Columna
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La caza

El secretario general del PP gallego dice que Fraga fue a la cacería, pero que no cazó, del mismo modo que Clinton se fumó un porro sin tragarse el humo. Ya sabemos qué hizo Clinton con el humo que no se tragó mientras sus amigos flotaban en los ensueños de hachís: llegar a presidente de Estados Unidos y dar el espectáculo consecuente. Ahora nos gustaría saber qué va a hacer Fraga con los cartuchos que no usó, pues cuando se reprime el deseo de disparar se almacena dentro una energía que puede salir por cualquier sitio. Los monjes orientales copulan sin eyacular, para no contaminar el ambiente, pero transforman el semen en combustible teológico, no me pregunten cómo. Por cierto, que una marca de preservativos acaba de publicar una encuesta según la cual practicamos poco el sexo por amor. ¿Poco en relación a quién? No tenemos ni idea, porque la hemos leído por encima, sin tragarnos el humo. En cambio, parece que Fraga se fue a joder a las perdices por despecho, tras discutir con Rajoy, y el despecho, mientras no se demuestre lo contrario, es una forma de amor.

El enigma es por qué una vez en su puesto las vio pasar sin acabar con ellas, pese a lo que le excita la pólvora. La existencia de Fraga es como una de esas películas de terror en las que la falta de talento para provocar un miedo metafísico ha sido sustituida por la abundancia de vísceras. Pero si alguien lograra contar lo que pasó por la cabeza de este hombre durante todas esas horas en las que no disparó, o en las que disparó hacia adentro, como un monje budista, estaríamos ante un documento literario e histórico de primer orden. A Fraga no le cabe en la cabeza todo el Estado, como incomprensiblemente dijo de él Felipe González, pero ha demostrado que puede admitir 60.000 toneladas de fuel sin inmutarse.

Tal vez, mientras las aves pasaban por delante de su mirada perdida, se dedicaba a esto: a reordenar dentro de sí la carga de materia negra y viscosa que la vida le devolvía en sus últimos días de gobierno como símbolo de lo que él le había dado a la vida. Aunque dejémonos de profundidades que no le van: lo más probable es que sea todo mentira y se pasara el día matando alegremente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 28 de noviembre de 2002.

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