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LECTURA

Los hombres del triángulo rosa

'Los hombres del triángulo rosa. Memorias de un homosexual en los campos de concentración nazis'. Editorial Amaranto. Heinz Heger, seudónimo del escritor austriaco Hans Neumann (1914-1979), conoció en los años sesenta a Joseph K., un superviviente de la represión nazi con los homosexuales. Le animó a que le contara sus experiencias y así se publicó este libro en alemán en 1972, que ahora ve la luz en la edición española. El protagonista, que falleció en 1994, no quiso dar su nombre 'por respeto a su propia familia'.

Durante el camino, los guardias de las SS que nos custodiaban nos dijeron que se nos trasladaba al campo de concentración de Flossenbürg. En Sachsenhausen ya había oído hablar de ese lugar a algunos prisioneros. Contaban que en ese campo las condiciones de vida eran tan malas como en el nuestro, por lo que no debíamos abrigar esperanzas de tiempos mejores. En este aspecto, todos los campos de concentración eran igual de brutales.

El campo de Flossenbürg estaba en Steinpfalz, en el norte de Baviera, cerca de la frontera checa, a unos setecientos metros sobre el nivel del mar. La ciudad más cercana era Weiden. Había sido construido sobre una suave ladera, no muy alejado del pueblo de Flossenbürg. A pesar de la hermosura del paisaje, con un antiguo castillo en ruinas del siglo XIV que se erguía pintoresco en el horizonte, Flossenbürg no deja de ser un sitio de infausta memoria para decenas de miles de personas: el dolor y tormento que en él sufrieron lo maldecirán para siempre.

'Los hombres del triángulo rosa. Memorias de un homosexual en los campos de concentración nazis'.

Heinz Heger Editorial Amaranto.

Himmler pensaba que los hombres del triángulo rosa nos curaríamos de nuestra tendencia homosexual mediante visitas regulares y obligatorias al burdel

Flossenbürg no deja de ser un sitio de infausta memoria para decenas de miles de personas: el dolor y tormento que en él sufrieron lo maldecirán siempre

Los ojos del sargento de las SS me miraron durante un buen rato, y noté que una sonrisa de satisfacción surgía de su rostro

Cuando nuestro convoy, formado por tres camiones, llegó a Flossenbürg y nos descargaron en la explanada, nos sorprendió ver que no estábamos ante el mismo circo que se acostumbraba a montar en Sachsenhausen para los recién llegados; esto es, gritos, insultos y golpes. Nuestra llegada al campo nos pareció, por lo menos, más civilizada, y no la percibimos como una experiencia desagradable.

De los más de cien presos de Sachsenhausen transferidos a Flossenbürg, sólo cinco llevábamos el triángulo rosa: un cantante checo, de Praga, de 35 años; un funcionario austriaco de Graz, de 42 años; un joven de 24 años de Salzburgo, de quien se decía que había sido oficial de las juventudes hitlerianas; otro vienés y yo, ambos de 22 años. Al igual que en Sachsenhausen, nos destinaron al bloque de los maricas, que en Flossenbürg solamente ocupaba el ala A, esto es, solamente había un dormitorio para homosexuales.

En esa época, el ala albergaba ya a más de doscientos prisioneros y, como en Sachsenhausen, era obligatorio que la luz estuviera encendida durante toda la noche, si bien no en todo el bloque, sólo en el ala de los maricas. También allí había que dejar las manos sobre la manta mientras dormíamos. Al parecer, esta regla estaba vigente en todos los campos de concentración que tuvieran barracas para homosexuales. La regla no dejó de aplicarse hasta un año más tarde, cuando disolvieron el ala y nos separaron en grupos más pequeños, que distribuyeron entre los demás bloques.

Un guardia nos condujo a nuestra barraca y, una vez allí, nos entregó al jefe de bloque de las SS. Éste hizo que permaneciéramos de pie durante un buen rato, mientras un grupo de ocho o diez capos se juntaba a nuestro alrededor y nos examinaba con detenimiento. Yo ya no era tan ingenuo como para no saber el motivo por el cual un grupo de notables -que incluía a los capos- nos observaba de esta manera: buscaban nuevos amantes entre los recién llegados. Como yo no tenía aún mucha barba, aunque estuviera cerca de cumplir los 23, y aparentara ser más joven de lo que en realidad era, y como me había repuesto un poco gracias a las raciones adicionales que me conseguía mi capo de Sachsenhausen, estaba en el punto de mira de los capos, que revoloteaban a nuestro alrededor. Me di cuenta de su especial interés en mí por los abiertos comentarios que hacían. Parecía que los cinco recién llegados hubiéramos aterrizado en el mercado de esclavos de la antigua Roma.

Fin de la inspección

De pronto, el sargento de las SS y el decano del bloque salieron del dormitorio y pusieron fin a la inspección de los capos. El sargento de las SS nos leyó las normas especiales que regían para el bloque de homosexuales, y, mientras lo hacía, el decano de bloque permaneció en pie detrás de él, mirándonos bien y con la misma idea en la cabeza que la que antes habían tenido los capos. Sus ojos me miraron fijamente durante un buen rato, y noté que una sonrisa de satisfacción surgía en su rostro. Cuando el sargento se marchó, el decano del bloque, que tenía que asignarnos las camas, inmediatamente se me acercó y me dijo:

-¡Eh, tú!, muchacho, ¿quieres venir conmigo?

-Sí, claro -respondí de inmediato, sabiendo muy bien a qué se refería. Mi pronta aceptación le impresionó un poco.

-Eres un chico listo, y eso me gusta -me dijo, dándome unas palmadas en el hombro.

Como Sachsenhausen, el campo de Flossenbürg estaba dirigido por los verdes. En otras palabras, la gran mayoría de los decanos y capos provenía de las filas de los criminales comunes, y, como es natural, también el decano del campo y el obercapo.

Mi nuevo amante resultó ser un delincuente profesional de Hamburgo, muy estimado en su medio como forzador de cajas fuertes. Los prisioneros le temían por su brutalidad, e incluso sus colegas capos le tenían miedo, pero conmigo fue bondadoso y considerado. Medio año más tarde fue nombrado decano del campo, puesto en el que permaneció hasta que los estadounidenses liberaron el campo de concentración. Incluso tiempo después, cuando yo ya no era su amante, pues se había escogido un joven polaco, siguió protegiéndome. Me salvó la vida en más de diez ocasiones, y aún hoy, más de veinticinco años después, todavía le estoy muy agradecido. Ahora vive de nuevo en Hamburgo, aunque no he tenido contacto con él desde el mes de abril de 1945.

Mis nuevos compañeros de prisión me contaron que el sargento de las SS de nuestro bloque era muy perspicaz, que estaba siempre preparado para imponer castigos, que no sonreía nunca ni mostraba sentimiento alguno, pero que tampoco le ponía nunca la mano encima a ningún prisionero. Después de que los cinco recién llegados hicimos nuestras camas en el modo prescrito y colocamos nuestras escasas pertenencias en el casillero asignado tuvimos que formar de nuevo para que nos tomaran los datos personales. El jefe de bloque de las SS pasó revista a la fila de los cinco acompañado por un prisionero que hacía de secretario, y nos hizo más preguntas de lo que uno se pudiera imaginar.

Cuando llegó mi turno me miró a los ojos, y fue como si una chispa de entendimiento hubiera saltado de su mirada a la mía. No consigo encontrar las palabras adecuadas para describirlo, pero sentí una especie de descarga eléctrica en los pocos segundos que duró el intercambio de miradas. Nunca me dirigió demasiadas palabras mientras estuve en su bloque, pero a menudo pude notar que se me quedaba mirando.

En una ocasión, un sargento de las SS me golpeó por no haberme quitado a tiempo el gorro en su presencia. Él salió corriendo de su despacho y le gritó:

-¡Deja en paz a ese hombre!

El sargento me soltó de inmediato y se largó con viento fresco mascullando: 'Ya veremos, ya veremos'. El jefe de bloque se quedó mirándome fijamente con expresión grave y después volvió a su despacho. Varias veces le sorprendí mirando hacia donde yo estaba, mientras él se sentía inobservado. Nunca hablé de esto con los demás prisioneros, ni siquiera con mi amigo, el decano del bloque, pero tenía la sensación instintiva de que yo no le resultaba indiferente, de que era uno de los nuestros, con la misma tendencia sexual de los prisioneros que llevábamos el triángulo rosa.

Él ocultaba sus sentimientos rechazando todo contacto personal con los prisioneros y manteniendo un comportamiento rígido e intransigente. Por la más mínima contravención de las normas del campo, y eso quería decir algo tan nimio como un golpe de tos en un momento inoportuno o la falta de un botón, ordenaba que se dieran al prisionero de cinco a diez bastonazos en el potro, la pena habitual. Pero nunca se quedaba a ver en persona el castigo, y en una ocasión en la que se vio obligado a estar presente giró la cara hacia atrás para no mirar. A mediados de 1941 se presentó como voluntario para ir al frente ruso y desapareció de nuestras vidas para siempre. (...)

Por orden expresa del reichquique [Himmler], en el verano de 1943 se instaló en el campo de Flossenbürg un burdel al que se llamaba eufemísticamente bloque especial. Se dividió el espacio central de lo que hasta entonces había sido la sala de proyección cinematográfica en varios apartamentos, en los que vivirían y trabajarían las prostitutas. El bloque especial dependería de la enfermería, para poder controlar así la salud de las damiselas y los clientes. Como es natural, el acontecimiento fue objeto de amplia discusión entre los prisioneros, a quienes se nos había notificado su apertura con varias semanas de antelación. Los verdes y los gitanos saludaron con gran entusiasmo la instauración del burdel, mientras que los presos políticos estaban en contra y opinaban que se trataba de una maniobra de distracción de los nazis para enmascarar lo mal que iba la guerra. Los testigos de Jehová declararon que no visitarían el burdel, por motivos de conciencia.

Entre otras ideas, Himmler pensaba que los hombres del triángulo rosa nos curaríamos de nuestra tendencia homosexual mediante visitas regulares y obligatorias al burdel. Debíamos presentarnos en el nuevo bloque una vez por semana para aprender a disfrutar de las delicias del sexo opuesto. La orden misma era un ejemplo de lo poco que sabían los líderes de las SS y sus asesores científicos acerca de la homosexualidad, y de la estrechez de miras que demostraban al tildar de mera perversión enfermiza una orientación sexual y prescribir las visitas obligatorias al burdel como remedio y cura para la misma. Una torpeza mental que se puede observar igualmente hoy día, tras veinticinco años de supuesto progreso científico, en casi todas las instancias oficiales.

Un camión con damiselas

Un día el camión que transportaba a las damiselas apareció por el portón del campo y vació su cargamento en el bloque especial, en donde ya esperaban impacientes muchos hombres. Diez muchachas jóvenes descendieron y fueron conducidas a sus aposentos. Venían del campo de mujeres de Ravensbrück y casi todas eran judías o gitanas. Las SS las habían traído a Flossenbürg con la falsa promesa de que, tras seis meses de servicio a los clientes, serían liberadas del campo de concentración si durante ese tiempo se prestaban voluntariamente a ser chicas de burdel. Las torturas y vejaciones en los campos de mujeres no debían de ser menos terribles que en Flossenbürg, pues de otra manera sería incomprensible que estas prisioneras se hubieran ofrecido como voluntarias para trabajar en el lupanar. La promesa de liberarlas debió de seducirlas tanto como la perspectiva de que se acabarían las torturas y brutalidades, y que no tendrían que soportar más la penuria del hambre.

Creyendo en las promesas de sus carceleros, se ofrecieron como víctimas en vano y sacrificaron durante seis meses su dignidad humana. Sí fue cierto que sólo tuvieron que cumplir seis meses de servicio en el burdel, y que, transcurridos éstos, fueron reemplazadas por un cargamento de nuevas voluntarias de Ravensbrück. Pero no alcanzaron la libertad: en su lugar fueron enviadas al campo de exterminio de Auschwitz, totalmente exhaustas tras haber cumplido con los casi dos mil actos sexuales que estuvieron obligadas a realizar.

El mismo día de la inauguración del burdel, más de cien prisioneros desfilaron por el bloque especial desde las cinco de la tarde hasta las nueve de la noche, horario en el que permanecía abierto para los prisioneros. Ese número de visitantes no decreció prácticamente ningún día. No es que todos estos prisioneros, que bromeaban y reían mientras hacían cola fuera del burdel, rebosaran precisamente de salud -los que estaban pletóricos eran casi siempre capos o capataces-: el grupo incluía también a un buen número de lastimosas figuras, despojos humanos hambrientos y escuchimizados que flotaban entre la vida y la muerte, y que parecían estar al borde del colapso. Aun así querían su rato de placer con las mujeres, clara muestra de que la sexualidad es la más fuerte de las pulsiones humanas.

El comandante Rascapolvo hizo taladrar agujeros en las diez puertas de las llamadas habitaciones del placer, orificios que él y sus subordinados utilizaban para regodearse observando de cerca la vida sexual de sus prisioneros; así, al día siguiente podían contar a otros presos las posturas que utilizaba cada uno de ellos. Con frecuencia yo me preguntaba si esta muestra furtiva de sexualidad inhibida, que a buen seguro iba acompañada de un complejo de inferioridad, no era más degenerada de lo que supuestamente era mi homosexualidad.

También yo tuve que visitar el burdel en tres ocasiones, siguiendo órdenes precisas del comandante Rascapolvo, visitas que además de resultarme penosas me supusieron un auténtico tormento. No comprendo qué alivio ni qué placer esperaban que pudiera experimentar al ver a la pobre y esmirriada muchacha alzar las piernas tumbada sobre la cama y decir: 'Vamos, apúrate'. Ella, tanto como yo, quería que terminara lo antes posible una situación que a ambos nos resultaba dolorosa, además a sabiendas de que algún guardia estaría observándonos por el agujero de la puerta. La verdad es que no se podía esperar ninguna curación mediante esta forma de disfrutar del sexo opuesto. Por el contrario, quedé tan intimidado por esas visitas que nunca más volví a intentar hacer el amor con una mujer, con lo que mis preferencias sexuales se vieron incluso reforzadas.

Por fortuna, el burdel tenía tanta concurrencia que no se me volvió a ordenar que acudiera a él otra vez, aunque, para guardar las apariencias, cada semana me inscribía en la lista, pagaba los dos marcos de rigor y mandaba a otro prisionero a que diera rienda suelta a sus apetitos en mi lugar.

Los notables del campo asistían al burdel con frecuencia y regularidad, y a menudo llevaban regalos a las muchachas, regalos que podían ir desde una salchicha a unas braguitas de seda de encaje. Como es comprensible, los notables se encontraban a sus anchas con las prostitutas. Muchos de ellos iban siempre con la misma muchacha y empezaban a hablar de relaciones estables, lo cual era muy optimista, pues a veces más de diez o quince prisioneros consideraban a una sola muchacha como su novia futura y le llevaban regalos. Fue casi un milagro que no hubiera asesinatos entre los presos.

Peluches

A pesar de que visitaban regularmente el burdel, los decanos de bloque y los capos conservaban a sus peluches, de los que evidentemente no querían separarse. No los culpaba, pues aunque nunca tuve una relación íntima con ninguno de ellos, los muchachos rusos y polacos me parecían más limpios y sobre todo más humanos que las pobres chicas del burdel, de cuerpos ajados e hinchados. Pero claro, eso es sólo un punto de vista.

Hacia finales de 1943, Himmler dictó una nueva orden de expurgación de los degenerados sexuales; esto es, de los homosexuales. La orden indicaba que todo homosexual que aceptara ser castrado y que hubiera tenido una buena conducta sería liberado en poco tiempo. Algunos prisioneros de triángulo rosa creyeron en las promesas de Himmler y consintieron en dejarse castrar como forma de escapar al mortal abrazo que suponía el campo de concentración. Pero, a pesar de observar una buena conducta -la evaluación de la misma quedaba a merced del humor que tuvieran el decano de bloque y el jefe de bloque de las SS-, sólo se les liberó del campo de concentración para enviarlos a la división de castigo Dirlewanger en el frente ruso, para ser masacrados en la guerra contra los partisanos y morir como héroes en nombre de Hitler y Himmler.

Durante el camino, los guardias de las SS que nos custodiaban nos dijeron que se nos trasladaba al campo de concentración de Flossenbürg. En Sachsenhausen ya había oído hablar de ese lugar a algunos prisioneros. Contaban que en ese campo las condiciones de vida eran tan malas como en el nuestro, por lo que no debíamos abrigar esperanzas de tiempos mejores. En este aspecto, todos los campos de concentración eran igual de brutales.

El campo de Flossenbürg estaba en Steinpfalz, en el norte de Baviera, cerca de la frontera checa, a unos setecientos metros sobre el nivel del mar. La ciudad más cercana era Weiden. Había sido construido sobre una suave ladera, no muy alejado del pueblo de Flossenbürg. A pesar de la hermosura del paisaje, con un antiguo castillo en ruinas del siglo XIV que se erguía pintoresco en el horizonte, Flossenbürg no deja de ser un sitio de infausta memoria para decenas de miles de personas: el dolor y tormento que en él sufrieron lo maldecirán para siempre.

Cuando nuestro convoy, formado por tres camiones, llegó a Flossenbürg y nos descargaron en la explanada, nos sorprendió ver que no estábamos ante el mismo circo que se acostumbraba a montar en Sachsenhausen para los recién llegados; esto es, gritos, insultos y golpes. Nuestra llegada al campo nos pareció, por lo menos, más civilizada, y no la percibimos como una experiencia desagradable.

De los más de cien presos de Sachsenhausen transferidos a Flossenbürg, sólo cinco llevábamos el triángulo rosa: un cantante checo, de Praga, de 35 años; un funcionario austriaco de Graz, de 42 años; un joven de 24 años de Salzburgo, de quien se decía que había sido oficial de las juventudes hitlerianas; otro vienés y yo, ambos de 22 años. Al igual que en Sachsenhausen, nos destinaron al bloque de los maricas, que en Flossenbürg solamente ocupaba el ala A, esto es, solamente había un dormitorio para homosexuales.

En esa época, el ala albergaba ya a más de doscientos prisioneros y, como en Sachsenhausen, era obligatorio que la luz estuviera encendida durante toda la noche, si bien no en todo el bloque, sólo en el ala de los maricas. También allí había que dejar las manos sobre la manta mientras dormíamos. Al parecer, esta regla estaba vigente en todos los campos de concentración que tuvieran barracas para homosexuales. La regla no dejó de aplicarse hasta un año más tarde, cuando disolvieron el ala y nos separaron en grupos más pequeños, que distribuyeron entre los demás bloques.

Un guardia nos condujo a nuestra barraca y, una vez allí, nos entregó al jefe de bloque de las SS. Éste hizo que permaneciéramos de pie durante un buen rato, mientras un grupo de ocho o diez capos se juntaba a nuestro alrededor y nos examinaba con detenimiento. Yo ya no era tan ingenuo como para no saber el motivo por el cual un grupo de notables -que incluía a los capos- nos observaba de esta manera: buscaban nuevos amantes entre los recién llegados. Como yo no tenía aún mucha barba, aunque estuviera cerca de cumplir los 23, y aparentara ser más joven de lo que en realidad era, y como me había repuesto un poco gracias a las raciones adicionales que me conseguía mi capo de Sachsenhausen, estaba en el punto de mira de los capos, que revoloteaban a nuestro alrededor. Me di cuenta de su especial interés en mí por los abiertos comentarios que hacían. Parecía que los cinco recién llegados hubiéramos aterrizado en el mercado de esclavos de la antigua Roma.

Fin de la inspección

De pronto, el sargento de las SS y el decano del bloque salieron del dormitorio y pusieron fin a la inspección de los capos. El sargento de las SS nos leyó las normas especiales que regían para el bloque de homosexuales, y, mientras lo hacía, el decano de bloque permaneció en pie detrás de él, mirándonos bien y con la misma idea en la cabeza que la que antes habían tenido los capos. Sus ojos me miraron fijamente durante un buen rato, y noté que una sonrisa de satisfacción surgía en su rostro. Cuando el sargento se marchó, el decano del bloque, que tenía que asignarnos las camas, inmediatamente se me acercó y me dijo:

-¡Eh, tú!, muchacho, ¿quieres venir conmigo?

-Sí, claro -respondí de inmediato, sabiendo muy bien a qué se refería. Mi pronta aceptación le impresionó un poco.

-Eres un chico listo, y eso me gusta -me dijo, dándome unas palmadas en el hombro.

Como Sachsenhausen, el campo de Flossenbürg estaba dirigido por los verdes. En otras palabras, la gran mayoría de los decanos y capos provenía de las filas de los criminales comunes, y, como es natural, también el decano del campo y el obercapo.

Mi nuevo amante resultó ser un delincuente profesional de Hamburgo, muy estimado en su medio como forzador de cajas fuertes. Los prisioneros le temían por su brutalidad, e incluso sus colegas capos le tenían miedo, pero conmigo fue bondadoso y considerado. Medio año más tarde fue nombrado decano del campo, puesto en el que permaneció hasta que los estadounidenses liberaron el campo de concentración. Incluso tiempo después, cuando yo ya no era su amante, pues se había escogido un joven polaco, siguió protegiéndome. Me salvó la vida en más de diez ocasiones, y aún hoy, más de veinticinco años después, todavía le estoy muy agradecido. Ahora vive de nuevo en Hamburgo, aunque no he tenido contacto con él desde el mes de abril de 1945.

Mis nuevos compañeros de prisión me contaron que el sargento de las SS de nuestro bloque era muy perspicaz, que estaba siempre preparado para imponer castigos, que no sonreía nunca ni mostraba sentimiento alguno, pero que tampoco le ponía nunca la mano encima a ningún prisionero. Después de que los cinco recién llegados hicimos nuestras camas en el modo prescrito y colocamos nuestras escasas pertenencias en el casillero asignado tuvimos que formar de nuevo para que nos tomaran los datos personales. El jefe de bloque de las SS pasó revista a la fila de los cinco acompañado por un prisionero que hacía de secretario, y nos hizo más preguntas de lo que uno se pudiera imaginar.

Cuando llegó mi turno me miró a los ojos, y fue como si una chispa de entendimiento hubiera saltado de su mirada a la mía. No consigo encontrar las palabras adecuadas para describirlo, pero sentí una especie de descarga eléctrica en los pocos segundos que duró el intercambio de miradas. Nunca me dirigió demasiadas palabras mientras estuve en su bloque, pero a menudo pude notar que se me quedaba mirando.

En una ocasión, un sargento de las SS me golpeó por no haberme quitado a tiempo el gorro en su presencia. Él salió corriendo de su despacho y le gritó:

-¡Deja en paz a ese hombre!

El sargento me soltó de inmediato y se largó con viento fresco mascullando: 'Ya veremos, ya veremos'. El jefe de bloque se quedó mirándome fijamente con expresión grave y después volvió a su despacho. Varias veces le sorprendí mirando hacia donde yo estaba, mientras él se sentía inobservado. Nunca hablé de esto con los demás prisioneros, ni siquiera con mi amigo, el decano del bloque, pero tenía la sensación instintiva de que yo no le resultaba indiferente, de que era uno de los nuestros, con la misma tendencia sexual de los prisioneros que llevábamos el triángulo rosa.

Él ocultaba sus sentimientos rechazando todo contacto personal con los prisioneros y manteniendo un comportamiento rígido e intransigente. Por la más mínima contravención de las normas del campo, y eso quería decir algo tan nimio como un golpe de tos en un momento inoportuno o la falta de un botón, ordenaba que se dieran al prisionero de cinco a diez bastonazos en el potro, la pena habitual. Pero nunca se quedaba a ver en persona el castigo, y en una ocasión en la que se vio obligado a estar presente giró la cara hacia atrás para no mirar. A mediados de 1941 se presentó como voluntario para ir al frente ruso y desapareció de nuestras vidas para siempre. (...)

Por orden expresa del reichquique [Himmler], en el verano de 1943 se instaló en el campo de Flossenbürg un burdel al que se llamaba eufemísticamente bloque especial. Se dividió el espacio central de lo que hasta entonces había sido la sala de proyección cinematográfica en varios apartamentos, en los que vivirían y trabajarían las prostitutas. El bloque especial dependería de la enfermería, para poder controlar así la salud de las damiselas y los clientes. Como es natural, el acontecimiento fue objeto de amplia discusión entre los prisioneros, a quienes se nos había notificado su apertura con varias semanas de antelación. Los verdes y los gitanos saludaron con gran entusiasmo la instauración del burdel, mientras que los presos políticos estaban en contra y opinaban que se trataba de una maniobra de distracción de los nazis para enmascarar lo mal que iba la guerra. Los testigos de Jehová declararon que no visitarían el burdel, por motivos de conciencia.

Entre otras ideas, Himmler pensaba que los hombres del triángulo rosa nos curaríamos de nuestra tendencia homosexual mediante visitas regulares y obligatorias al burdel. Debíamos presentarnos en el nuevo bloque una vez por semana para aprender a disfrutar de las delicias del sexo opuesto. La orden misma era un ejemplo de lo poco que sabían los líderes de las SS y sus asesores científicos acerca de la homosexualidad, y de la estrechez de miras que demostraban al tildar de mera perversión enfermiza una orientación sexual y prescribir las visitas obligatorias al burdel como remedio y cura para la misma. Una torpeza mental que se puede observar igualmente hoy día, tras veinticinco años de supuesto progreso científico, en casi todas las instancias oficiales.

Un camión con damiselas

Un día el camión que transportaba a las damiselas apareció por el portón del campo y vació su cargamento en el bloque especial, en donde ya esperaban impacientes muchos hombres. Diez muchachas jóvenes descendieron y fueron conducidas a sus aposentos. Venían del campo de mujeres de Ravensbrück y casi todas eran judías o gitanas. Las SS las habían traído a Flossenbürg con la falsa promesa de que, tras seis meses de servicio a los clientes, serían liberadas del campo de concentración si durante ese tiempo se prestaban voluntariamente a ser chicas de burdel. Las torturas y vejaciones en los campos de mujeres no debían de ser menos terribles que en Flossenbürg, pues de otra manera sería incomprensible que estas prisioneras se hubieran ofrecido como voluntarias para trabajar en el lupanar. La promesa de liberarlas debió de seducirlas tanto como la perspectiva de que se acabarían las torturas y brutalidades, y que no tendrían que soportar más la penuria del hambre.

Creyendo en las promesas de sus carceleros, se ofrecieron como víctimas en vano y sacrificaron durante seis meses su dignidad humana. Sí fue cierto que sólo tuvieron que cumplir seis meses de servicio en el burdel, y que, transcurridos éstos, fueron reemplazadas por un cargamento de nuevas voluntarias de Ravensbrück. Pero no alcanzaron la libertad: en su lugar fueron enviadas al campo de exterminio de Auschwitz, totalmente exhaustas tras haber cumplido con los casi dos mil actos sexuales que estuvieron obligadas a realizar.

El mismo día de la inauguración del burdel, más de cien prisioneros desfilaron por el bloque especial desde las cinco de la tarde hasta las nueve de la noche, horario en el que permanecía abierto para los prisioneros. Ese número de visitantes no decreció prácticamente ningún día. No es que todos estos prisioneros, que bromeaban y reían mientras hacían cola fuera del burdel, rebosaran precisamente de salud -los que estaban pletóricos eran casi siempre capos o capataces-: el grupo incluía también a un buen número de lastimosas figuras, despojos humanos hambrientos y escuchimizados que flotaban entre la vida y la muerte, y que parecían estar al borde del colapso. Aun así querían su rato de placer con las mujeres, clara muestra de que la sexualidad es la más fuerte de las pulsiones humanas.

El comandante Rascapolvo hizo taladrar agujeros en las diez puertas de las llamadas habitaciones del placer, orificios que él y sus subordinados utilizaban para regodearse observando de cerca la vida sexual de sus prisioneros; así, al día siguiente podían contar a otros presos las posturas que utilizaba cada uno de ellos. Con frecuencia yo me preguntaba si esta muestra furtiva de sexualidad inhibida, que a buen seguro iba acompañada de un complejo de inferioridad, no era más degenerada de lo que supuestamente era mi homosexualidad.

También yo tuve que visitar el burdel en tres ocasiones, siguiendo órdenes precisas del comandante Rascapolvo, visitas que además de resultarme penosas me supusieron un auténtico tormento. No comprendo qué alivio ni qué placer esperaban que pudiera experimentar al ver a la pobre y esmirriada muchacha alzar las piernas tumbada sobre la cama y decir: 'Vamos, apúrate'. Ella, tanto como yo, quería que terminara lo antes posible una situación que a ambos nos resultaba dolorosa, además a sabiendas de que algún guardia estaría observándonos por el agujero de la puerta. La verdad es que no se podía esperar ninguna curación mediante esta forma de disfrutar del sexo opuesto. Por el contrario, quedé tan intimidado por esas visitas que nunca más volví a intentar hacer el amor con una mujer, con lo que mis preferencias sexuales se vieron incluso reforzadas.

Por fortuna, el burdel tenía tanta concurrencia que no se me volvió a ordenar que acudiera a él otra vez, aunque, para guardar las apariencias, cada semana me inscribía en la lista, pagaba los dos marcos de rigor y mandaba a otro prisionero a que diera rienda suelta a sus apetitos en mi lugar.

Los notables del campo asistían al burdel con frecuencia y regularidad, y a menudo llevaban regalos a las muchachas, regalos que podían ir desde una salchicha a unas braguitas de seda de encaje. Como es comprensible, los notables se encontraban a sus anchas con las prostitutas. Muchos de ellos iban siempre con la misma muchacha y empezaban a hablar de relaciones estables, lo cual era muy optimista, pues a veces más de diez o quince prisioneros consideraban a una sola muchacha como su novia futura y le llevaban regalos. Fue casi un milagro que no hubiera asesinatos entre los presos.

Peluches

A pesar de que visitaban regularmente el burdel, los decanos de bloque y los capos conservaban a sus peluches, de los que evidentemente no querían separarse. No los culpaba, pues aunque nunca tuve una relación íntima con ninguno de ellos, los muchachos rusos y polacos me parecían más limpios y sobre todo más humanos que las pobres chicas del burdel, de cuerpos ajados e hinchados. Pero claro, eso es sólo un punto de vista.

Hacia finales de 1943, Himmler dictó una nueva orden de expurgación de los degenerados sexuales; esto es, de los homosexuales. La orden indicaba que todo homosexual que aceptara ser castrado y que hubiera tenido una buena conducta sería liberado en poco tiempo. Algunos prisioneros de triángulo rosa creyeron en las promesas de Himmler y consintieron en dejarse castrar como forma de escapar al mortal abrazo que suponía el campo de concentración. Pero, a pesar de observar una buena conducta -la evaluación de la misma quedaba a merced del humor que tuvieran el decano de bloque y el jefe de bloque de las SS-, sólo se les liberó del campo de concentración para enviarlos a la división de castigo Dirlewanger en el frente ruso, para ser masacrados en la guerra contra los partisanos y morir como héroes en nombre de Hitler y Himmler.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de octubre de 2002

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