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COLUMNA

C'est fini

Me había prometido no hablar del nuevo Ejecutivo durante los primeros cien días de rodaje, pero su última alevosía -típica de quienes pertenecen al Partido del Odio, que se ha ido formando quién sabe cómo, quién sabe por qué, quién sabe dónde- me ha hecho saltar de mis casillas presa de indignación. Van a echar, eliminar, excluir, ¡prohibir!, el programa Noche de fiesta, que conducía el, por muchos y absurdos motivos, incomparable José Luis Moreno.

No contenta con ello, la nueva dirección de RTVE liquida también Cerca de ti, el programa testimonio que tanto hizo por reeducar a los niños de España, especialmente cuando, al llegar del colegio, el joven presentador les ponía al corriente de la clase de orgasmos que sufría su interlocutora de la tarde.

Pero esto último me duele menos. Los niños pueden acceder a este tipo de información gracias a la incansable labor de muchas otras cadenas, privadas y públicas (de las autonómicas controladas por el Partido del Amor al Prójimo, por ejemplo). Lo duro es lo de don José Luis. Porque lo suyo es mucho. Lo suyo es múltiple.

Algo mucho más importante que un solo hombre se muere en el alma cuando un ventrílocuo se va. Piensen, amigos y amigas, compañeros y compañeras. Piensen que el ventrílocuo no se representa únicamente a sí mismo. Él es él más sus circunstantes, es decir, sus muñecos. Y cada voz representa una idea, una opinión; todas juntas forman una tertulia, originan un debate surgido del bajo vientre de la persona que habla sin mover los labios. Por lo tanto, a lo largo de todos estos años de recalcitrante presencia en TVE, Moreno, más que un artista, ha sido un poder dentro de un poder, un pueblo dentro de un pueblo. Lo cual, prácticamente, eleva su despido a la categoría de magnicidio y genocidio a la vez.

¡Señor, cuánta audacia la de estos ingenuos y novedosos gobernantes! Es de desear que, durante los últimos lustros, el afamado animador haya ahorrado lo suficiente para poder seguir tirando con dignidad y no se lo haya gastado todo en lentejuelas para las chaquetillas.

En cuanto a mí, voy a meter la cabeza en Dom Perignon. Por fin sabré, al realizar mi declaración de Hacienda, a qué bolsillo no irán a parar mis dineros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de mayo de 2004