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AMENAZA DE GUERRA | La opinión de las organizaciones humanitarias

Desastres de la guerra

El argumento de Aznar de que esta guerra es la continuación legal de la del Golfo de 1991, ante el incumplimiento por Sadam de las condiciones del armisticio que sancionó su derrota, prescinde de lo esencial: que lo que justificó aquella guerra fue la convicción de que era el único medio de sacar a Sadam de Kuwait. Mientras que obligarle a cumplir las resoluciones de la ONU sobre desarme justificará otras medidas, pero no una tan extrema como la guerra. La de 1991 provocó 135.000 muertos iraquíes (más que las bombas de Nagasaki e Hiroshima juntas). Un desastre así ni siquiera se justifica por el fin de derrocar a Sadam.

Hay fuertes razones, por tanto, para oponerse a la guerra, como hicieron las gentes del cine que en la gala de los Goya exhibieron pegatinas y pronunciaron discursos con ese mensaje. Entonces ¿por qué sus expresiones provocaron una fuerte incomodidad en personas que también están contra esta guerra y contra la actitud del Gobierno ante ella? No porque el momento y el lugar fueran inapropiados, como opina la ministra, sino tal vez por el tono excesivo utilizado por algunos de los que hablaron; como si se tratase de una audacia por la que se jugaban el cuello o al menos su futuro. Pero audacia habría sido, en aquella atmósfera, defender al Gobierno, no ridiculizarle. Hay causas justas cuya defensa implica un riesgo verificable -por ejemplo, hablar contra Franco en 1970, o contra ETA ahora, en la clausura del Festival de San Sebastián-, y otras tan justas como las anteriores pero cuya defensa no es muy comprometedora.

Como el Gobierno saca el tema del terrorismo cada vez que le va mal, algunas personas han llegado a convencerse de que lo heroico es hablar de otra cosa, el chapapote, por ejemplo, a fin de no hacer el juego a Aznar. Hay en esa actitud algo de ofensivo para muchos ciudadanos, y seguramente eso explica la salida, que podría parecer extemporánea, de la Fundacion Víctimas del Terrorismo al lamentar que los del cine no hayan sido tan sensibles a violaciones de derechos humanos que caen más cerca. Cada vez que hay un atentado, el terrorismo vuelve a ser la primera preocupación de los ciudadanos. Sobre todo si es un atentado como el de Santa Pola, que hace pensar a muchos que ellos o sus familias podían haber figurado entre las víctimas. Pero en cuanto los atentados se espacian, aunque haya intentos fallidos, esa preocupación pasa a segundo plano, y nos incomoda oír hablar a los de siempre de lo de siempre.

Pero incluso sin atentados, hay, según cálculo de Gesto por la Paz, 40.000 vascos cuya vida se ve condicionada por las amenazas y acoso del mundo de ETA, y muchos más que, aun sin estar señalados, carecen de libertad para defender en público sus ideas con la misma tranquilidad con que otros pueden defender las suyas. Puede estimarse que hay problemas más graves, pero no es leve el hecho de que en una parte del territorio nacional no tengan vigencia los derechos y libertades que garantiza la Constitución.

Los nacionalistas son contrarios al terrorismo, pero les cuesta renunciar a la ventaja que les otorga que sus enemigos estén coaccionados por el mundo de ETA. Además, tienen una fuerte tendencia a relativizar las normas conforme al criterio de que lo que conviene al partido es siempre lo más democrático: por ejemplo, cambiar el sistema de votación de los Presupuestos; o el tope mínimo para acceder al Parlamento; o, como los protestantes en Irlanda del Norte, los distritos electorales. Su ideología lo legitima por el principio de que dejar el poder en manos no nacionalistas sería la mayor de las catástrofes.

El plan de Ibarretxe, por ejemplo, es un mecanismo para atraer los votos del otro nacionalismo a fin de garantizarse la permanencia en el poder. Considerarlo democrático porque proclama su voluntad de respetar los procedimientos es un criterio discutible. Como explicó aquí el profesor Rubio Llorente hace tres septiembres, democracia implica ejercer el poder de manera que no haga imposible (o casi) la alternancia. Utilizar la mayoría para modificar las reglas de juego cuando convenga, no es democrático; plantear como vía para la superación de la violencia la adopción por los no nacionalistas del programa nacionalista, no es democrático. Puede que denunciarlo sea menos emocionante que otros chispazos, pero esto es lo que (también) hay.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de febrero de 2003