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CRÓNICA

El triunfo de la clase

Zidane y un gran Cambiasso dirigen la victoria del Real Madrid ante el desinflado Espanyol

La clase es en el fútbol un misterio que se resuelve con paredes, regates y todo aquello relacionado con los recursos técnicos. La clase abunda en el Madrid, y no en el Espanyol, que comprendió la diferencia en un partido que comenzó sin ningún atractivo, y terminó por ofrecer momentos espectaculares. Algunas de las estrellas del Madrid ofrecieron un gran repertorio, con Zidane a la cabeza, cada vez más cómodo en un equipo que le permite jugar con una naturalidad deliciosa. Por si acaso, se ha encontrado con el socio perfecto. Es Cambiasso, el zurdo argentino que conquistó al Bernabéu con una espléndida actuación que le dar carta de titular indiscutible.

REAL MADRID 2| ESPANYOL 0

Real Madrid: Casillas; Salgado, Hierro, Helguera, Roberto Carlos; Makelele, Cambiasso (Solari, m. 90); Figo (McManaman, m.81), Zidane, Raúl; y Guti (Morientes, m. 81). Espanyol: Sergio; Navas (Xavi Roca, m. 61), Soldevilla, Domoraud, Amaya; Boghossian, Morales (Álex Fernández, m.61); Maxi, Crusat (Martín Posse, m.5), Roger; y Tamudo. Árbitro: Mejuto González. Mostró la tarjeta amarilla a Hierro, Makelele, Martín Posse. Goles: 1-0. M. 34. Figo saca un córner, Helguera peina el balón y Sergio no acierta a despejarlo; 2-0. M. 89. Raúl asiste a McManaman, quien supera a Sergio en su salida Bernabéu: 70.000 espectadores. El blanquiazul Crusat tuvo que retirarse por una luxación de clavícula y el portero Sergio acabó el partido lesionado, sin poder ser sustituido porque el Espanyol ya había hecho los tres cambios.

El Espanyol ha sido casi siempre como el sistema métrico: sirve para medir a los rivales. Suele ser el típico equipo que no destaca por nada en concreto, sin rasgos definidos porque funciona como estación de tránsito para sus jugadores, que encuentran un buen escaparate en este club de tradición vendedora. Pasan los futbolistas y los entrenadores, pero el equipo tiene esa especie de equilibrio que le permite salvar dificultades, algunas de grueso calibre. Probablemente también sucederá en esta etapa, con Juande Ramos, un entrenador muy atento al dibujo que tiene trabajo por delante. El Espanyol salió con algo de gas, pero se desinfló pronto y se abocó al asedio del Madrid, que entró en el partido con la distraída actitud del que llega de vacaciones y dedica un buen rato a preguntar por el veraneo, los niños y el colegio.

Después de media hora infame, en la que Roger desaprovechó una oportunidad excelente y el Espanyol no hizo el daño que podía, el Madrid comenzó a manejar sus mejores registros. Primero con algunas dudas, luego con firmeza y finalmente con un hermoso despliegue que no le sirvió para sacar la escandalosa distancia que merecía. Hubo momentos de fútbol de gran escuela, interpretados principalmente por Zidane y Cambiaos. El chico estuvo sensacional, lleno de recursos, inteligente y atento, con detalles espléndidos que no pasaron desapercibidos al público, frío y bastante crítico con algún jugador. O con Guti, en concreto. Es una pena de lo de este jugador. Hizo cosas maravillosas, pero le entró vértigo frente al portero. Perdió tres ocasiones de gol y en el estadio comenzaron los silbidos, con la particularidad de que en el banquillo estaba Morientes y el público quería un acto de desagravio. El mismo público, por cierto, que tantas veces le reprochó sus actuaciones la pasada temporada.

A partir de Zidane, el Madrid le dio un baile al Espanyol en el trecho final del primer tiempo y durante casi todo el segundo. Eso no impidió pensar en la posibilidad del empate, a la vista de la facilidad del Madrid para desperdiciar oportunidades y de su vieja tendencia a llegar apurado a los últimos minutos. Un fenomenal remate de Roger desde 30 metros se estrelló en el larguero cuando al Madrid comenzaba a faltarle aire, y casi resultó sorprendente que el remate no entrara, porque en el Bernabéu suelen ocurrir esas cosas. Pero con respecto al juego no hubo dudas. El Espanyol pasó un mal rato considerable, achicando agua como pudo, aculado en su área sin encontrar respuesta al exquisito juego de su adversario.

Fue una noche que resolvió Helguera de un cabezazo seco, la jugada menos prevista en un partido que pareció más pendiente de paredes, taconazos, regates, amagues. Así llegó el Madrid innumerables veces al área del Españyol, entre el asombro de la gente. El tanto de Helguera tuvo la virtud de evitar la tensión de un equipo que comenzaba a jugar muy bien, pero que no acababa de dar con la tecla del gol. A raíz del tanto, Zidane se impuso definitivamente, jaleado por Cambiasso, que da la impresión de ser el socio perfecto del francés. Le entiende en todo, sobre todo en los espacios cortos, donde Cambiaos siempre tiene un recurso para encontrar al personal. La hinchada, que tomaba nota, terminó entregada. Y Del Bosque lo sabía. Le retiró a falta de cinco minutos y se escuchó una ovación clamorosa. Sin apenas ruido, a Cambiasso ya no le mueve nadie.

Alrededor de Zidane y el argentino, el equipo se enchufó en todas las líneas. Roberto Carlos resultó indefendible por su velocidad y pujanza. Pero el público dedicó su simpatía a Figo, que está en pleno periodo de recuperación. Sin alcanzar la cima de su juego, Figo recordó al jugador que llegó al Madrid hace dos temporadas. Regateó y centró con precisión y clase ante Amaya, superado por los acontecimientos durante todo el encuentro. Desde luego no es lateral izquierdo. Con Zidane, Cambiasso, Figo y Roberto Carlos, el Madrid tuvo un armamento excesivo para el Espanyol. Faltaron los goles que se anunciaban en cada llegada, y por ahí pagó Guti, a pesar de algunas grandes acciones. Es su destino y no se escapa de él.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de septiembre de 2002