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La relación de Alemania y EE UU queda tocada tras una campaña marcada por Irak

Las palabras de una ministra contra Bush desencadenan una gran polémica en la recta final

El canciller Gerhard Schröder niega toda cooperación a Washington en una futura intervención militar en Irak. Su rival conservador en las elecciones de mañana, Edmund Stoiber, niega al Ejército norteamericano el uso de las bases aéreas en Alemania en caso de una victoria. La ministra socialdemócrata de Justicia, Hertha Däubler-Gmelin, manifiesta en una conversación -ella lo niega, testigos lo confirman- que George W. Bush utiliza la guerra para desviar la atención de sus problemas internos, 'como Hitler'.

Comenta además que Bush estaría hoy en la cárcel si en su época de directivo de compañías petroleras hubieran estado vigentes leyes como las ahora aplicadas contra el tráfico de influencias. Y desprecia ante sindicalistas en Tubinga "el infecto sistema jurídico norteamericano". Esta mera enumeración de hechos de las pasadas seis semanas no alcanza a reflejar con fidelidad el vertiginoso deterioro de las relaciones entre Washington y Berlín que se ha manifestado en la campaña electoral que hoy concluye, pero que tiene raíces más profundas y probablemente duraderas, cuando no permanentes.

Estilo y contenidos políticos de la Administración Bush han deteriorado en dos años de forma constante y muy considerable la relación entre EE UU y Europa. El unilateralismo de la Administración norteamericana ha sido percibido como cercano a la vejación por muchas capitales europeas y, sobre todo, por las poblaciones. Pero en Alemania es algo más que orgullo herido o malestar lo que tantos perciben como falta de respeto del presidente tejano a las sensibilidades allende el Atlántico. Las relaciones entre EE UU y Alemania, eje fundamental de Occidente durante la guerra fría, parecen estos días, si no al borde de un desplome que nadie puede permitirse, en todo caso en su peor momento desde que se creó la República federal en 1949.

En la prensa norteamericana se pide poco menos que la devolución de los fondos del Plan Marshall y la ruptura de contactos con el aliado traidor y desagradecido al que se liberó de Hitler y de sí mismo y además se ayudó a reconstruir el país después de la guerra. Ayer se habían congregado en Berlín decenas de periodistas norteamericanos entre los varios cientos que interrogaron a la ministra de Justicia sobre sus comentarios denigrando a Bush. Pero lo cierto es que, dijera o no la ministra Däubler-Gmelin lo que se le atribuye, lo dicho o no dicho refleja lo que muchos alemanes piensan y precisamente por eso el canciller Schröder y su rival Stoiber se disputan, con populismo el uno y jesuitismo el otro, los votos de izquierdas y derechas de una población que considera acabada la época de constricción. Las nuevas generaciones alemanas que no vivieron la guerra se consideran emancipadas, no recuerdan los Rosinenbomber (bombarderos de uvas pasas) del bloqueo a Berlín y no creen que el agradecimiento por la defensa norteamericana de la capital y la propia libertad de los alemanes occidentales ante la amenaza soviética y la famosa frase de John F. Kennedy, "Yo soy berlinés", conlleve una obligación de lealtad ilimitada, 40 años después, a un presidente norteamericano que muestra poco o ningún interés por lo que los alemanes piensan.

La situación, coinciden políticos y analistas en Berlín cuando faltan 36 horas para la apertura de los colegios electorales, es muy seria y tendrá repercusiones duraderas, gane quien gane el domingo. Porque los conservadores se han visto obligados por el discurso de Schröder en contra de toda cooperación militar con Washington en una guerra en Irak a adoptarlo en gran medida. El que gane tendrá, sin duda, que modificar su postura para limitar daños en unas relaciones económicas y políticas de capital importancia. Sólo hay que recordar que un boicoteo norteamericano a las editoriales norteamericanas propiedad de Bertelsmann o Von Holzbrink aumentaría drásticamente en varias ciudades alemanas el paro, principal problema de una economía que sufre tanto en acomodarse a los nuevos tiempos como su política. La Alemania de posguerra acabó con la caída de Helmut Kohl. Desde entonces, Berlín acudió a Kosovo y Afganistán de la mano de Washington, pero también ha atacado la pena de muerte en EE UU como ningún aliado. Y en campaña electoral tan decisiva como la habida, la clase política alemana ha mirado a sus electores, y guste o no, irresponsablemente quizás, ha dicho lo que su población, cada vez más ajena a la tragedia del siglo XX, quería oír. La ministra de Justicia dijo ayer lamentar que algún comentario suyo pudiera deteriorar las relaciones con Washington. Están deterioradas. No así, en absoluto, la comprensión de los electores. Deslices verbales aparte, Alemania vuelve a hacer política nacional.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de septiembre de 2002