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Crítica:

Pasiones a ras de suelo

En el momento culminante de esta película tierna y desgarrada, áspera y emotiva, alguien que huye queda momentáneamente cercado en una roulotte. Fuera, le rodea la Guardia Civil; dentro, alguien intenta convencerlo de que se entregue mientras inopinadamente, por una ventana superior, hace su irrupción un policía municipal quien, pistola en mano, intenta resolver a su modo el entuerto... y la cosa acaba con un sartenazo, varios tiros al aire y los guardias civiles tirándose al suelo, actualizando aquel verso de Antonio Machado que recordaba que, en España, cuando ya no quedan soluciones los problemas los resuelven las mujeres a escobazos.

En esta última comedia con tintes dramáticos del siempre interesante Miguel Albaladejo, las cosas van por otra parte: a ras de suelo, en ambientes impregnados de sudor, color y olores fuertes; entre personajes derrotados, sueños más bien marchitos de clases subalternas y últimas oportunidades para casi todo.

RENCOR

Director: Miguel Albaladejo. Intérpretes: Lolita, Jorge Perugorría, Elena Anaya, Mar Regueras, Geli Albaladejo, Roman Lucknar. Género: comedia dramática. España, 2002. Duración: 106 minutos.

O, dicho de otra forma, hay vida aquí, y mucha. Vida palpitante y contradictoria, que se escapa entre los pliegues de una cotidianidad hecha de pequeñas y grandes derrotas, en un ambiente de canciones de verano cantadas por alguien que está de vuelta de casi todo (Lolita: un hallazgo de casting, una elección brillante para un papel que parece irle como anillo al dedo); pasiones que parecen muertas de puro viejas y que, sin embargo, tienen capacidad de revivir desde el olvido porque, al fin y al cabo, el motor que alimenta toda la ficción ya está expresado desde el título de la película.

Albaladejo cuenta la historia de una fría, airada venganza con contención y una admirable capacidad para tomar el pulso de lo popular, que no populachero, una de sus grandes especialidades desde que debutara en La primera noche de mi vida. En ocasiones, no obstante, se le escapa algún exabrupto: a título de ejemplo, un chiste privado no ya molesto, sino incluso indignante, para el que emplea una coartada indecente -un niño con síndrome de Down-. Pero, en general, la película mantiene una envidiable frescura, bien servida por unos actores estupendos (Perugorría y Anaya, una curiosa pareja amorosa) y por una banda sonora tan irónica y zumbona como, a veces, sabia, excelentemente servida por Lolita, que ha aprovechado la ocasión para bordar uno de los trabajos más sorprendentes, por impensados, que se recuerdan en el reciente cine español.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 31 de mayo de 2002