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Crónica:TOUR 2002 | 12ª etapa

El juego favorito de Armstrong

El norteamericano lanza su esperado ataque y distancia más aún a Beloki y a Igor González de Galdeano

'En la primera etapa de los Pirineos', advierte el viejo profesor Ferretti en la salida, 'Armstrong hizo lo justo para alcanzar el liderato, en la segunda, en Plateau de Beille, atacará desde mitad de puerto y empezará a aumentar distancias con los rivales. Necesita ese tiempo. Necesita un colchón por si, aunque parezca imposible, le llega un mal día'. Profeta, diría alguno. O simplemente sabio. O más aún, un técnico que sabe su oficio. Armstrong hizo eso, como todo el mundo sabe ahora y sabía antes, y Manolo Saiz aterrizó en la tierra, vio el último velo de ilusión desaparecer de sus ojos, y dijo: 'Armstrong está jugando con nosotros'. Ni hubo crisis en la contrarreloj por equipos, ni tampoco en la individual ni subiendo el Tourmalet. Gran conclusión. Esto es un juego. Esto es el Tour, el juego favorito de Armstrong y sus amigos carteros.

El equipo de Armstrong, su equipo, los ocho corredores cuidadosamente seleccionados por el propio Armstrong en el mercado, cuidadosamente entrenados con las técnicas que Armstrong y sus asesores tan bien manejan, alimentados, preparados y programados para la misión Tour, es una cosa tan perfecta, tan regulada, lo hace todo tan bien y tan sincronizado que mata cualquier incertidumbre. Esto del Tour de Armstrong, y vamos ya por la cuarta edición, revisada, corregida y aumentada, es un guión de serie televisiva de alto consumo, una novela que aplana los matices, que difumina el paisaje, que deja a los personajes en casi monigotes. Y no es así, que los ciclistas son hombres, hombres que luchan, que sufren que van más allá de sus fuerzas, que se arriesgan, que dudan, que mienten, hombres generosos, solidarios, egoístas, perros, nobles y buenos. Que no son máquinas, que no son actores en la película de Armstrong.

Todo el mundo sabe lo que va a pasar y cuándo va a pasar. También cómo. Ahora les toca a Padrnos (el coloso checo), a Hincapie (el jovial, elegante y colosal neoyorquino) o a Joachim (el taciturno luxemburgués). Dicho y hecho, tren postal con destino al Plateau de Beille. La etapa se desarrolla a su ritmo de apisonadora. A su rodillo. Lo mismo da que se pase por la curva Ocaña (allí, en el col de Menté, asfalto pegajoso, termómetro a 33 grados, donde en 1971, bajo una tormenta que convirtió al día en noche, el bravo manchego de Mont de Marsan, se cayó, se hirió, abandonó el Tour con el maillot amarillo sobre los hombros); o que se pase por el monumento Casartelli, en el mismo col de los Pirineos, en la curva donde se mató el prometedor italiano, equipier de Armstrong en el Motorola, en 1995. Lo mismo da. A los colosos enormes, a los equipiers de los 90 kilos, les reemplazan los pesos medios, el Floy Landis que esperaba estar mejor, el Víctor que está mejor que nunca, el Vlada Ekimov, el viejo, el veterano, que sabe más que nadie, el rodador que calcula, mide y ordena. Así pasó el jueves, así pasó ayer. Las dos veces con Jalabert delante, su despedida de los ruedos y eso, atado por una cuerda que no le da más de cinco minutos. Puro control.

Y lo hacen tan bien y tan así que la gente se piensa que eso es Jauja. Que cuando llegan al pie del último puerto, el terrible Plateau de Beille, 16 kilómetros al 8,5%, y ven que hay 100 en el pelotón y que todavía han aguantado Zabel y demás culones, se frotan las manos y dicen que qué bien. ¡Ja! Que se lo han creído.

Olvidan que han recorrido ya 180 kilómetros, muchos, aunque sea al tran tran del US Postal, que han subido y bajado cuatro puertos, que han cambiado de vertiente de aguas , de la atlántica han llegado a la mediterráneas, que han atravesado unos Pirineos pestosos bajo un sol inclemente, que han sudado y han sufrido para ventilarse. Lo olvidan, pero lo recuerdan enseguida. Comienza el último puerto. Es el turno de Rubiera. Y cuando el asturiano increíble, la mirada azul siempre hacia el cielo, Armstrong a su espalda, de amarillo, guiando sus pasos, regula al grupo, anula el tímido intento de Marcos Serrano (el único ataque de todos los Pirineos: viva), el pelotón de 100 se queda en 15. Sufren detrás. Sufre Mancebo, Zubeldia, también Sevilla... Escaladores hechos y derechos se agarran a su ritmo. Y es sólo el aperitivo. Cuando sólo faltan siete kilómetros se aparta Rubiera, toma el relevo Heras. Es el acabose. El trío de la fama se queda solo. Los tres grandes escaladores. Heras, Armstrong, Beloki, por este orden. Lo hacen tan suave, tan naturalmente, que es claro, líquido, casi una revelación, que Armstrong sería capaz de ganar este Tour sin atacar ni una sola vez. Pero no. A falta de seis kilómetros se va. Debía cumplir la profecía de Ferretti. Pese a la desesperada resistencia de Beloki, en seis kilómetros, Armstrong le saca 1.04m. El año pasado, en Alpe d'Huez, en 12 kilómetros, consiguió poco más, 1.24m. Es su juego. Su juego favorito.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de julio de 2002