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REPORTAJE

Torturas en el País Vasco: ¿realidad o simple propaganda?

ETA utiliza los supuestos malos tratos infligidos por la policía a los detenidos para ganar simpatizantes para su causa

La última hornada de carteles desplegados en el País Vasco muestra el rostro tumefacto, desfigurado por la hinchazón, de una persona de sexo indeterminado que porta un collarín ortopédico y tiene la cara cruzada por una suerte de antifaz formado por grandes hematomas negruzcos. Esta imagen inquietante de hombre globo -se diría un Buda sufriente de ojos entornados- es la que el presunto colaborador de ETA Unai Romano Igartua presentaba el 7 de septiembre de 2001, dos días después de haber sido detenido en Vitoria por efectivos de la Guardia Civil. De hecho, es la foto de su ingreso en la prisión de Soto del Real, la misma que acompañaba a su ficha de recluso.

El caso de Unai Romano, actualmente en libertad provisional, y el de Iratxe Sorzábal, presunta activista que denunció haber sido torturada con electrodos durante su traslado a Madrid, van a ser incluidos con particular preocupación en el informe sobre España que Amnistía Internacional publicará en noviembre próximo. También el Comité para la Prevención de la Tortura europeo, la prestigiosa CPT, dispone de información detallada sobre ambos casos.

En comparación con otros países, el sistema español puede ser considerado garantista

Nadie cree que sea una práctica generalizada, pero tampoco se niegan casos aislados

'El detenido de ETA se siente en manos del enemigo y ya está asustado', dice un policía

Algunos expertos consideran repudiable que se presione al detenido para que declare

Ambos organismos conocen el auto en el que la juez Raimunda de Peñafort Lorente, encargada de instruir la denuncia por torturas de Iratxe Sorzábal, niega la existencia de indicios de delito en el comportamiento de los agentes acusados y establece que, todo lo más, los hechos denunciados pueden ser 'constitutivos de una falta de vejaciones y amenazas'. Según fuentes jurídicas consultadas por este periódico, la médico forense que atendió a Unai Romano durante su estancia en dependencias de la Guardia Civil ha declarado al juez instructor que, en su opinión, los aparatosos hematomas son fruto de una autolesión y no cabe atribuirlos a una paliza, ni a los repetidos golpes en la cabeza denunciados por el detenido.

En su juicio profesional, la hinchazón del rostro de Unai Romano y las lesiones se corresponden más bien con las consecuencias de un fuerte golpe frontal, similar al que presentan víctimas de un accidente de tráfico. Unai Romano sí reconoce, sin embargo, que se autolesionó en los calabozos mordiéndose las muñecas. Las señales de sus dientes en las muñecas dañadas fueron ya puestas en evidencia en los primeros informes forenses. La pregunta consiguiente es qué lleva a un detenido a autolesionarse de esa manera.

Sospechas

Como en otros países de su mismo entorno europeo, las policías españolas no están libres de la sospecha, pese a los avances reconocidos en ese terreno y a que gran parte de los jueces y fiscales dan por hecho que ésa es una asignatura ya superada por la democracia española. En su último informe presentado formalmente el 9 de abril, el relator especial de la ONU para la torturas, el holandés Theo van Boven, se hace eco de un total de 58 denuncias presentadas en España. Y no es extraño encontrar a periodistas extranjeros que vienen a la atribulada Euskadi de nuestros días con la idea preferente de investigar las supuestas 'bárbaras torturas' a que se somete a los detenidos de ETA. La sospecha de que los malos tratos se practican de manera generalizada con los detenidos por terrorismo sigue estando ampliamente extendida en la opinión pública vasca, a despecho de la falta de credibilidad y legitimidad moral y política de los denunciantes, aunque se admita que los activistas de ETA siguen por sistema la consigna de denunciar torturas.

Un ciudadano sólo puede estremecerse ante los relatos que se prodigan en el diario Gara, ante los carteles y folletos, ante las escenificaciones y simulacros de todo tipo de torturas: la bañera, la bolsa, los electrodos..., que se ofrecen periódicamente en las calles del País Vasco. A título ilustrativo, he aquí los titulares y algunos sueltos comprendidos en una sola página del diario Gara publicados el pasado 6 de abril bajo el cintillo convencional de Torturas a los últimos detenidos: 'Kristina Gete denuncia dos violaciones de la Guardia Civil, una vaginal y otra anal con un palo', 'La Guardia Civil dio a elegir a Leire Gallastegi entre el palo de una escoba y un hombre', 'Maite Pedrosa comunica que los agentes le introdujeron los dedos y una pistola por la vagina y el ano entre otras brutales torturas'.

Fiscales, jueces y médicos forenses contestan sin dudarlo que todo eso es una gran mentira orquestada por ETA, una calumnia intolerable. 'La violación con un palo deja señales, es imposible que un detenido sea violado con un palo en comisaría sin que nosotros lo detectemos en los reconocimientos que les practicamos a diario', indican cuatro médicos forenses consultados por este periódico. 'Muchas veces te indignas al ver lo que cuentan al Gara al constatar que mienten sobre hechos que tú conoces perfectamente', señala una forense de la Audiencia Nacional. 'La tortura es, por lo visto, su última bandera, y por eso cada vez que hay detenciones los abogados de Batasuna se lanzan a la carrera de las denuncias', afirma un fiscal a quien no cabe reprocharle un comportamiento tibio en pasados casos juzgados y condenados en su jurisdicción.

Un solo caso hace sospechar

El director de Derechos Humanos del Gobierno Vasco, Txema Urkijo, antiguo miembro del colectivo pacifista Gesto por la Paz, reconoce que la verdad sobre los malos tratos es sumamente escurridiza, aunque, como otras muchas personas preocupadas por el asunto, parte del criterio de que ni todas las denuncias son verdaderas ni todas las denuncias tienen por qué ser falsas. 'Un solo caso hace sospechar que el resto puede ser cierto y te entra la duda', indica. Tampoco el catedrático de Instituto Vasco de Criminología José Luis de la Cuesta es capaz de evaluar el alcance real del problema. 'Creo que los jueces persiguen los casos en los que se detectan malos tratos, y también que existe un maltrato sofisticado para no dejar rastro. Hay dificultades para conocer la realidad y sospechas graves. Hay que trabajar en el terreno de la prevención', indica.

Es posible que la verdad de los malos tratos a los detenidos de ETA haya que buscarla en un espejo roto de imposible recomposición en su totalidad, porque, entre otras cosas, siempre faltan algunos trozos perdidos durante el espacio de incomunicación de los cinco días, dos más que lo que la Constitución establece como periodo máximo en el régimen normal. En comparación con otros países, el sistema español puede ser considerado garantista respecto al terrorismo puesto que los médicos forenses de las Audiencias provinciales y de la Audiencia Nacional visitan a diario a los detenidos de ETA y dan cuenta al juez del resultado del reconocimiento y de las quejas del detenido. Un abogado de oficio está presente en la toma de declaración en comisaría, aunque sin ofrecer verdadera asistencia letrada. Salvo quienes promueven activamente las campañas, no hay prácticamente nadie hoy que crea que la tortura es una práctica generalizada, como no hay nadie, tampoco, que se atreva a descartar la existencia de casos aislados.

Según Juan Carlos Yoldi, abogado de Unai Romano, durante el pasado año los detenidos de ETA interpusieron un total de 67 denuncias, 15 en lo que va del presente año. Todas ellas han sido admitidas a trámite y dado lugar a diligencias previas, pero casi todas fueron archivadas al constatarse que los informes forenses no respaldaban las acusaciones. Sólo unas pocas llegaron a juicio y no hay condenas. Juan Carlos Yoldi, antiguo activista de ETA y ex candidato de Batasuna a la Presidencia del Gobierno Vasco, se queja de que en el 70% de los casos, los jueces no han aceptado pruebas que reclamaba la acusación de torturas. Hasta el momento, los abogados de los presos de ETA no han presentado un solo caso al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, aunque, según Yoldi, tienen intención de llevar el caso de Zornotza, ahora que el Tribunal Supremo ha confirmado, 21 años después de producidos los hechos, la sentencia por torturas contra varios agentes de la Guardia Civil.

¿Hay más verdad que la judicial? Los expertos de las organizaciones internacionales trabajan sobre el principio de que la falta de sentencias no implica necesariamente la inexistencia del maltrato o de la tortura. He aquí dos testimonios recabados por este periódico: el del propio Unai Romano y el de un comisario de policía con 24 años de oficio que tiene una amplia experiencia interrogando a los detenidos de ETA. El relato del primero viene a ser un descenso a los infiernos, mientras que el segundo traza una panorama desprovisto de violencia, en el que priman las técnicas de comunicación y la presión psicológica.

Detención

'Después de detenerme en mi casa a las cuatro de la mañana del día 6 de septiembre, me taparon la cabeza y me llevaron al cuartel Alonsotegi, creo, no lo sé muy bien. Al salir del coche no me avisaron de que había unos escalones y me golpeé en las rodillas. Empezaron a interrogarme, que si conocía a éste y al otro. Venga preguntas y preguntas y golpes en la cabeza sobre la parte de la coronilla y en la parte frontal. No me dejaban tumbarme, ni me daban de comer, sólo agua que me reponía bastante, así que creo que tenía algo. Se lo dije a la forense cuando vino el primer día, pero me respondió que ya había pasado demasiado tiempo para poder indagar eso. Aunque le comenté que me habían pegado, me dijo que aparentemente no tenía nada. Estuve la mayor parte de la incomunicación sin poder ver, salvo cuando me llevaban a los calabozos. No vi a ningún guardia civil, pero eran muchos y había una mujer. Me hicieron la bolsa, los electrodos en los lóbulos de las orejas y en el pene y los testículos. Después de machacarme físicamente, empezó la tortura psicológica. Me dijeron que habían detenido a mi madre y que la iban a torturar, que la habían llevado a un pantano. Al principio no me lo creía. Cómo van a detener a una persona mayor que no ha hecho nada, pero luego llegué a creérmelo. Había uno que estaba al teléfono que hacía como que hablaba con los compañeros suyos que tenían a mi madre. En una de éstas soltó un grito y todos se callaron, empezaron a hablar muy bajo entre ellos. Vino uno y me dijo: 'Unai, tu madre ha muerto'. Me llevaron al calabozo y allí me derrumbé psicológicamente, me mordí las muñecas. Estaba desesperado, hundido, y la cabeza se me estaba hinchando a toda velocidad. Llamaron a la forense y me llevaron al hospital. Ella me acompañó durante el trayecto dándome la mano. Según el parte médico emitido por el Hospital Clínico San Carlos de Madrid, tras una serie completa de pruebas de reconocimiento, Unai Romano fue hospitalizado con pronóstico leve salvo complicaciones. Tenía un hematoma facial y contracción muscular en las cervicales. En su informe al magistrado del Juzgado Central Número 1 de la Audiencia Nacional, la forense Leonor Ladrón de Guevara dio cuenta de un hematoma en anteojos de coloración negruzca, edema a nivel frontal, heridas inciso-contusas con marca de dientes y una muy ligera equimosis retroauricular. A preguntas de ese periódico, Unai Romano indica que los electrodos eran de baja potencia. 'Jugaban con eso, yo oía unos chasquidos y me decían: 'Unai, te vamos a poner los electrodos; dinos algo, venga, lo que sea, que nuestros jefes nos presionan'. A pesar de los minuciosos reconocimientos, ni la forense ni los médicos del hospital detectaron la herida en la coronilla que Unai Romano sigue mostrando hoy y que él atribuye a los supuestos golpes en la comisaría. 'Esa herida no existía entonces, Unai Romano no la tenía mientras permaneció detenido', responden, lacónicos, en la Audiencia Nacional. Los médicos tampoco detectaron nada de particular en el pene y en los testículos.

La historia de siempre

'No me creo nada de eso, es la historia de siempre, con los tópicos de siempre', dice un comisario que lleva 24 años en el oficio. 'Por supuesto que ha habido torturas en el pasado y no seré yo quien blanquee esos años, pero si ellos denuncian ahora es porque siguen el manual de ETA. ¿Qué por qué cantan los sospechosos de ETA con tanta facilidad? En primer lugar, la gente debería saber que las detenciones se hacen sobre una base documental o testimonial y que se investiga bastante. El etarra es un iluminado que vive en un mundo ficticio en el que los únicos que tenemos verdadera presencia somos sus perseguidores, los policías. Matar a una persona es siempre un asunto duro, y eso les pesa por muy blindados que se sientan. En los interrogatorios, nosotros intentamos que cobren realidad las atrocidades que han cometido. Y tenemos una posición de ventaja porque nosotros hemos visto pasar delante nuestro a muchas decenas, mientras que para ellos ese era su primer encuentro con nosotros. Cada detenido es un mundo aparte, pero en general, los etarras, al contrario que los grapo, mucho más reservados, más duros, necesitan autojustificarse y de alguna manera también aliviarse. Me acuerdo de uno que al detenerle, me dijo: 'Ya era hora de que me cogierais'. Hay tíos que reivindican su militancia con orgullo: 'Oiga, que no soy un chorizo, que soy militante de ETA'. Aunque la gente no se lo crea, son bastante parlanchines. El otro elemento clave es el síndrome de Estocolmo, que vaya que si existe. Ellos vienen con grandes prejuicios y están acojonados, tienen miedo porque se creen sus propias fantasmadas sobre las torturas. Nosotros aplicamos técnicas de la teoría de la comunicación, les mandamos un mensaje insistentemente y nos concentramos en él, sin perder el tiempo, sin interrumpir jamás esa línea. Estudiamos la reacción del receptor, vigilamos sus reacciones psicológicas, los signos exteriores de comportamiento. Enseguida se percibe a un tipo vulnerable que busca negociar contigo. En un grupo de cuatro, siempre hay uno que hace gestos, que da señales en su comportamiento de que busca una interlocución, un diálogo. Puede ser la actitud general, un detalle, pedir un cigarrillo, cualquier cosa. Ese momento es clave porque anticipa el momento de la transacción. Se trata de establecer un vínculo con el detenido y de pactar con él. 'Mira, no te pedimos que cuentes lo de los otros. Tú explica la tuyo y olvídate de lo de los demás', les dices. Procuras compensarle con pequeños favores, que si una cerveza, que si ropa limpia, una llamada a un familiar para que estén tranquilos. A los otros, los desarmas contándoles lo que el primero ha dicho y, por supuesto, lo que sabemos de él. Luego, cuando bajan la guardia, puedes ampliar el área de preguntas y enterarte de cosas que de otra manera, con amenazas y violencia, nunca te diría. Intentar asustar a un detenido de ETA es tan idiota como jugar a los roles del policía bueno y el policía malo, porque la relación humana no es tan maniquea. La coacción tampoco tiene sentido, porque ya digo que el detenido de ETA se siente en manos del enemigo y ya está bastante asustado, no hace falta asustarle más. El buen interrogador tiene que ser empático, ponerse en la piel del detenido, pero la verdad es que, por muchos cursillos que se den, yo creo que para ser bueno en eso hay que tener dotes psicológicas innatas, una habilidad especial. Si yo tuviera que describir la relación más habitual con los tipos de ETA a lo largo de mis 24 años de oficio, yo diría que hemos quedado como enemigos cordiales. Después de tratarle intensamente durante cuatro días seguidos, yo me despido a veces dándole la mano y diciéndole: 'La has jodido bien, pero, en fin, que tengas suerte en la Audiencia Nacional'. Lo que funciona mal es el contacto posterior. A veces, algunos me han dicho que no les importaría que les visitara en la cárcel, pero para cuando haces la visita te los encuentras generalmente duros como la piedra, porque ya han pasado por sus abogados de confianza, ya han encontrado a sus compañeros y se han reintegrado en la tribu, ya se han justificado con todo eso de que les han torturado y demás'.

Los médicos forenses son en la práctica los únicos elementos ajenos a esa forzada sociedad delincuente-policía que se establece durante los cinco días de incomunicación. ¿Cuál es la realidad según estos profesionales independientes, cuyo testimonio determina generalmente el rumbo de la investigación en las denuncias? 'Para mí, lo que diga el forense va a misa', dicen más de un fiscal, más de un juez.

Forenses

Hay forenses del País Vasco habituados a tratar a detenidos por la Ertzaintza y el Cuerpo Nacional de Policía -las denuncias alcanzan a todos los cuerpos policiales- que creen que el procedimiento actual es suficientemente garantista. 'En cuanto se practica una detención por actividades terroristas, la Audiencia Nacional manda un exhorto para que reconozcamos al detenido. Le reconocemos, le hacemos un historial clínico y vemos si está en tratamiento y qué necesidades médicas tiene. En el País Vasco es normal que vayamos a comisaría acompañados por un secretario de juzgado. Es muy difícil que pueda haber maltrato físico sin que nosotros nos demos cuenta, pero es verdad que la tortura psíquica es más difícil de detectar y que la 'bolsa' (cubrir la cabeza del detenido con una bolsa de plástico para impedirle respirar) no deja huellas, aunque sí secuelas psíquicas, como tampoco dejan marcas las corrientes de baja intensidad que solamente producen un enrojecimiento ligero que desaparece con las horas. De todas formas, hay que tener en cuenta que la detención en sí misma coloca a los afectados en una situación anímica muy frágil y que hay gente que acusa muchísimo ese momento. Depende no sólo de la intensidad del estímulo, sino también de la receptividad del receptor. Es lo que ocurre con las víctimas de un choque de trenes. Tienes heridos o lesionados que a las dos horas de ocurrir el accidente están como nuevos, y otros a quienes el trauma les acompañará de por vida. De todas formas, añade, en los 10 años que llevo de médico forense nunca he visto gente agotada físicamente porque la obligaran a hacer flexiones o porque le impidieran dormir, y tampoco detenidos destrozados psíquicamente. Sí es cierto que, como no perciben la luz de la calle ni disponen de relojes en las celdas, los detenidos padecen cierta desorientación horaria y algunos se quejan de que no duermen bien por la incomodidad del catre. En mi opinión, la policía se lo tiene bien trabajado antes de practicar una detención, y lo cierto es que no les rompen la cara, no les dan palizas, no les destrozan. Yo no lo he visto, aunque tampoco cometeré la insensatez de decir que eso no pasa nunca. Ésa es la verdad, mi verdad, después de haber reconocido a más de medio centenar de sospechosos acusados de terrorismo, aunque ya sé que mucha gente prefiere creer que los forenses hacemos la vista gorda o que no nos tomamos en serio nuestro trabajo.

Supervisión internacional

La investigadora de Amnistía Internacional para España, Guillien Fleming, se lamenta de que el Gobierno español no les da una respuesta sustanciada de los casos de torturas (maltrato prolongado en el tiempo) y maltratos (menos graves y esporádicos) que llaman la atención de este organismo. 'Nos dice que no acepta que en el capítulo de recomendaciones le situemos en el mismo plano que ETA y se niega a reconocer otra cosa que casos muy aislados. Nosotros', dice, 'creemos que la incomunicación de 5 días facilita el maltrato y vemos que los informes forenses son superficiales en muchos casos, sin fotografías, ni análisis radiológicos. Pensamos también que hay un problema de impunidad en la práctica porque el Gobierno utiliza el indulto con los condenados por torturas y porque las penas, aunque han sido endurecidas en España, siguen siendo más bien nimias. Sería conveniente también que se grabaran los interrogatorios como medida preventiva, para provocar el efecto 'Atención, radar' y que pudieran hacerse pruebas de gasometría arterial para detectar los supuestos casos de torturas por el método de la 'bolsa', indica.

A esas recomendaciones, Jan Malinosky, miembro del secretariado del CPT (Comité para la Prevención de la Tortura), organismo que, en virtud del convenio suscrito por España, ha realizado visitas de improviso a comisarias o cárceles españolas en varias ocasiones, añade la posibilidad de que el abogado de oficio puede asistir al detenido antes de que preste declaración. Muy prudente, Malinosky afirma que en España existen garantías bastante desarrolladas, como el reconocimiento diario del forense en los casos de terrorismo, pero señala que su organismo detecta también inercias y reticencias por parte del Gobierno de Madrid para dar algunos pasos decisivos. El último informe del CPT, fruto de una visita sorpresa de julio del pasado año no ha sido publicado todavía, a la espera de que el Ejecutivo español autorice su difusión. Niega rotundamente que la eficacia tenga algo que ver con la forma en que se trata a los detenidos y en línea con las recomendaciones del CPT propone que España elabore un código de conducta para los interrogatorios de forma que se alumbren las zonas opacas, se disuelvan las falsas denuncias y los policías queden enteramente fuera de sospecha. Como un elemento marcadamente positivo, Malinosky destaca que un especialista en el combate judicial al terrorismo como el juez Baltasar Garzón ha apuntado ya la necesidad de que los sospechosos de pertenencia a ETA dispongan de los mismos derechos que el resto de los delincuentes. 'De verdad', dice, 'no hay ninguna razón para que no sea así'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 2002

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