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Columna
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Eurorécord

Emilio Ontiveros

La observación con anterioridad de una anomalía o cualquier acontecimiento adverso, no reduce necesariamente su inconveniencia. Es el caso del comportamiento en estos días de los tipos de cambio. Que en el pasado la volatilidad de los precios de las principales monedas vehiculares fuera superior a la actual, o más intensa la depreciación ahora observada del dólar, no constituye precisamente un paliativo a los daños que la misma origina en algunas de las economías de la eurozona.

En una jornada festiva en Estados Unidos y el Reino Unido, el euro registró ayer frente al dólar estadounidense y el yen japonés el tipo de cambio más apreciado de su historia como moneda común. Pero no serían esos 1,18 dólares y 138,70 yenes de ayer los máximos de la historia si hiciéramos viajar hacia atrás en el túnel del tiempo a una moneda sintética o cartera de monedas con la misma composición del euro. En 1973, tras la definitiva ruptura del sistema de Bretton Woods, el euro habría cotizado cerca de los dos dólares, para precipitarse definitivamente desde los 1,80 hasta 0,70 entre los tres primeros años de la década de los ochenta. Volveríamos a verlo en la frontera del 1,50 dólares a principios de los noventa, manteniéndose significativamente por encima del 1,20 dólares hasta prácticamente el inicio de la fase final de la UME, en enero de 1999.

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Lo inconveniente no es tanto el nivel alcanzado ahora por ese tipo de cambio (distintas estimaciones de la Paridad del Poder Adquisitivo sitúan el tipo de equilibrio por encima de los 1,20 dólares) , sino el ritmo al que lo ha hecho y las circunstancias económicas en las que tiene lugar. Esa apreciación ha endurecido de forma significativa las condiciones monetarias vigentes en la eurozona, pero de forma muy significativa en aquellas economías con una reducida tasa de crecimiento de los precios y especialmente dependientes de la demanda provenientes del exterior de la zona.

Y frente al impacto depresivo de un tipo de cambio en ese nivel, sólo caben tres alternativas: vender euros contra dólares, estímulos fiscales o reducciones de tipos de interés. La eficacia de la primera medida es muy dudosa y la conveniencia de la segunda es políticamente muy discutible. Sólo queda restablecer las condiciones monetarias propias de una economía sin excesiva inflación: que el Banco Central Europeo (BCE) baje los tipos de interés.

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