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Reportaje:

Los pingües réditos de un voto tránsfuga

Maruja Sánchez y su familia han cobrado más de 260 millones de la Administración desde que dio su apoyo al PP en 1991

Fue el más llamativo cambio de chaqueta o, si se prefiere, de faralaes de la democracia valenciana en los albores de los noventa. Once años después, aquel repentino cambio de ideario político rezuma una impúdica fertilidad. Fue un voto tránsfuga con pingües beneficios para el sujeto activo: la malagueña Maruja Sánchez Trujillo, ex bailarina flamenca; y para el pasivo: el cartagenero Eduardo Zaplana, un novel abogado que hacía sus primeros pinitos en la política. La primera, y su entorno familiar, han exprimido la teta pública sin tregua: en 11 años y en concepto de sueldos de las arcas públicas ya han sacado más de 260 millones de pesetas. El segundo pasó como un ciclón desde la alcaldía de Benidorm hasta el Palau de la Generalitat y, ante su sólida hegemonía política, le ha llevado a poner una pica en Bruselas.

La jornada del 22 de noviembre de 1991 supuso un punto de inflexión para el gobierno municipal de Benidorm, en particular, y, por extensión, para el futuro político de la Comunidad. Maruja Sánchez, que había sido elegida concejal en la lista del PSPV, secó la dilatada presidencia del socialista Manuel Catalán Chana al frente de la alcaldía. Tras desaparecer unos días del mundo de los vivos, la edil reapareció para apoyar una moción de censura y despojó a Chana de la vara mando, que pasó a manos de Eduardo Zaplana. Los populares se aprestaron a recompensar el gesto de Sánchez. Durante todo ese mandato la edil asumió, con dedicación exclusiva, las delegaciones de Servicios Sociales y Cultura. Además, el PP blindó la seguridad personal de Maruja con dos guardaespaldas que sólo en horas extras percibieron 9,6 millones de pesetas en tres años. Maruja Sánchez no participó en las siguientes elecciones, pero el PP, con Zaplana ya instalado en la cúspide de la Generalitat, no la olvidó, y la ex edil pasó a ingresar la nómina de cargos de confianza, o sea nombramientos a dedo.

Maruja Sánchez fue nombrada coordinadora del área de Cultura a cambio de 250.000 pesetas netas al mes. Sánchez todavía hoy mantiene esa condición (cargo de confianza), como jefa del negociado municipal en la plaza de toros. En total, en estos 11 años Maruja Sánchez ha obtenido, sólo en concepto de sueldo, más 62 millones de pesetas, procedentes de las arcas públicas.

La tránsfuga no ha estado sola en su ya amplia etapa en la Administración pública. Su voto fue un imán que atrajo a personas de su entorno al brasero de los fondos públicos. Primero, Maruja Sánchez aprovechó la calidad de su voto para introducir en el Consistorio a cuatro personas de su entorno, una de ellas su nuera, que en total han percibido del Ayuntamiento cerca de 180 millones de pesetas. Luego, Maruja se acordó de su marido, Pedro Martínez, que en 1995 entró en el Consorcio Provincial de Bomberos de Alicante, como asesor y con un sueldo de 300.000 pesetas al mes, merced a una resolución de presidente de la Diputación, el popular Julio de España. Martínez sigue de bombero público.

El último de la saga Sánchez que ha pasado a integrar la nómina pública ha sido su hijo, contratado en 1999 como auxiliar administrativo en la delegación de Canal 9 en Alicante. El sueldo de esta categoría en 2000 era de 2.845.363 pesetas brutas anuales.

El voto de la tránsfuga Maruja conllevó otras prebendas: unas más explícitas que otras. La ex edil fue denunciada por supuesto tráfico de influencias el denominado caso Fayvi (una empresa de servicios en cuyo accionariado participaba uno de los guardaespaldas de la entonces concejal). El juez archivó el caso en abril de 1997. En los meses posteriores a la moción de censura, Sánchez y su marido pasaron a ser clientes preferentes de los bancos. La ex concejal logró sin mayores agobios dos créditos de 35 millones en sólo tres meses. Además, el matrimonio, pese a contar con embargos por impagos bancarios, logró adquirir una finca de 300.000 metros cuadrados.

Hacia el anonimato

Tras la polvareda de la moción y despojarse de su condición de cargo público, la ex bailarina de flamenco se parapetó, más y más, en las funciones que a dedo le había asignado el PP desde la alcaldía de Benidorm, y su vida social casi se ha disipado.

El beneficiario del voto tránsfuga ha recorrido un camino a la inversa: del anonimato, al estrellato. Una vez instalado en el nada desdeñable escaparate público de Benidorm, Zaplana se hizo con el control del PP valenciano. Con sus huestes alicantinas, por el sur, y la guerrilla frabrista, por el norte, rodeó Valencia. En un visto y no visto, derrotó a Rita y la confinó, embutida en vestidos rojos, en la alcaldía de Valencia.

Tras hacerse con el liderazgo regional del PP, Zaplana miró a Lerma y captó el elevado grado depresivo de la esfinge.

Entonces, lanzó un fogonazo, inundó el escenario electoral de humo y aplastó a la alicaída tropa socialista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de marzo de 2002