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Caballero Bonald reúne su obra poética, "definitiva hasta el año que viene"

El autor jerezano dice que la "vergonzante guerra de Irak" le empujó otra vez a la poesía

Somos el tiempo que nos queda. Este título "un poco ampuloso", entresacado de un verso de 1984 (Otra vez soy el tiempo que me queda), agrupa la Poesía completa (Seix Barral) de José Manuel Caballero Bonald (Jerez, 1926). La frase, una "verdad de perogrullo", está a la vez llena de futuro. El poeta, novelista, ensayista y memorialista presentó ayer el volumen como una obra en construcción, sometida a continuas correcciones ("soy muy maniático en eso"), y a nuevas entregas: "Extrañamente, empujado por la miserable y vergonzante guerra de Irak, estoy escribiendo poesía otra vez".

Inteligente y divertido, lleno de autocrítica y modestia, destilando una fina retranca gaditana, pero dejando atrás todo escepticismo para mostrar su invencible compromiso con la utopía. Así presentó ayer en Madrid Pepe Caballero Bonald esta tercera Poesía completa, dejando en el aire la impresión de que es poeta casi a su pesar, o que lo es por necesidad, o por asombro. Cuando el mundo le duele demasiado y coincide con aquello que el clásico llamó el estro y que él prefiere llamar buena salud, escribe. "La poesía sale como sale, y depende mucho de las circunstancias, de la salud. La inspiración es tener buena salud, trasnochar o no, depende de cosas así. Ahora llevo una racha de buena salud, se me acumulan los recuerdos, y he vuelto a escribir".

"La poesía rejuvenece", añade. "La edad te vuelve escéptico, pero la escritura de poesía te hace recuperar el apasionamiento. Aunque en mi caso está difícil rejuvenecer, porque soy una especie de jubilado exterior (no interior) que ve caer la tarde y se adormece en la chimenea, la poesía es una forma de defensa contra las cosas que rechazo, que desdeño. Y hoy el mundo está lleno de desvergüenza, de mentiras, de patrañas, de atropellos a los derechos humanos. Eso me ofende mucho, y es un acicate para escribir otra vez".

Escarbando un poco más, Caballero (que el lunes, a las 19.30, hará una lectura de sus poemas en la Casa de América) hizo un balance de este "intermitente medio siglo" de poesía (ocho libros publicados desde Las adivinaciones, 1952). "Medio siglo de poesía es mucho, casi un inventario biográfico en el que aparecen y se ocultan muchas cosas. Pero la poesía es siempre una búsqueda de la palabra que significa más de lo que dice el diccionario".

Una búsqueda a veces obsesiva: "Someto todo lo que escribo a una revisión constante. Creo que cualquier poema se puede corregir interminablemente, y no por perfeccionismo, sino porque a medida que relees, lo vivido se queda a trasmano, tus gustos cambian y te hacen perder afición por algunas palabras. Las palabras envejecen tanto como quienes las usan".

Quizá por eso ha suprimido para esta edición varios poemas de Pliegos de cordel (1963), su libro "más supeditado a una urgencia histórica, el más apresurado", y casi no ha tocado los tres últimos, Descrédito del héroe (1977), Laberinto de fortuna (1984) y Diario de Argónida (1997): "Son menos barrocos, más maduros. ¡Aunque igual dentro de 10 años los corrijo enteros!".

La paradoja es que Caballero vive esa pasión vitalista por la palabra bajo la seria amenaza del síndrome de Bartleby: "He tenido siempre mis dudas, largas dudas sobre la intensidad de mi vocación de poeta. Dejaba de escribir poesía mucho tiempo y no me preocupaba. Mientras otros tenían remordimientos, yo pasaba fases de alejamiento total en las que me dedicaba a hacer lo que más me gusta: no hacer nada. Mi producción es discreta, pero acorde con mi manera de ser. Nunca me he forzado a escribir poesía como si fuera un jefe de negociado. Y a veces no tenía nada que decir".

Pero cuando es poeta, Caballero lo es a fondo. Eso dijo Luis García Montero, que celebró su "insobornable indagación personal contra la usura del tiempo y las limitaciones de la moral"; "su ética y su orgullo de poeta que ama el trabajo bien hecho, sin prisas ni concesiones a la galería".

El poeta granadino subrayó que la unidad entre su obra y su vida es el lenguaje: "Le gusta merodear, quedarse en las inmediaciones, mezclar la reflexión con las penumbras. Al principio, le preocupó la fugacidad de la vida, la nostalgia, la memoria; luego, sustituyó el espacio por el tiempo y se quedó a solas con la conciencia de la soledad. 'Soy el tiempo que me queda'. Somos el tiempo de la soledad, de la resistencia, de los sueños".

Un poeta en lucha, atento a los cambios del presente y a la expresión justa. Como explica en la escueta nota inicial a este tomo de 500 páginas, su tendencia a vigilar, recapitular y revisar lo escrito "desde la mocedad hasta este presuroso arrabal de senectud" puede llegar a ser "agobiante, antes por las discrepancias cualitativas que por lo temerario del empeño". Pero no hay vuelta de hoja: "Nunca he dejado de preguntarme si el hecho de alterar una sola palabra de un poema no implica una cierta manipulación de la experiencia que lo alentó".

"Cabe la posibilidad de que cada corrección sea una equivocación", admitió ayer. "Ángel González, cuando le piden sus obras completas, coge las primeras ediciones y las lleva a la editorial. Yo soy incapaz de hacer eso. Una doctora hizo una tesis sobre mis poemas y la tituló Correcciones. Fue un laberinto, se complicó mucho la vida intentando poner orden en ese maremágnum. Porque a veces hago una versión entera y nueva del poema".

¿Y siente que se ha ido acercando hacia una mayor claridad, como dijo hace un tiempo? "¿Dije eso? Pues no lo veo claro. Yo creo que a lo más que he llegado es a aligerar un poco el lenguaje, a desprenderme de alguna complicación. Quizá ahora tiendo a ser más adusto, más severo".

¿Se puede considerar entonces esta edición como definitiva?, le preguntó alguien. "¡Sí, definitiva hasta el año que viene!".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de enero de 2004