Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Cabezas

Durante el juego de una noche de verano unos niños tendieron a media altura un sedal muy resistente de un lado a otro de la calle. Un motorista que cruzaba a gran velocidad dejó en el asfalto su cabeza segada por el gaznate y el resto del cuerpo siguió pilotando la moto con igual destreza varios kilómetros más porque el cerebro aún la gobernaba a distancia desde el interior del cráneo tirado en el suelo. Si a una oca se le corta el cuello de un tajo puede salir huyendo un buen trecho, pero, de repente, deja de existir sin saber lo que le ha pasado. En cambio, se dice, las cabezas de los guillotinados continúan pensando dentro del cesto que les ha preparado el verdugo. No por mucho tiempo. La falta de riego sólo les da para elaborar una maldición, una súplica o, a lo sumo, un aforismo. La muerte constituye una fuente inagotable de mala literatura. Los teólogos, filósofos y moralistas han extraído infinitas doctrinas de ese pozo negro y algunos hombres insignes han reservado frases altisonantes para el momento de estirar la pata, pero la gente de a pie normalmente utiliza los últimos instantes de su vida para guardar un silencio muy expresivo. La inminencia de la muerte no suele producir pensamientos muy profundos si uno muere sacramentado entre sábanas de hilo. Tampoco en medio de las grandes catástrofes las almas corrientes gastan un gramo de energía en rebelarse contra el destino con cierta grandeza. Las conversaciones agónicas que se oyeron a través de los móviles mientras las Torres Gemelas ardían eran muy simples, exentas de retórica, pegadas a la existencia anodina. Envueltos en llamas unos ciudadanos anónimos se despedían de sus familias con las mismas palabras de amor que se usan en los andenes cuando está a punto de partir el tren. Algunos no se olvidaron de mandar el último adiós a los perros ni de advertir en qué aparcamiento habían dejado el coche ni de agradecer a su mujer aquella tarta de calabaza. No todos los que mueren son tan exigentes como Goethe, que en su agonía reclamó luz, más luz, sin que se sepa todavía si quería ver a Dios o sólo se conformaba con que abrieran la ventana. Queda por saber qué clase de luz habría deslumbrado al cerebro del Goethe dentro del cesto si hubiera sido guillotinado. A este lado de la cuchilla no ha habido más que pensamientos vulgares. Es posible que lo más profundo de la sabiduría lo hayan producido ya del otro lado las cabezas cortadas pensando sólo un minuto sin el lastre del cuerpo, pero ése es otro tesoro que también se ha perdido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de septiembre de 2003