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CAOS EN EE UU Y CANADÁ

Grandes ciudades del este de EE UU y de Canadá sufren un gigantesco apagón

El Gobierno de Bush descarta una acción terrorista y achaca el colapso a un fallo técnico

El noreste de Estados Unidos y el sur de Canadá sufrieron ayer uno de los apagones más graves de su historia. Nueva York, Cleveland, Detroit, Ottawa y Toronto fueron algunas de las ciudades completamente paralizadas: los aeropuertos dejaron de funcionar, los ferrocarriles se detuvieron en los túneles, los teléfonos callaron y millones de personas salieron a la calle, incomunicadas y sudorosas, para caminar o simplemente esperar. El Gobierno estadounidense atribuyó el desastre a algún tipo de fallo técnico en el gigantesco generador de Niágara-Mohawk y descartó, en principio, una acción terrorista.

La población afectada se comportó con relativa calma, dentro del caos y al margen de algunas escenas de pánico. No obstante, se temían desórdenes y saqueos si al caer la noche se mantenía el corte de energía. Al cierre de esta edición, en la madrugada española, el apagón no había sido resuelto, aunque algunos barrios empezaban a recibir un suministro intermitente. Atardecía en la costa este de Estados Unidos y las calles de Manhattan rebosaban de gente desorientada, incapaz de regresar a un domicilio demasiado lejano y en busca de algún lugar donde protegerse del calor y del agobio. Las escenas urbanas componían un masivo cuadro de multitudes erráticas y automóviles aglomerados en embotellamientos kilométricos.

La corriente se interrumpió a las cuatro de la tarde (las diez de la noche hora peninsular española)en Ottawa, la capital canadiense y el apagón descendió rápidamente en cascada hacia el sur. Según el Ministerio de Defensa de Canadá, la causa de la avería fue "un relámpago que cayó sobre una central estadounidense en la zona del Niágara". Enseguida, la vida se detuvo en seco en gran parte de la región más populosa del país. Los hospitales siguieron funcionando, en la llamada "situación de emergencia", gracias a los equipos generadores, pero uno, en Brooklyn, se quedó totalmente a oscuras. Hubo que concluir al menos una operación quirúrgica a la luz de linternas.

En los primeros momentos se esparció el miedo a un atentado terrorista. Decenas de miles de neoyorquinos trataron de huir por el puente de Brooklyn y todo el mundo buscó a través de la radio las pocas noticias disponibles. Los automóviles se encontraron bloqueados, por la densidad del tráfico y por la falta de semáforos. Una espesa humareda procedente de una central eléctrica en la calle 14 de Nueva York contribuyó a aumentar esos minutos de terror. No había televisión, no había teléfonos móviles, la mayoría de los aparatos convencionales, eléctricos, eran inútiles, y en las cabinas públicas se formaron largas colas. El alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, se puso en contacto con emisoras de radio y con CNN para calmar a la población y para insistir en que no se habían detectado indicios de actos terroristas.

El presidente George W. Bush fue inmediatamente informado y siguió los acontecimientos desde su rancho de Tejas. La Agencia Federal de Gestión de Emergencias, dependiente del Departamento de Seguridad Interior, intentó asumir las riendas de la situación y se concentró en las cuestiones más urgentes: la organización del tráfico aéreo, la prohibición de que entraran vehículos en las ciudades y la coordinación policial.

El gobernador de Nueva York, George Pataki, instauró el estado de emergencia. Bloomberg, sudoroso y en mangas de camisa, movilizó a todos los agentes de policía y del cuerpo de bomberos, 40.000 personas en total. La máxima prioridad se centraba en rescatar a los miles de atrapados en metros y ascensores, en plena oscuridad, sin comunicación con el exterior y bajo un calor sofocante. Varios convoyes del metro neoyorquino quedaron detenidos bajo el río, y su evacuación resultó muy difícil. El alcalde Bloomberg afirmó que no tenía noticia de muertes o heridas graves a causa del incidente.

Los aeropuertos se mantuvieron en relativa calma. Los generadores de emergencia permitían que los aviones aterrizaran y que las terminales permanecieran iluminadas. Los generadores resultaron, sin embargo, incapaces de suministrar energía suficiente para que funcionaran los escáners y los arcos detectores de metales, y el Departamento de Seguridad Interior ordenó que, por razones de seguridad, se interrumpieran los embarques de pasajeros. Miles de vuelos, entre ellos los nocturnos en dirección a Europa, quedaron indefinidamente suspendidos.

Las bolsas de valores de Wall Street acababan de concluir la sesión cuando se cortó el suministro eléctrico. Los mercados de bonos, mucho mayores en volumen de negocio, seguían funcionando, y registraron una repentina subida: la primera reacción de los inversores fue invertir en deuda pública estadounidense, considerada un valor seguro en situaciones de crisis. Las autoridades financieras hicieron lo posible por calmar a los operadores y prometieron que el distrito financiero neoyorquino funcionaría hoy viernes, con generadores militares si fuera necesario.

El apagón se produjo en un difícil momento económico. Para pequeños negocios como los restaurantes, el corte eléctrico supuso perder una de las mejores noches de la semana y todos los alimentos guardados en la nevera; los cines, los teatros de Broadway y muchos bares se vieron obligados a cerrar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 15 de agosto de 2003