Editorial:Editorial
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La renta incierta

La percepción del bienestar económico se fundamenta en la extensión de la riqueza. Durante el último lustro la bolsa se había convertido en una fuente adicional de rentas para las familias españolas; el boom bursátil, la privatización de grandes empresas públicas y el desarrollo masivo de sistemas más sofisticados de ahorro como los fondos de inversión fueron fenómenos que contribuyeron a crear una sensación de confortabilidad y riqueza añadida a las rentas salariales de los ciudadnos.

Pero la burbuja financiera se ha pinchado, el valor de las acciones se desploma y los ahorros depositados en los fondos de pensiones o de inversión se deterioran rápidamente. Desde 1999, la caída de la bolsa y sus efectos secundarios ha destruido el equivalente a 20 puntos de PIB del patrimonio financiero de las familias españolas y casi 10 puntos de PIB entre marzo de 2001 y marzo de este año, según las cifras del Banco de España. La tormenta financiera ha destruido más de 70.000 millones de euros del valor de las acciones que tenían los españoles en sus carteras; cifra que confirma que los mercados mundiales están atravesando por un crash de considerables proporciones, aunque, eso sí, no en una o dos jornadas, sino extendido en el tiempo.

No es de extrañar que la percepción de los ciudadanos haya cambiado y ahora predomine la de empobrecimiento. En Estados Unidos y en Europa el consumo no progresa de forma suficiente para sostener una recuperación económica apreciable y algunos sectores, como el turismo o el automóvil empiezan a notar la disminución de las decisiones de gasto familiar. Ahora bien, conviene introducir algunas matizaciones al coro de lamentaciones por la riqueza financiera perdida. La primera de ellas es que participar en el mercado de acciones implica la posibilidad de perder. Por supuesto, cabe exigir a las autoridades económicas que vigilen eficazmente la evolución del mercado para que las pérdidas no se produzcan por fraudes o comportamientos anómalos que convierten a los pequeños inversores en víctimas de los más avisados o poderosos.

En el caso de España, el empobrecimiento financiero parece compensado por otro efecto que no se suele mencionar en la contabilización de la riqueza familiar, pero que es tan real como la depreciación accionarial: el aumento de valor del patrimonio inmobiliario. Desgraciadamente, es un efecto que dará poco consuelo a las familias afectadas por el fiasco, se supone que momentáneo, del capitalismo popular, debido a la diferencia de inmediatez de unos valores y otros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 11 de agosto de 2002.

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