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LOS PROBLEMAS DE APRENDIZAJE

Niños que no atienden

Los expertos señalan que entre el 3% y el 5% de los escolares sufren trastorno por déficit de atención

Son incapaces de concentrarse en clase. Procesan la información de una forma más lenta que el resto y son hiperactivos e impulsivos. Se trata de los alumnos con un trastorno por déficit de atención, una enfermedad que afecta a entre el 3% y el 5% de los escolares de entre 6 y 16 años.

Los niños con trastorno por déficit de atención, con o sin hiperactividad, entienden, pero no atienden. Esto significa que les cuesta más rendir académicamente porque no están atentos y no porque su inteligencia sea menor. Su procesamiento de la información es más lento, por eso les cuesta más codificarla y estructurarla. Entre el 3% y el 5% de los escolares entre 6 y 16 años sufren este trastorno de atención que se manifiesta en la hiperactividad, la impulsividad y el exceso de actividad motora.

Lo sufren más los chicos que las chicas (con una prevalencia de 9 a 2). En ellos, la falta de control de los impulsos y su hiperactividad es más evidente, por lo que su diagnóstico es también más temprano, en torno a los cinco años. En las chicas hay que esperar hasta los ocho años para que se les haga un diagnóstico correcto.

Entre el 25% y el 30% de estos alumnos no supera el segundo ciclo de la ESO

El trastorno por déficit de atención es un trastorno mental de base neurobiológica. Tiene un componente hereditario. No es una enfermedad ni de ricos ni de pobres, como se ha dicho, aunque factores externos (un ambiente desestructurado, sin normas, sin pautas, donde el niño no recibe esfuerzos positivos) pueden acentuar los síntomas.

El trastorno por déficit de atención no tiene cura; sin embargo, con el paso del tiempo, sus síntomas, sobre todo el exceso de actividad motora, disminuyen espontáneamente. El trastorno es mucho más llevadero si el diagnóstico y el tratamiento multimodal es precoz, la familia y el colegio trabajan coordinadamente, se les enseñan hábitos de estudio y se les mantiene la autoestima.

Los niños con trastorno por déficit de atención se mueven demasiado, tienen conflictos en el patio y en el comedor, se distraen por estímulos externos, están en las nubes, dejan sin acabar las tareas que empiezan, perece que no escuchan, no se organizan, son incapaces de mantener la atención más de cinco minutos seguidos, pierden objetos, se olvidan inmediatamente de una orden, pero, en cambio, son capaces de tener memoria futura.

Con todos estos comportamientos es fácil que tengan problemas escolares. De hecho, entre el 25% y el 30% de estos chicos no supera el segundo ciclo de la educación secundaria obligatoria.

"Porque el que no atiende, no entiende", señala el psicopedagogo de la Asociación para el Estudio y el Tratamiento del Déficit de Atención (ATEDA), Julio de Planas. "No es una cuestión de repetir curso, porque el que tiene un problema atencional, al año siguiente lo va a tener igual", prosigue De Planas.

La profesora titular de Psicología Diferencial de la UNED, Margarita Olmedo, insiste en este sentido: "Los estímulos externos e internos atrapan a estos niños sin que puedan controlar su situación personal. Esto tiene una repercusión en el ámbito educativo. Las alteraciones entre el aprendizaje escolar y la hiperactividad se entrelazan formando un círculo vicioso del que es muy difícil salir".

En resumen: como no se enteran, les cuesta más estudiar. Como son impulsivos, cometen más errores de lo normal (contestan sin pensar, precipitadamente). Y como tienen un exceso de actividad motora, suelen generar conflictos en la dinámica del aula.

Si en clase el profesor de Ciencias Naturales está explicando el sistema solar, estos niños, al ser más lentos en codificar la información, se lían en la elaboración del discurso, entonces se van a las nubes y pierden el interés.

Las asignaturas que más se les atascan son aquellas en las que pueden perder más fácilmente el hilo o la secuencia. Tienen dificultades con la lectura, ya que por su impulsividad y por su déficit de atención su mecánica lectora presenta muchos fallos: no leen las palabras correctamente, se saltan otras, incluso líneas enteras. En Matemáticas, porque tienen dificultades de secuenciación en los problemas de aritmética. También en aquellas materias donde tienen que memorizar (Lengua y Sociales).

"Confunden el entender las cosas con aprendérselas. Creen que cuando han entendido algo ya se lo han aprendido. Enseguida quieren pasar a otra cosa", señala el neurólogo y profesor asociado de Psicopatología de la Universidad Complutense, Javier Cabanyes.

Cabanyes explica que los programas terapéuticos de corte educativo deben incidir en que exista un mayor control de las conductas de estos niños (para ello hay que estructurarles muy bien el entorno mediante pautas regulares, previsibles y organizadas). También en que vayan adquiriendo un mayor autocontrol (enseñarles estrategias para que aprendan a pararse a pensar, a meditar antes de actuar). Y a que se autoinstruccionen (por ejemplo, que sepan que en un problema de matemáticas han de leer despacio el enunciado del problema, releerlo si hace falta, pensar primero qué tienen que contestar...). "Son niños que necesitan tener límites educativos claros, estables y anticipados", insiste Cabanyes.

Trabajar la autoestima de estos escolares es otra de las cuestiones que hay que tener en cuenta. Los niños hiperactivos son muy dependientes de lo que pasa, lo que les hace tener una dependencia afectiva grande. "Les afecta mucho lo que digan las personas que para ellos tienen alguna significación", señala Cabanyes. Y Olmedo añade: "Como son castigados continuamente y se les suele etiquetar de forma negativa, esto les lleva a una baja motivación".

Y estos niños tienen muchas cosas buenas: son más imaginativos que el resto, su creatividad es más grande, toman decisiones más rápido, no son nada rencorosos. "Es verdad que tienen riesgo de fracaso escolar, pero hay que remarcar que si se maneja bien el problema, pueden llegar a rendir mucho y a tener altas expectativas académicas", asegura Cabanyes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 23 de febrero de 2004