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Tribuna:

ATTAC, partidos, ricos y pobres

El pasado 30 de octubre, ATTAC-Catalunya, la organización que defiende la necesidad de establecer la llamada tasa Tobin para frenar la especulación financiera y dedicar los ingresos obtenidos a la ayuda al desarrollo de los países y grupos de ciudadanos más empobrecidos, interrogó en el Colegio de Periodistas a seis partidos catalanes (Els Verds, CiU, ICV, PSC-CpC, ERC y PP) acerca de varias cuestiones que, si tenían un denominador común, podría resumirse así: la cotidiana especulación mundial, ¿beneficia a alguien más que a un ramillete de ricachones? Como sería imposible resumir las preguntas (muy precisamente formuladas) y las respuestas (mucho más imprecisas, francamente) en 5.500 espacios, pongo como ejemplo tan sólo una de las que formuló ATTAC: "Actualmente las actividades denominadas off shore son un gran negocio y la base de una economía oculta. La criminalidad financiera ya no se puede considerar un fenómeno marginal, sino que forma parte del mismo sistema económico. Se calcula, por ejemplo, que la mitad del comercio internacional pasa por los paraísos fiscales. En su propuesta de nuevo estatuto, ¿prevén que la Generalitat tenga poder para controlar las malas prácticas financieras de las empresas y las instituciones financieras locales, y especialmente las de aquellas con delegaciones en paraísos fiscales?".

"Actualmente la globalización no funciona. No funciona para los millones de habitantes pobres del planeta. No funciona para el medio ambiente. No funciona para la estabilidad de la economía global". No escribió estas frases un militante de los movimientos llamados antiglobalización, ni un académico ocioso. Las escribió recientemente el que fue economista en jefe del Banco Mundial y Nobel de Economía en el año 2002, Joseph Stiglitz, que conoce bien las cocinas del FMI y del BM.

Pero es que las "desigualdades son buenas", se asegura desde distintos púlpitos más o menos sofisticados. Entre las razones habituales para justificar esta afirmación destacan siempre dos: 1) la desigualdad garantiza la libertad de elección de las personas puesto que cualquier distribución impide el ejercicio de la libertad o, dicho de otro modo, la desigualdad es el precio de la libertad; 2) las demandas de mayor igualdad esconden en realidad un sentimiento de envidia.

De la primera de las razones, algo tuve la ocasión de desmentir con Andrés de Francisco en este mismo periódico (Ricos y pobres, EL PAÍS, 16-11-02) y puede resumirse en pocas palabras: la desigualdad implica ella misma una falta de libertad, tanto más profunda cuanto más enorme sea esa desigualdad; falta de libertad (sea de rechazar, de decidir o de hacer) es lo que sufre el que vive con permiso de otro (como el trabajador precario que no sabe si la próxima semana seguirá teniendo empleo; como la desempleada de larga duración que debe soportar el estigma social de la dependencia del subsidio público, si es que lo tiene). En cuanto a la segunda de las razones a favor de la desigualdad, vale la pena remitirse a la más pura de las evidencias de que nuestra especie no está formada ni por una panda de egoístas puros, ni por una colectividad de candorosos altruistas incondicionales ni por un atajo de turbios y resentidos envidiosos. Aunque, claro está, hay personas puramente egoístas, otras que son incondicionalmente altruistas y aún otras muy turbia y resentidamente envidiosas.

Si acostumbran a darse estos dos razonamientos para justificar que las desigualdades son buenas, son varias las razones que se ofrecen para mostrar las degradantes consecuencias (aunque también hay justificaciones puramente deontológicas) de estas grandes desigualdades sociales. Pero voy a referirme solamente a una: la que afirma que las grandes desigualdades de riqueza y de ingresos carcomen la democracia por el evidente hecho de que algunos -relativamente pocos- individuos disponen de muchísimos más recursos que la inmensa mayoría para influir sobre los procesos políticos. Cosa que puede hacerse de forma directa (sobornando a políticos, algo que sucede en entornos políticos muy lejanos y también muy próximos, o aportando legalmente, allá donde está permitido, ingentes sumas de dinero a opciones electorales) o indirectamente (aterrorizando a los gobernantes mediante amenazas de desinversiones o fuga de capitalespara que no tomen determinadas medidas). Cuando la concentración del poder económico privado es tan inmensa que de las 100 mayores organizaciones económicas del mundo en la actualidad sólo 49 son estados nacionales, mientras que 51 son empresas transnacionales cuyo capital está en manos privadas, y cuando sólo hay ya en el mundo 21 estados que disponen de un producto interior bruto más grande que la cifra de negocios de cada una de las mayores seis corporaciones transnacionales, cuando la concentración, digo, de este inmenso poder económico es tan grande, ¿alguien puede sensata, honrada y seriamente afirmar que ello no supone no ya un riesgo, sino una incompatibilidad absoluta con lo que acostumbramos a entender por democracia? Cuando ya la política económica del Gobierno de Estados Unidos se inspira, de forma abiertamente reconocida por éste mismo (y de forma vergonzante por no expresa por otros muchos gobiernos más cercanos, como el Gobierno del Reino de España), en el principio de "hacer a los ricos más ricos para beneficio de los pobres", ¿alguien que no sea un perito en legitimación puede pensar no ya que la democracia está en peligro, sino que está herida de gravedad?

Todo proyecto democrático de algún interés debe poner frenos y cinchas a esta realidad. La democracia, la vida política, el ejercicio de la ciudadanía, la libertad... serán palabras más o menos bien intencionadas no exentas, digámoslo ya, de una buena dosis de ignorancia complaciente en el mejor de los casos, o de puro engaño en el peor, si no van unidas a las bases materiales de la existencia ciudadana. Estos frenos y cinchas para mitigar esta gran desigualdad social y para garantizar realmente la existencia ciudadana de toda la población existen. El pasado 30 de octubre, ATTAC-Catalunya realizó claras y precisas preguntas al respecto a los partidos, alguno(s) de los cuales deberán gobernar la Generalitat bien pronto. Veremos.

Daniel Raventós es profesor de Teoría Sociológica de la UB y miembro de ATTAC-Catalunya.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de noviembre de 2003