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COLUMNA

Sangría, expolio, saqueo, agravio

En 1999, el Òmnium Cultural -histórico foro catalanista- hacía públicas unas Reflexiones sobre el déficit fiscal de Catalunya en las que denunciaba la "sangría" que para esa comunidad suponía el desfase, que cifraba en 1,2 billones de pesetas al año, entre su aportación a las arcas del Estado y lo que recibía de ellas. Òmnium exigía, para contrarrestar la imagen de una Cataluña insolidaria, la publicación de las balanzas fiscales de todas las autonomías. Lo acaba de hacer la Fundación BBVA, editora de un concienzudo estudio del profesor Ezequiel Uriel presentado el viernes pasado en Madrid y del que se deduce que sólo tres comunidades (Baleares, Madrid y Cataluña) son contribuyentes netas; el resto tiene saldo fiscal positivo: reciben más de lo que aportan.

Cataluña tiene una posición aparentemente equilibrada: es la tercera comunidad en PIB per cápita y la tercera en aportación neta por habitante: 65.000 pesetas/año en el periodo 1991-96. Se trata de una contribución muy inferior a la de Madrid (206.000 pesetas por habitante) y Baleares (144.000), pese a que la diferencia en renta es poco significativa. En el otro extremo, las comunidades con un mayor saldo positivo son Extremadura (+284.000 pesetas) y Andalucía (+211.000). Hay transferencia de renta de las comunidades más ricas a las más pobres, como en cualquier sistema fiscal moderno. Un estudio publicado en la revista de la Fundación de Cajas de Ahorros Confederadas (Cuadernos de Información Económica, nº 173) ofrece el dato poco conocido de que el fondo de solidaridad regional permite transferir el 15% del PIB a las comunidades más atrasadas.

Parece exagerado hablar de "expolio fiscal" de Cataluña, como sostenía hace una década el entonces líder de Esquerra Republicana, Àngel Colom. Sin embargo, ¿tendría sentido hablar de "agravio comparativo"? Quienes lo mantienen miran sobre todo hacia Euskadi. En 1994, según un estudio de la Generalitat, los recursos por habitante eran en Cataluña de 101.000 pesetas, menos de la mitad de lo que podía gastar, merced a su concierto económico, la Administración vasca (y también la navarra). El estudio del BBVA constata que Euskadi, pese a ocupar el quinto lugar en PIB per cápita, figura entre las comunidades con saldo fiscal positivo: de 124.000 pesetas por habitante. Se comprende que Artur Mas incluya en su propuesta de nuevo Estatuto un régimen de financiación como el vasco; Maragall lo plantea como equiparación a medio plazo de los ingresos per cápita de Cataluña con los de las comunidades forales.

Es evidente que si el concierto se generalizase dejaría de existir el excedente que permite transferir renta a las comunidades más pobres. Pero, ¿por qué Euskadi sí y Cataluña no? Pujol ha insinuado reiteradamente que su lealtad al sistema no ha sido correspondida debidamente. Rafael Ribó, entonces líder de Iniciativa per Catalunya, llegó a decir en 1996 que los conciertos de Navarra y el País Vasco "los pagamos entre todos" y que si nadie se atrevía a criticarlos era a causa de ETA. Y Carod Rovira acaba de declarar (a la revista de Elkarri) que para los catalanes "España, como Estado que pagamos, es un mal negocio".

Sin embargo, no parece que los catalanes estarían dispuestos a cambiar su situación por la de los vascos. En todo caso, por la de los navarros, que son los más satisfechos con su autonomía, seguidos por valencianos y catalanes, según datos del CIS. Pero además hay factores objetivos. Cataluña paga más de lo que recibe, pero esa transferencia de recursos no sólo es un factor de cohesión social, sino de revitalización del mercado español, de cuya solvencia depende buena parte de la prosperidad catalana.

El ex ministro socialista Ernest Lluch, asesinado por ETA en 2000, había llamado la atención sobre esa relación que permitía a Cataluña, a cambio de las rentas que transfería al resto de las comunidades, venderles sus productos y crear así empleos en su propio territorio. El resultado es claramente favorable, como refleja la balanza comercial. Cataluña es con diferencia la comunidad con un saldo más favorable: de 9.100 millones de euros (1,5 billones de pesetas). El negocio no es tan malo. Hablar de saqueo fiscal, como los croatas en los ochenta y la Liga del Norte (de Italia) en los noventa, es como mínimo una simplificación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 16 de octubre de 2003