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COLUMNA

El vacío

Empieza a haber más museos de arte contemporáneo que arte contemporáneo propiamente dicho. Parece que una ciudad no es una verdadera ciudad hasta que tiene un edificio raro con nada dentro. Yo no sé si esta moda la comenzó el Guggenheim, pero al menos la difundió entre nosotros. En el Guggenheim, que por dentro recuerda a un intestino, la obra de arte es el propio visitante que circula, en forma de bolo alimenticio, por un conducto membranoso que comunica la boca del museo con su ano. Sólo faltan los movimientos peristálticos y antiperistálticos. Cuando abandonas el museo, eres lo que sobra de ti mismo después de haber sido macerado y deglutido por un hermoso ejemplar de la arquitectura posmoderna.

Tal falta de equilibrio entre continente y contenido no se da sólo en el ámbito de las artes plásticas. Ahora mismo, por ejemplo, hay más premios literarios que escritores. Parece que un ayuntamiento, una caja de ahorros, una ONG o un grupo de hoteles no son verdaderas empresas hasta que convocan un concurso de cuento o de novela. Y con dotaciones millonarias. Muchos de estos concursos quedan desiertos porque no hay escritura suficiente para rellenar tanta demanda, y otros premian obras que no se publican o de cuya publicación no se entera ni el padre del autor.

Nos vuelve locos el bulto, en fin. Hay más gente dedicada a la fabricación de envoltorios que a la de productos dignos de ser envueltos. El universo está lleno de libros huecos y de arquitecturas vacías. Las mejores tiendas de regalos son las que empaquetan con arte un abrelatas. "Da pena abrirlo", ésta es la expresión que más se oye en la actualidad cuando alguien recibe un regalo. Toda la realidad tiene ya algo de envoltorio, lo que en estas fechas tan señaladas se nota más que nunca. Podemos rebelarnos, pero se trata de una batalla perdida. Déjese usted llevar con la mansedumbre con la que se deja deglutir por el Guggenheim, sin hacerse preguntas transcendentes. El regalo es la experiencia misma de ser consumido bajo la apariencia de ser el consumidor: un trampantojo existencial que nunca cansa. Piense en ello cuando recorra las oquedades del centro comercial. Y felices pascuas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 27 de diciembre de 2002