Faluya, el Ejército dijo que no iba a tolerarlo. Semanas más tarde aceptó un acuerdo que básicamente abandona este objetivo para encontrar una solución que no requiere el uso de la fuerza. Creo que abandonamos poco a poco la idea de la superioridad para dominar la situación y estamos dispuestos a aceptar compromisos bastante horribles con gente bastante horrible".

Philip Gordon cree que se trata de "un cambio estratégico considerable". Pero un alto funcionario de la Administración lo rechaza en conversación con EL PAÍS: "¿Estabilidad sólo? No, no estoy de acuerdo. Nosotros aún hablamos de estabilidad y de democracia. Nuestra meta sigue siendo un Irak democrático y libre. No hay cambios. El presidente sigue hablando de democracia". Es verdad, reconoce, "que en Nayaf la situación es un poco complicada: por una parte negociamos, por otro estamos peleando... pero todavía hablamos de las dos cosas", insiste.

El ex general Anthony Zinni, que fue responsable del Mando Central, acaba de explicar en el Centro de Información de Defensa: "Si tú dices que les vas a barrer, hay que hacerlo; si lo dices y luego retrocedes, quedas mal". Jim Hoagland escribe en The Washington Post: "Los mandos militares están llegando a acuerdos con fuerzas locales. Los generales

no van a desperdiciar vidas en asaltos frontales por objetivos políticos tan inciertos y poco claros como los de Bush en Irak, o si creen que Kerry declarará la derrota y la vuelta a casa cuando sea elegido".

Fuentes cercanas a congresistas republicanos aseguran que "los militares están que trinan con el liderazgo civil en el Pentágono" porque atribuyen los malos tratos en las cárceles iraquíes "a que Inteligencia militar y la CIA dijeron que había que aumentar la presión, por la urgencia de buscar a Sadam y las armas y por el aumento de la actividad insurgente". Hay mar de fondo, insisten estas fuentes, y el presidente fue al Pentágono el pasado lunes y compareció sin generales al lado, sólo con el vicepresidente Cheney y el secretario de Defensa, Rumsfeld, "para enviar el mensaje a los militares de quién manda aquí".

Lo que necesitan saber los estadounidenses y el resto del mundo es qué quiere hacer el que manda aquí. Bush pintó ayer un paisaje iraquí que cuesta reconocer, sobrado de buena voluntad y falto de decisiones concretas. Y, como apuntan Kagan y Kristol, "si el Gobierno no actúa ahora, puede ser incapaz de evitar el fracaso". La pérdida de la brújula después de un mes y medio de reveses políticos y militares y a mes y medio de la transición en Irak exige que la Casa Blanca:

- Afronte las responsabilidades en las torturas, en lugar de negar la realidad ("He dejado de leer los periódicos", se jactó Rumsfeld en Bagdad).

- Acometa una negociación con la ONU en la que se ceda realmente la autoridad política para organizar la transición e internacionalizar el conflicto.

- Delimite en esa negociación el papel de las tropas que seguirán en Irak tras el 30 de junio y el propio papel de EE UU.

- Resuelva si la democracia y la estabilidad son compatibles en el Irak actual y decidir si la solución a la crisis de Faluya es una excepción o un modelo, y qué consecuencias puede tener si se trata de lo último.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de mayo de 2004