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Tribuna:

Enriscados

Enriscados: he aquí una palabra que los aficionados al montañismo conocen bien, pero que a muchas personas les resultará extraña. Significa la difícil situación en la que uno queda cuando, tras haber escalado con esfuerzo algún enclave inverosímil, se encuentra de repente con que resulta imposible descender. La verdad es que lo de quedarse enriscados, esto es, "atrapados en unos riscos", parece que va contra el sentido común. Siempre resulta más fácil bajar una cuesta que subirla, así que no se entiende por qué habría de ser diferente con los riscos. Pero lo es: también pasaba cuando de niños nos aupábamos hasta la copa de un árbol y luego no lográbamos descender. Lo que ocurre es que, a menudo, se confunde la facilidad con la comodidad. Bajar una cuesta o una escalera, es más cómodo que subirla, pero no resulta más fácil: lo saben bien las personas que padecen de las articulaciones.

No estoy dando consejos para las próximas vacaciones de Pascua, por supuesto. Estoy hablando de lo único de lo que se puede hablar en estos días trágicos. No obstante, querría mirar hacia el futuro. Los errores del pasado no tienen remedio, pero el tributo que se han cobrado debería pesar siempre sobre nuestra conciencia. Porque ésta es la cuestión: si llegamos a ser realmente conscientes de la parte de culpa que nos toca a cada uno y a cada una. Nunca un sólo hombre fue, en lo que llevamos de democracia, tan nefasto para sí mismo, para su partido y para su país. Esto es evidente. Él ya lo ha pagado y todavía lo pagará más cuando llegue a comprender que no sólo ha perdido el poder, sino también que la historia de España lo incluye en la misma lista que Godoy y Olivares. Pero hay más damnificados. Sólo confío en que su partido -imprescindible para la democracia española- entienda de una vez que no todo es legítimo en política y que el pueblo tarda en castigar la mentira, pero acaba haciéndolo siempre, como ya lo hizo en su día con quienes ahora acceden a la responsabilidad de guiar los destinos colectivos.

Con todo, lo que de verdad importa es el país. ¿Cómo queda España después del 11-M? Mal, muy mal: estamos enriscados. Nos hemos metido en la guerra de Irak y ahora no resulta nada claro cómo saldremos de ahí, pues conforme pasan los días va siendo más evidente que las presiones internacionales del Imperio nos están ahogando y que nuestra capacidad de resistencia tiene un límite. También estamos enriscados en la Unión Europea: hemos roto las alianzas tradicionales y ahora la nueva constitución que nos llega y el reparto de fondos que se insinúa no pueden sino dejarnos en situación de inferioridad. Ni siquiera estamos bien de salud para afrontar estos retos, o sea, que incluso tenemos menos fuerzas para intentar salir del risco de las que teníamos al subir a él. Tensadas como nunca las relaciones interterritoriales ofrecemos una imagen de desunión que hace particularmente difícil cualquier negociación europea (y el que crea que alguna de las partes podría sobrevivir aislada en el presente contexto internacional globalizado o es un irresponsable o es un ingenuo).

Por eso ha habido un vuelco electoral, me dirán. Sí y no. Ha habido un vuelco electoral porque nos hemos dado cuenta de que estábamos enriscados, pero tal vez no seamos conscientes de hasta qué punto contribuimos a meternos en el risco. Se ha oído de todo estos días, hasta se hablaba de un golpe de estado informativo. Pues bien: no. Ahora todo lo pintan como una película de buenos y malos, pero la verdad es que la tempestad se venía anunciando muchos meses atrás. La enfermedad la llevábamos dentro y el cuerpo ha reaccionado. La llevaban, por supuesto, esos diputados cobardes que fueron incapaces de enfrentarse a su jefe de filas mientras medio país se manifestaba contra la guerra. Pero había más enfermos, muchos más, porque no sólo es culpable quien miente, sino también quien convive plácidamente con la mentira.

También fuimos cobardes nosotros mismos cuando reclamamos insistentemente que los fondos estructurales se empleasen en financiar infraestructuras lúdicas innecesarias o en subvencionar los cultivos inexistentes de un campo ya abandonado en vez de cambiar la faz productiva de este país. En este mercado global nosotros nos hemos especializado -suicidamente- en el sector del ocio y de la construcción, justo el sector que resulta prescindible cuando las vacas enflaquecen. ¿Cómo saldremos del risco sin empresas tecnológicamente punteras, sin personal bien formado, sin una cultura empresarial afecta a la innovación antes que al lucro fácil?

También sabíamos que sólo sobrevivirán las sociedades del conocimiento, pero dejamos morir la enseñanza pública y hundimos la investigación. La culpa fue del gobierno, me dicen. Lo siento, no sólo: también fuimos nosotros. Fuimos nosotros cuando aceptamos que a nuestros hijos cada vez se les exigiese menos y cada vez se les facilitase más la obtención de un título que a la postre acabó no sirviendo para nada. Fuimos cobardes cuando nos dejamos subyugar por una televisión que primaba las historias de alcoba sobre la denuncia de los problemas sociales. Fuimos cobardes cuando mirábamos satisfechos los anuncios de las inmobiliarias pensando sólo en lo que se nos estaba revalorizando el piso sin preocuparnos de todas esas parejas de jóvenes condenadas a vivir en el hogar familiar por los siglos de los siglos. Fuimos cobardes cuando nos acostumbramos a no leer más que porquerías, a no hablar más que de tonterías, a no comprar más que fruslerías. Porque nadie nos obligó a tomar todas estas determinaciones. Simplemente fuimos cobardes. Optamos por lo más cómodo.

Contra lo que insinúan Bush y sus adláteres, fuimos cobardes en casi todo salvo en la decisión de salir del avispero iraquí. Si algún defecto no tenemos es el de la cobardía militar. Pero, por desgracia, el pueblo español, que inventó la guerrilla en su lucha por la independencia y expulsó a Napoleón, fue el mismo pueblo que poco después gritaba "vivan las cadenas". Otro gallo nos habría cantado si la presión que la sociedad española ejerció sobre el gobierno en el asunto de la guerra la hubiera ejercido en todos los demás casos. Alguna vez aprenderemos que la democracia no admite vacilaciones ni tibiezas. Si los estatutos del partido derrotado permitieron que un solo hombre impusiese su voluntad a todos los demás, habrá que cambiar esos estatutos. Y si el sistema electoral español permite que los representantes del pueblo hagan caso omiso de lo que el pueblo les exige, habrá que reformarlo. Todo menos seguir por este camino. Porque ha demostrado ser una vía muerta que nos ha dejado peligrosamente enriscados.

Ángel López García-Molins es catedrático de Teoría de los Lenguajes de la Universidad de Valencia. (lopez@uv.es)

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 30 de marzo de 2004