Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crónica:LA CRÓNICA NEGRA DEL 'PRESTIGE' / 2 | CATÁSTROFE ECOLÓGICA EN GALICIA

"¡Vamos a tener una marea negra del copón de la baraja!"

El barco sigue a la deriva y el capitán no colabora. Las autoridades piden que una unidad de élite de la Guardia Civil asalte el barco

A Coruña
El 'Prestige', roto y aún repleto de fuel, se encuentra a la deriva a siete millas de las playas de Muxía. El consejero de Pesca, Enrique López Veiga, que sabe de qué habla cuando se trata de mareas negras, sólo piensa en sacar el buque de allí. La segunda entrega de la serie sobre la catástrofe ecológica que sufre Galicia relata lo ocurrido el 14 de noviembre.

El consejero duerme profundamente. Enrique López Veiga, responsable de Pesca de la Xunta de Galicia, es de esa clase de personas a las que no les quita el sueño ni la mayor preocupación. A las cuatro y media de la madrugada del jueves 14, el teléfono de su mesilla de noche se pone a sonar. Quien llama es un alto cargo de la consejería y las noticias que transmite no pueden ser peores:

- Conselleiro, el barco está a siete millas de Muxía. No hay forma de trincarlo. Se rompen las guías del tren de remolque.

La situación es muy grave. El petrolero Prestige, accidentado la tarde anterior frente a las costas de Finisterre, ya ha derramado al mar varios miles de toneladas de fuel. El consejero cree que no es momento de volver a la cama, así que se mete en la ducha y se dirige enseguida a su despacho. Sabe que el presidente Fraga se levanta muy temprano y antes de las siete llama a su residencia para contarle las últimas noticias. López Veiga es uno de los pocos políticos que no toca de oído cuando habla de marea negra. En 1992, la tragedia del Mar Egeo también le pilló de consejero de Pesca y por eso sabe que no es recomendable perder tiempo. Ordena a todos los directores generales que acudan a su despacho a las 8.30. Cuando llegan, les anuncia:

El 'Prestige' continúa parado, con una escora de 8 grados y vertiendo crudo al mar

"Los telediarios decían que el petrolero no estaba cerca, pero lo veíamos ahí al lado"

"Sale muy poquito fuel, un reguerito que se apaga y vuelve a salir, un manchón..."

- Niños, ¡vamos a tener una marea negra del copón de la baraja!

No es el teléfono de López Veiga el único que suena en una madrugada especialmente larga. A las 5.31 se recibe una llamada en la delegación del Gobierno en A Coruña, un edificio situado a la entrada del puerto, donde las luces de la segunda planta permanecen encendidas durante toda la noche. Arsenio Fernández de Mesa, el delegado, es informado de los últimos datos de una madrugada muy angustiosa. El petrolero, ya con sólo tres tripulantes a bordo -el capitán y dos oficiales-, continúa con los motores parados, con una escora de ocho grados, vertiendo crudo al mar y navegando a la deriva, acercándose peligrosamente a la costa de Muxía.

Los vecinos de este pueblo de la Costa da Morte empiezan a vivir una sensación muy extraña que les acompañará durante toda la odisea del Prestige. Lo que ven sus ojos no casa con la verdad oficial. "Era curioso", recuerda Francisco Lindes Sánchez, un marinero jubilado de 66 años, "los telediarios nos dijeron después que el petrolero ni estaba cerca ni estaba echando petróleo, pero nosotros lo habíamos visto ahí al lado durante toda la mañana, con los remolcadores al lado, sin poder moverlo, puede ser que sin conseguir engancharlo".

El marino da en el clavo. La angustia que se vive en la orilla no es mayor que la que se sufre mar adentro. Uno de los tres tripulantes que aún quedan en el Prestige -el resto ha sido evacuado en helicóptero la tarde anterior- es el griego Nikolaos Argyropoulaos, el maquinista, un hombre de 63 años que presencia impotente cómo los remolcadores intentan sin éxito enganchar su barco. "Todo estaba en contra", explica, "el tiempo, los medios, el idioma... El capitán buscaba más tripulación para ayudar a la maniobra. A las seis de la mañana llegaron dos españoles, que también intentaron sin conseguirlo amarrar el barco en dos o tres ocasiones". El amanecer del jueves 14 sorprende al Prestige todavía a la deriva, auxiliado ya por tres barcos: un remolcador grande, el Ría de Vigo, y otros dos más pequeños, el Charuca Silveira y el Sertosa 32. Algunas veces consiguen amarrar algún cabo al petrolero y empiezan a tirar de él, pero todo resulta inútil. Las estachas siempre terminan rompiéndose.

Los teléfonos amenazan con reventar durante toda la mañana en el despacho de López Veiga. Se suceden las conversaciones con Fraga, con el delegado del Gobierno en Galicia y con el director general de la Marina Mercante, que estaba en A Coruña desde la noche del miércoles. La gravedad de la situación toma cuerpo. Hay una pregunta que va de despacho en despacho. ¿Qué hacemos con el Prestige? El consejero recurre a una frase que suelta como una letanía desde la tarde del día anterior:

- Hay que sacar ese barco de ahí de una puta vez.

Pero ésa es una decisión que no depende ni de él ni de ninguno de sus subordinados. Además, existe un problema añadido al reiterado fracaso de los remolcadores: los motores del petrolero continúan parados. Desde tierra se sospecha que Apostolos Mangouras, el capitán griego, tiene mucho que ver en ello. Para salir de dudas no hay más que un camino. A las diez en punto de la mañana, un hombre de 68 años, estatura media y pelo blanco llega al aeropuerto de A Coruña. El helicóptero Helimer Cantábrico ya lo espera con el rotor girando. Se trata de Serafín Díaz Regueiro, un técnico de la Capitanía Marítima. Justo 50 minutos después, el Centro de Coordinación (CECOP) recibe un mensaje del comandante del helicóptero: "El inspector de la Capitanía ya está a bordo del Prestige". Su única misión: arrancar los motores del barco.

Serafín Díaz no llega al buque solo. Se hace acompañar de cuatro de los marineros filipinos que fueron evacuados el día anterior. Son el segundo maquinista, el electricista, el bombero y el engrasador. Ya se han repuesto del susto, han cambiado sus ropas impregnadas de fuel por otras secas y han pasado la noche en el hotel Avenida, un tres estrellas situado en el extrarradio de A Coruña, vigilados muy de cerca por representantes del armador, que no les dejan hablar con los periodistas. El técnico español informa al capitán Mangouras de quién es y del motivo que lo ha llevado allí. El griego no se opone frontalmente, pero -según la versión del español- adopta una actitud distante. Da la impresión de que quiere ganar tiempo. Sólo después de una hora permite a Serafín Díaz, vestido con botas y mono de salvamento, que descienda por fin a la sala de máquinas.

A las dos horas, el técnico español busca al capitán en el puente de mando del Prestige. Lo que ha visto allá abajo le da mala espina, pero opta por ser prudente y no comentarle nada al capitán. Sin embargo, el diálogo no puede ser más tenso:

- Capitán, ya se puede arrancar. Dé la orden, por favor.

- Hay que esperar un rato. Hasta que llegue el helicóptero.

- No, hay que arrancar ya.

- Oiga, yo soy el capitán del barco y aquí soy yo quien da las órdenes.

- Sí, es verdad, usted es el capitán del barco, pero también es verdad que usted está en mis aguas y que allí hay una fragata de guerra. Si yo hago una llamada aparece aquí un oficial, y aunque usted permanezca a bordo será él quien marque el rumbo.

El capitán -siempre según la versión del español- parece apaciguado. Serafín Díaz vuelve a bajar a la sala de máquinas y de nuevo surgen los problemas. El mecánico del barco dice que se acaba de romper una pieza. Díaz no se lo cree y, ante el buen resultado que le acaba de dar en cubierta ponerse bravo, advierte al marinero:

- Una puede estar rota, aunque yo no he visto en mi vida una varilla de estas rotas. Pero le advierto de que si aparece otra más, yo llamo a la Guardia Civil y va usted detenido.

A las 15.30 del jueves, cuatro horas y media después de que el técnico de A Coruña subiera a bordo, el Prestige vuelve a ponerse en funcionamiento. Desde esa hora hasta las 19.30, hora exacta en que Serafín Díaz abandona el barco, el Prestige navega a una velocidad de seis nudos y 60 revoluciones. "Sin problemas", recuerda el inspector marítimo, "yo no noté vibraciones en el barco, ni en la cubierta ni nada que pudiese hacer indicar que el barco fuera en malas condiciones. Es más, la puesta en marcha corrigió en tres o cuatro grados la escora, por lo que íbamos navegando a cuatro o cinco grados de escora".

Según el seguimiento del Gobierno, a las 19.00, el petrolero "se encuentra a 25 millas al noroeste de Cabo Villano, navegando a seis nudos de velocidad, con su propia máquina y asistido -una suave forma de decir escoltado- por cinco buques de Salvamento Marítimo y dos de la Armada". Tierra adentro o, más concretamente, despachos adentro, se tiene la sensación de que el asunto del Prestige está en vías de solución. El Gobierno ya cree que el susto se conjuga en pasado, e inicia una virulenta ofensiva. Loyola de Palacio interviene en varias emisoras de radio y se queja del papel que desempeña Gibraltar en el tráfico marítimo de petroleros.

El Peñón vuelve a aparecer ante la opinión pública como una cueva de piratas. La embajada del Reino Unido en Madrid se defiende precisando en una nota que el Prestige sólo ha atracado una vez en Gibraltar, hace cuatro años, y que en aquella ocasión se limitó a repostar. Todo obedece a una polémica creada por Adolfo Menéndez, subsecretario de Transportes, quien difunde una información errónea según la cual el Prestige cubre habitualmente la ruta Letonia-Gribaltar. El bulo actúa de espoleta para la polémica. Los políticos del PP se lanzan a degüello contra la bárbara amenaza. El ministro de Fomento, Francisco Álvarez-Cascos, anuncia que el Gobierno ya ha emprendido acciones legales contra Grecia, país de procedencia del armador del Prestige, y contra Letonia, la república donde fueron cargadas las 77.000 toneladas de combustible. La oposición intenta, sin embargo, buscar a los responsables más cerca. El PSOE y el Bloque Nacionalista Gallego (BNG) emplazan precisamente a Álvarez-Cascos para que explique el naufragio en el Congreso.

El técnico Serafín Díaz, con la satisfacción del deber cumplido, vuela de vuelta a A Coruña, donde días después recibe la noticia de que ha sido ascendido. Va pensando en las horas que acaba de pasar en el barco, en la sucesión de fallos inexplicables que ha visto en la sala de máquinas: llaves de paso cerradas, piezas que parecen rotas a conciencia. No, no le cuadra. "He tenido que solucionar los problemas que ellos mismos habían causado", recuerda. La actitud hostil del capitán, que él ha padecido en primera persona durante las últimas horas, le da pie para fabricar una teoría al menos curiosa. ¿Sabotaje? Recuerda Díaz una frase pronunciada por el propio Mangouras minutos después del accidente. "Entre la tripulación cundió el pánico y algunos de los hombres se pusieron a llorar", había declarado el griego, "así que pedí que los evacuasen. En esas condiciones, más que una ayuda constituían un peligro". El técnico español cree ver algo más en aquella decisión: "Tenga usted en cuenta que en el barco, una vez rescatados los filipinos, sólo quedaron tres personas, dos de ellas de edad avanzada. El capitán, el primer oficial y el jefe de máquinas. Eso me da mucho que pensar. Un hombre solo en la sala de máquinas me da que sospechar que hay otros intereses... Quizás querían dejar que el barco se acercara a la costa tanto que España se viera obligada a sacarlos precipitadamente de allí ofreciéndole un remolcador gratis... No lo sé, pero... Yo creo que hubo mala fe". De nuevo la sombra del dinero aparece alrededor del naufragio.

20.00 del jueves. El helicóptero Helimer Galicia informa de que se encuentra en su base repostando, dispuesto a trasladar al Prestige a nueve tripulantes de la compañía de salvamento Smit Salvage.

Ése es el helicóptero al que se había referido el capitán del petrolero en su conversación con el técnico español Serafían Díaz. Y tiene una explicación muy sencilla. Nada más producirse el accidente, el griego se pone en contacto con su armador en Atenas y es éste quien desde aquel momento le da todas las órdenes. La última es que sean los técnicos de una empresa holandesa, Smit Salvage, los que se hagan cargo de salvar el barco. Por eso, Mangouras no quiere tomar una decisión más. Que el barco no se mueva hasta que lleguen los holandeses. "El helicóptero está de camino", le dice a Serafín Díaz, proponiéndole un aplazamiento de la puesta en marcha. Pero pasan las horas y el helicóptero no llega.

Una vez en tierra, Serafín Díaz acude al gabinete de crisis montado en la Delegación del Gobierno e informa al capitán marítimo, Ángel del Real, y al delegado del Gobierno, Arsenio Fernández de Mesa, de lo que ha visto en el barco: "Sale muy poquito combustible, un reguerito de fuel que se apaga y vuelve a salir en forma de bola, un manchón... En el puente de control los sistemas de comunicación y navegación siguen funcionando. Y no, no creo que sea una grieta lo que tiene el buque, creo más bien que la causa del accidente es que una plancha se ha podido desprender por el propio comportamiento del barco durante la navegación y, claro, por el fuerte mar". También habla a sus superiores del comportamiento de Apostolos Mangouras:

- Es uno de estos griegos que se saben todos los trucos de la mar.

Llueve sobre mojado. Decididamente, las autoridades no se fían del capitán del Prestige. Depositan en él toda la responsabilidad de la mala noche pasada. No se creen que hayan sido las olas y el temporal las únicas causas que impiden el amarre del buque al remolcador Ría de Vigo. Deciden pasar a la acción.

22.30 del jueves. Restaurante siciliano en el centro de Madrid. El director general de la Guardia Civil, Santiago López Valdivielso, se dispone a cenar cuando uno de los escoltas se acerca con un teléfono. Le informan de la actitud del capitán y le piden autorización para que varios miembros de la UEI (la Unidad Especial de Intervención, un grupo de élite sólo destinado a intevenciones de alto riesgo) viaje a A Coruña ante la posibilidad de tener que asaltar el buque.

Finalmente no es necesario. O quizás nunca lo fue. A las tres de la madrugada se recibe una comunicación en el gabinete de crisis. El helicóptero Helimer se encuentra sobre la vertical del Prestige, realizando labores de desembarco de los nueve técnicos holandeses. Uno de ellos es Wytse Huismans, un capitán de navío que toma en la práctica las riendas del petrolero, aunque el veterano Mangouras sigue figurando como responsable. A las cuatro de la madrugada, el remolcador Ría de Vigo recibe una extraña comunicación procedente del Prestige: "Cambie a rumbo 160. Tenemos problemas a bordo".

Con información de Xosé Hermida, Gabriela Cañas, Primitivo Carvajo y Jorge A. Rodríguez.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de diciembre de 2002