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Crítica:ESTRENOS

Espléndida madurez

Escrita en 1955, objeto de una versión en cine sólo tres años después, obra de Joseph L. Mankiewicz, El americano impasible es la descarnada visión que el gran Graham Greene supo dar de un tema entonces vidrioso: la infiltración de EE UU en los destinos vietnamitas apoyando una tercera fuerza, equidistante del comunismo anticolonialista y de los ocupantes franceses... y responsable de lo que luego vendría. No es una novela del gusto americano: la versión de Mankiewicz, protagonizada por un improbable actor hoy felizmente olvidado, Audie Murphy, limaba el tono crítico que Greene empleaba en la descripción de las técnicas arteras de infiltración empleadas por la OSS, el organismo matriz de lo que luego sería la CIA.

EL AMERICANO IMPASIBLE

Director: Phillip Noyce. Intérpretes: Michael Caine, Brendan Fraser, Do Thi Hai Yen, Rade Sherbedgia, Tzi Ma, Robert Stanton, Holmes Osborne. Género: drama histórico. EE UU, 2002. Duración: 110 minutos.

¿Qué es lo que hace que la versión actual de la novela, firmada por un director, el australiano Phillip Noyce (capaz de lo mejor y de lo peor: de Calma total, pero también de El Santo), mucho menos interesante que Mankiewicz, sea notablemente mejor que la del clásico? Dos factores: uno, su fidelidad al original; otro, la presencia de un inmenso actor, Caine, en el central papel de Thomas Fowler, el torturado, dudoso héroe greeneano.

Hay en el filme de Noyce, espléndidamente ambientado en el Vietnam original, el mismo drama moral que suscitaba la novela, y que en nuestro convulsionado presente se antoja central: qué hacer frente al terrorismo, qué papel asumir ante la certeza de que la razón de Estado juega impunemente con la vida de gente inocente. Hay, claro está, también el drama íntimo del protagonista, el envejecido periodista Fowler (Caine), enamorado hasta las cachas de una joven vietnamita (Do Thi Hai Yen, bellísima) con la que no podrá casarse, porque ya lo está, que asiste impotente al cortejo de su amada por parte del voluntarioso americano del título (Brendan Fraser, un buen actor casi siempre desaprovechado; no aquí, por cierto).

Caine confiere a su personaje un plus de credibilidad que es, en definitiva, la razón misma de la existencia de la trama: nos contagia sus dudas, se muestra en su desoladora impotencia de amante viejo, mantiene en alto un concepto de caballerosidad de otra época. Cierto, el conflicto amoroso no tiene en cuenta a la mujer, mera pieza de trueque entre dos hombres enamorados y principal motivo de envejecimiento de la historia que imaginó Greene. Pero ello no obsta para afirmar que con el rigor de su reconstrucción histórica, el perfecto trabajo de sus intérpretes principales y su apuesta por un compromiso ético con una realidad esquiva, El americano impasible se erija en un imprescindible recordatorio de que la guerra fría sigue dejando incómodas huellas sobre nuestro agitado presente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 14 de marzo de 2003