Columna
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Congojos

Fue Giddens, en plena presentación en España de su libro sobre la tercera vía capitalista entre el capitalismo y el capitalismo, quien estigmatizó para siempre a su amigo y correligionario Tony Blair al decir que era como Margaret Thatcher pero con sonrisa y sin bolso. Me permití intervenir apreciando otra diferencia entre Blair y Thatcher: la permanente, aquella permanente incorrupta con la que Margaret, no contenta con el expolio de Gibraltar, quería arrebatarnos, arrebatarle la hegemonía de las reliquias al brazo de Santa Teresa.

Con sonrisa, sin bolso y sin permanente, Tony Blair ha demostrado ser el topo del neoliberalismo en la II Internacional, contemplada como un gruyère lleno de túneles abiertos por socialistas en retirada y por liquidacionistas movilizados por las rebajas tácticas, estratégicas y consuetudinarias. Aznar tiene otro estilo, pero sin duda pretende ser la Margaret Thatcher española, de momento enfrentándose a los sindicatos en una lucha a muerte y quién sabe si en el futuro incluso nuestro jefe de Gobierno pueda ganar la guerra de las Malvinas o, en su defecto, la de Gibraltar. La mutilación por decreto de los derechos de los trabajadores y de los parados recuerda la limpieza étnica que la Thatcher perpetró contra los Trade Unions y que tuvo como resultado nefasto la desarticulación de la cultura sindical y el empobrecimiento de las capas populares, y como consolación, las películas de Ken Loach, demostración inapelable de que la lucha de clases se sucede a sí misma.

En tres días, Aznar impone la ley contra partidos antidemocráticos y desafía a las centrales sindicales españolas a un Paso Honroso medieval, desafío que parece redactado en verso por un resucitado Pedro Muñoz Seca y en el que la vocación democrático-orgánica del señor Aznar ratifica que los jefes de Gobierno españoles han de regirse por órganos. La ley contra partidos incómodos va a ser bomba de relojería en Euskadi, después del ridículo de la tenaza PP-PSOE a costa del PNV. Y el desafío a los sindicatos es una prueba de que, como decía Franco, los pueblos para ser viriles han de ser gobernados con virilidad, es decir, siempre con los congojos encima de la mesa.

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