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COLUMNA

Promesas

Otro año más en la trágica tierra sagrada. Veintitrés muertos el domingo a manos de los extremistas que, a un paso de las elecciones, parecen querer hacer la campaña gratis a Sharon. ¿Es posible la esperanza? Goldberg y Shapiro, dos cineastas americanos, se marcharon a Jerusalén hace tres años, en un periodo de relativa tranquilidad, a filmar un documental sin prejuicios sobre esas dos comunidades (no digo etnias) que no sobrevivirán hasta que asuman que deben hacerlo juntas. De la mano de Goldberg, cuya presencia ayuda a entender y nunca estorba, vamos conociendo las vidas de niños israelíes y palestinos. Niños que no han vivido otra realidad salvo la del miedo a la muerte y a perder su tierra. El espectador asiste en el cine, entre emocionado y atónito, a las palabras de los niños, palabras religiosas de niños enfermos de religión. Echan mano del Corán o de la Torah como si en esos libros pudiera encontrarse la verdad indiscutible. Es lo que aprendieron en casa, en las escuelas islámicas o con el rabino, arrodillándose ante Alá o balanceándose según la costumbre judía. Los niños recitan palabras que no entienden, pero que justifican el odio al enemigo. Creen que los niños del enemigo han de morir. Lo dicen con la naturalidad del que está creciendo con la muerte cerca. En su boca, Jehová y Alá parecen dos personajes de cuento con poderes mágicos (ojalá no fueran nada más que eso). Los niños palestinos sueñan con que algún día el enemigo desaparecerá y podrán andar con libertad por su tierra arrebatada. Los judíos sueñan con poder ir al colegio sin miedo a ser despedazados. Goldberg se gana la amistad de cada uno de ellos y les propone, tanto a los palestinos como a dos gemelos judíos, tener un encuentro. Se encuentran. Y, como son niños, el odio pasa a un segundo plano porque Goldberg, con sabiduría, les incita a jugar. Al final de la jornada se ven atrapados por una extraña amistad. Se sientan a charlar y el crío palestino comienza a llorar por esa amistad imposible, descubre con tristeza que esa tarde no podrá repetirse. El documental se llama Promises. Han pasado tres años desde aquel encuentro. En estos primeros días de 2003 todas las promesas están rotas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de enero de 2003