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Entrevista:Miguel Delibes | Escritor

"Vivo en un posoperatorio interminable"

Miguel Delibes, poco dado siempre a las apariciones públicas, vive enclaustrado en su casa desde que fue operado en 1998. Pero estos días ha hecho una excepción con motivo de la publicación de su libro España 1936-1950: muerte y resurrección de la novela, que Destino saca a la venta hoy para celebrar el número 1.000 de la colección Áncora y Delfín. El volumen brinda una panorámica de los escritores de su tiempo; entre ellos, Cela, Ana María Matute y Ferlosio.

A Miguel Delibes, sus personajes -El Nini, el señor Cayo o el Mochuelo- le han abreviado la vida hasta dejarle "una mente enajenada y una apariencia de vida". Con su novela El hereje cerró en 1997 el arco literario que había abierto con La sombra del ciprés es alargada en 1948, y desde entonces asegura emplear todas sus fuerzas en "sobrevivir". Estos días anda apesadumbrado. Su equipo, el Real Valladolid, tiene un pie en Segunda División.

A sus 83 años, pasa las horas contestando a la prensa para promocionar desde su casa España 1936-1950: muerte

y resurrección de la novela, que sale a la venta hoy y recopila sus reflexiones y notas de cursos, seminarios y viajes. Con este volumen, Destino celebra el número 1.000 de la colección Áncora y Delfín.

"Cela se recreaba cuando le convenía para ocultar que era un tímido vergonzante"

"No me hacía gracia tener como competidor a Ferlosio, el autor español que más admiraba"

Delibes está encantado con la portada del libro, una foto que le recuerda sus principios como novelista. En ella, Italo Calvino, Carmen Martín Gaite y Mercedes Salisachs, entre otros, navegan con él en un barquito por aguas de Mallorca. Hoy no viaja, delega sus compromisos en sus hijos y tan sólo se desplaza de Valladolid a su refugio en Sedano (Burgos).

Pregunta. Los editores aseguran que tuvo reparos a la hora de aceptar este proyecto. ¿Por qué?

Respuesta. Siempre he sido remiso a la confidencia. Soy bastante hurón. Aquellas notas que hice hace medio siglo eran para usar y tirar. Pero, por otro lado, soy conservador y las guardé en una carpeta. De ciento en viento les echaba un vistazo y más o menos sabía lo que había en ellas, que era poco, naturalmente, porque yo acababa de llegar a la literatura. Pero los editores se empeñaron en ver cierto interés en lo que tenía hecho. Y así claudiqué y preparé con esas notas unas páginas que, junto con cuatro o cinco conferencias, venían a dar una idea de lo que yo pensaba de nuestra novela.

P. ¿Ha resultado dificultoso ordenar las antiguas notas en las que se basa este libro?

R. Difícil, no. Las notas guardaban cierto orden. Si acaso vigilar los empalmes y recordar libros y escritores que cada lustro iban significando menos. Conforme ojeaba los pliegos de la carpeta, me consolaban los que han confirmado su valía.

P. ¿Ha estado tentado de modificar parte de lo escrito hace décadas? En el texto se presta poca atención a escritores como Carmen Martín Gaite, Ana María Matute o los hermanos Goytisolo, cuya obra posterior ha apreciado públicamente.

R. No, nunca quise cambiar mis ideas iniciales. Por otro lado, a los autores citados no les doy menos importancia que a otros de su talla. Queda la salvedad de Carmiña

[Martín Gaite], pero ella no había nacido a la literatura cuando yo escribía mis notas. Es posible que diga algo de otros que nacieron después, pero es el riesgo de la improvisación. Yo tomaba informes cuando sentía deseos de hacerlo, sin ponerme límites de tiempo. Mi librito resulta así un poco caprichoso y desordenado.

P. Cuando Cela afirmaba "soy el mejor, pido perdón por lo fácil que me ha sido", ¿qué cara se les quedaba a los demás novelistas?

R. A Cela le admitimos siempre su histrionismo defensivo. Sabíamos que era parte del personaje. No sé si fue [Eugenio de] Nora, Torrente

Ballester o [Juan Luis] Alborg quien dijo en una ocasión que Cela era un buen creador de personajes, pero que el más perfecto y divertido había sido él mismo. Creo que no le faltaba razón. Lo que nunca dijo nadie es que Cela se recreaba, volvía a crearse, cuando le convenía, para desviarnos de lo que verdaderamente quería ocultar: que era un tímido vergonzante.

P. En el caso de personajes como Cela o Dalí, considera que no se puede separar la persona de la obra. ¿Su carácter reservado le ha favorecido o perjudicado ante la crítica y el público?

R. Yo he sido un tipo más bien aburrido con el personal, aunque luego, en la intimidad, resultaba divertido. Pero este último rasgo lo atenuaba en mi obra. En mis libros nunca falta la ironía, pero la utilizo para un fin muy claro: aligerar situaciones y escenas demasiado tensas. Nunca me agradó llegar al tremendismo. Si esto me favoreció o me perjudicó, es una decisión que delego en los otros.

P. Afirma que el mejor escritor de su generación es Rafael Sánchez Ferlosio, con el que mantuvo alguna relación aquellos años. ¿Es cierto que ambos proyectaban escribir sendos libros con un cazador como protagonista?

R. Ésta es una cuestión risible que alguna vez he contado. Ocurrió en Ruidera, en las lagunas, en un encinar donde hacía un calor insoportable. Habíamos comido y andábamos por ahí soñolientos y medio desnudos. Estábamos en los comienzos de nuestra carrera y entonces nos interesábamos unos por los proyectos de los otros. Alguien me preguntó entonces qué preparaba y le dije muy ufano que la historia de un cazador de pueblo, mal hablado y buen tirador, que salía en bicicleta por los alrededores de la ciudad y se enamoraba de la hija de un churrero.

Ferlosio, que estaba allí, habló entonces de la casualidad, pues él tenía en la cabeza la historia de un cazador furtivo todavía más disipado. Al oír a Ferlosio, se me cayó el alma a los pies. No me hacía gracia tenerle como competidor porque era el novelista español que más admiraba. Pero, curiosamente, la cosa no fue más allá.

Pasó aquella tarde, pasó aquella excursión, y cuando volví a ver a Ferlosio, la idea de la novela sobre el furtivo había volado de su cabeza. Cuando le hablé de la caza me dijo tranquilamente que la había dejado: "La Torci -su hija- me dijo el otro día que por qué había matado aquel conejito. Me dejó de un aire y en efecto pensé que no tenía ninguna razón para matar aquel conejito, y fue entonces cuando colgué la escopeta". Ignoro si estas escenas, tan seguidas y apretadas, tendrían algo que ver con la decisión de Ferlosio de dejar la literatura, aunque he de suponer que no, que su determinación obedecería a razones más profundas. El caso es que yo publiqué Diario de un cazador, en tanto que el furtivo de Ferlosio ha pasado medio siglo en la nebulosa, sin que su presunto creador volviera a hablarme de él.

P. Algunos de los escritores de los que habla en el libro cayeron pronto en el olvido, y hay otros, como Juan Antonio de Zunzunegui, de los que no se ocupa. ¿Qué pasó?

R. Una entrevistadora, de las que saca las frases de contexto, ha publicado un titular mío que decía, resumiendo: "No es el tiempo, es el azar quien nos pone a todos en nuestro sitio". Ahora aprovecho la pregunta para precisar lo que decía el texto en esa ocasión: "No suele ser el tiempo el que pone en su sitio a los autores, sino las circunstancias: el azar, la salud, las crisis vocacionales". Lo de Zunzunegui es una omisión notoria. Es uno de los enlaces que quedaron entre la novela de anteguerra y los primeros de la posguerra y me lo comí, sencillamente, porque no figuraba en mis notas. Disculpa inadmisible.

P. El Premio Nadal permitió a muchos escritores de su generación darse a conocer. ¿Un debutante lo tiene más complicado ahora?

R. No, por favor, hoy es mucho más sencillo. Hoy, aparte de muchos premios, hay editores que leen y descubren, me consta. Esto garantiza una continuidad y que algo importante no pase inadvertido, como ocurrió en primera instancia con Cien años de soledad.

P. ¿A qué novelistas de generaciones posteriores a la suya dedicaría unas páginas?

R. A muchos. A más de una docena de nombres para concretar. Los daría si supiera que no iba a olvidar ninguno. Pero esto, y más a mis 83 años, es muy aventurado, muy difícil, por no decir un imposible.

P. En su discurso del Premio Cervantes decía que había vivido la vida a través de los personajes de sus novelas. ¿Cómo vive desde que no escribe?

R. Vivo con los achaques y trastornos propios de un posoperatorio interminable. A estas alturas, sobrevivo en buena parte gracias a mi familia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de mayo de 2004