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Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA

La teoría de la conspiración

El economista más odiado por los republicanos recorre la legislatura de George W. Bush. Su tesis es la de que la extrema derecha se ha apoderado del sistema estadounidense y amenaza con desequilibrarlo.

La extrema derecha controla la Casa Blanca, el Congreso, gran parte del poder judicial y una buena parcela de los medios de comunicación. Esta extrema derecha está en el poder, lo hace mal (Bush es el peor presidente de la historia de Estados Unidos) y además miente a los ciudadanos. Entre sus objetivos figuran una distribución regresiva de la renta y la riqueza y la doctrina de la guerra preventiva. Conspirando en la oposición durante los años noventa, en los que Bill Clinton los marginó, los neoconservadores pretenden "un país que carezca básicamente de una red de seguridad social, que confía sobre todo en su poderío militar para imponer su voluntad en el exterior, dotado de escuelas que no enseñen la teoría de la evolución aunque sí religión, y probablemente un país en el que las elecciones sean poco más que una mera formalidad". Ésta es la Arcadia americana a la que tanto se ha acercado José María Aznar.

EL GRAN ENGAÑO

Paul Krugman

Traducción de Isabel Campos Adrados

Crítica. Barcelona, 2004

382 páginas. 21,90 euros

Tan rotundo diagnóstico ¿pertenece a un gurú de la extrema izquierda universitaria? ¿Es el rebelde Noam Chomsky su autor? No. Es Paul Krugman, doctor por el Instituto Tecnológico de Massachusetts, asesor del Banco Mundial, quizá el economista más leído en la actualidad en todo el planeta y también el más odiado por el equipo republicano que manda en Washington. Sería un insulto considerarle un izquierdista (un "socialista", como le han denominado); como mucho Krugman militaría en la corriente liberal (a la americana, es decir, socialdemócrata) de los economistas estadounidenses.

En el año 2000 Krugman asumió un riesgo: acompañar a los análisis académicos de la coyuntura de artículos periódicos en los medios de comunicación. Fichó por The New York Times y sus artículos son traducidos y reproducidos por la prensa de medio mundo (entre otros sitios, en EL PAÍS). El gran engaño es la recopilación de muchos de esos artículos y confirman que, cuando existe un punto de vista que se mantiene a través del tiempo, el todo es más que las partes. A través de los mismos, Krugman ha hecho una disección de la legislatura de Bush (exceptuando los últimos meses, a los que el libro no llega) y la ha comparado con la década de los noventa, cuando los Estados Unidos de Clinton se beneficiaron del periodo más prolongado de crecimiento de su historia.

A principios de los noventa el comunismo se había derrumbado y Estados Unidos había ganado la guerra del Golfo. Y sin embargo, los ciudadanos estaban decepcionados con sus dirigentes. En las elecciones, un semidesconocido Clinton ganó la Casa Blanca y un populista, Ross Perot, liderando una tercera opción distinta de la tradicional de demócratas y republicanos, obtuvo el 19% de los votos. Ocho años después, la depresión ciudadana se había acabado, la economía crecía con fuerza, había empleos en abundancia, millones de personas se enriquecían, existía equilibrio presupuestario y, más a más, disminuyó la criminalidad en las grandes ciudades.

Tan excelente balance -quizá

demasiado optimista, al libro de Krugman habría que oponerle el más autocrítico de Joseph Stiglitz Los felices

noventa- fue truncado por Bush y su camarilla. En poco menos de cuatro años, al terrorismo importado y las guerras consecuentes (que, cada vez más, estamos viendo como pretextos no relacionados directamente con el primero) se le ha añadido una recesión económica, pérdida de más de dos millones de empleos, caída en las bolsas, unos déficit público y por cuenta corriente desbocados, escándalos empresariales, retrocesos en el medio ambiente, crisis energética, etcétera.

¿Qué ha salido mal en este principio de siglo y de milenio? Desde luego, el 11-S, pero también el abuso partidista llevado al paroxismo. Bush y su equipo han instrumentado el terrorismo como arma electoral para practicar una política en la que el binomio entre seguridad y libertad se ha desequilibrado en detrimento de la segunda, y en la que se ha producido una regresión a favor de los más favorecidos, aquellos que apoyaron y financiaron a los neocons para tomar el poder. La calidad de la democracia ha caído bajo mínimos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de marzo de 2004

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