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Reportaje:CULTURA Y ESPECTÁCULOS

CASTILLA DEL PINO Y EL DELIRANTE DON QUIJOTE

El psiquiatra y escritor andaluz imparte un curso sobre el delirio en la UIMP, en Santander, donde mañana recibirá la Medalla de Oro de la institución

Este es el año de los merecidos reconocimientos a este psiquiatra y humanista comprometido. Carlos Castilla del Pino (San Roque, Cádiz, 1922) se sorprende de su edad. 'Voy a hacer 80 años', y con tal motivo se le prepara un gran homenaje en octubre, en el Círculo de Bellas Artes, en Madrid. Pero antes, mañana, se colgará en la solapa la Medalla de Oro de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en Santander, donde un año más el profesor imparte un curso magistral, 'Delirio, delirar, delirante', en el que trata de analizar los estragos de una enfermedad cuyo paradigma máximo está en la literatura. 'Don Quijote de La Mancha es el perfecto ejemplo de delirante', asegura.

Reconoce que los premios no son su meta. 'Los recojo con mucho orgullo y encantado de la vida, pero no es lo más importante; lo fundamental es el trabajo'. Esa actitud de equilibrio ante las alharacas y un autocontrol más que profesional es lo que le hace ver con poca inquina lo que le pasó hace poco en la Real Academia Española, donde su candidatura para ocupar el sillón vacante de Laín Entralgo fue rechazada por faltarle dos votos. ¿Una catástrofe? 'No, nada de catástrofe, simplemente la mala suerte de que los tres académicos que me propusieron para la plaza no pudieron acudir ese día, sencillamente'.

Por los pasillos del palacio de la Magdalena se mueve como Pedro por su casa. 'Vengo prácticamente todos los años. Me gusta esta universidad, este ambiente, pero me refiero a lo meramente intelectual y no a esa faceta de escaparate para los políticos', dice. Pero, a la vez, está deseando retirarse a su pueblecito cercano a Córdoba, a completar la segunda parte de sus memorias. 'Se titularán Pretérito Imperfecto II. Comienzan justo donde acabaron las primeras, en 1949, y llegan hasta nuestros días', adelanta el doctor, que cuenta con una larga obra publicada en la que recorre la ficción con títulos como El discurso de Onofre o La alacena tapiada; y el ensayo, con trabajos de referencia sobre la psiquiatría como La culpa, Psicoanálisis y marxismo, La incomunicación o Teoría de la alucinación.

Espera que con la segunda parte de sus memorias llegue a tanta gente como con las primeras, que tuvieron un gran éxito editorial y con las que logró el prestigioso Premio Comillas. 'Es un placer escribirlas, un gusto matizado. Yo lo hice porque considero que mi vida es ejemplar en el sentido cervantino, no moralizante, ejemplar como muestra de alguien que ha sido testigo de muchas cosas. Quería librarme del trauma que para mí fue la guerra y el franquismo, pero no me ha servido de nada, me equivoqué, no lo he conseguido'. Reconoce ese fracaso personal, pero se consuela pensando que sí les puede haber servido de bálsamo a otros. 'Contándolo he podido hacer copartícipes a muchos, pero el dolor de esas experiencias sigue dentro de mí. Ahora que están abriendo fosas de la guerra civil en muchos sitios, ¡madre mía!, yo puedo ir a varios y señalárselas exactamente con el dedo', cuenta con su acento suave del sur.

Sin embargo, su conclusión sobre el siglo XX y sobre ese viaje de sangre de España es positiva. 'Este país tenía unas ganas de modernizarse como nadie. Una necesidad de civilizarse y mire dónde hemos llegado, a conseguir la mejor calidad de vida de nuestro entorno'.

Y en eso también tiene que ver cierta salud mental. 'Yo, en Córdoba, lo digo con falta de humildad, he contribuido a que la gente vaya más al psiquiatra', afirma quien ejerce esa profesión desde 1947. Suficiente recorrido como para asegurar que hoy en día no hay más enfermos mentales que antes y que las cosas han mejorado mucho. 'Hay una conciencia de la sociedad respecto a estas enfermedades y eso ayuda a tratarlas con más garantías. Hoy los males mentales pueden curarse y sobrellevarse con una vida normal. Antes te podían anular de por vida porque los manicomios agravaban el estado'.

Es el caso de varios delirantes. 'Hay grandes profesionales ejercientes con delirios', dice. Se trata de una enfermedad que aparece en la madurez porque tiene que ver con las frustraciones de la vida. 'Con el 'yo tenía que haber sido un gran artista, un gran escritor, un gran médico', pero un día descubres que se ha pasado el tiempo'. Entonces aparece el delirio. 'Tiene que ver con la falta de reconocimiento social. El delirio no es más que una ortopedia para el sujeto delirante, una excusa que le ayuda'. El Quijote. 'Es un gran delirante, el mejor ejemplo, pero no sólo él, sino que Cervantes era un gran conocedor del delirio porque hay varios personajes en la obra que lo son también. El final de El Quijote es fantástico porque representa su cura total, la llegada de la razón al reconocer quién es: Alonso Quijano, y no su personaje, Don Quijote'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de agosto de 2002