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Investigadores noruegos y norteamericanos detectan una vía para combatir la intolerancia al gluten de los celiacos

Científicos de las universidades de Oslo (Noruega) y Stanford (EE UU) han dado un paso más para combatir la enfermedad celíaca. Desde 1999 se sabe que el origen de esta enfermedad está en la intolerancia a las gliandinas, una proteína que se encuentran en gluten del trigo, la cebada y el centeno. Los investigadores han encontrado que dentro de las gliadinas hay una una porción -un péptido- de 33 aminoácidos que es el auténtico responsable de la enfermedad, según publican hoy en Science.

Los investigadores han descubierto que el núcleo de las gliadinas (el péptido de 33 aminoácidos) no se destruye por el ataque de los ácidos y las enzimas digestivas. Por eso llega intacto hasta el intestino delgado. Una vez ahí, el enfermo sufre una reacción autoinmune que inflama y destruyen las vellosidades intestinales, con lo que se impide la absorción de alimentos. Los científicos también han podido demostrar que si se destruye la cadena de 33 aminoácidos antes de ponerlos en contacto con las paredes intestinales, la reacción de rechazo casi desaparece. Y ahí es donde está la posibilidad de tratamiento: existe una enzima (la prolinproteasa) que puede romper el péptido en trozos muy pequeños aprovechando la abundancia de un aminoácido, la prolina, en su estructura. Ahora hay que estudiar si esta enzima se puede suministrar como un suplemento dietético. Pero existe otra pega: los estudios sólo se han podido hacer hasta ahora en cultivos de laboratorio, porque los animales no padecen la enfermedad celíaca.

Los avances en la investigación han sido muy bien recibidos por la Federación de Asociaciones de Celíacos de España (FACE). Según datos de FACE, la enfermedad afecta a uno de cada 200 nacidos vivos. En los casos más graves (de los 200.000 afectados, apenas hay unos 18.000 diagnosticados, según el responsable del servicio de dietética de la federación, Juan Rodríguez), el celiaquismo produce desnutrición, abortos espontáneos, fatiga, diarrea y anemia, entre otros síntomas. Además, la enfermedad no tiene tratamiento, y la única opción de los enfermos es seguir una estricta -y cara- dieta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 27 de septiembre de 2002