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COLUMNA

Ecocapitalismo

Lo noticia no radica en que el capitalismo se haya convertido en una suerte de naturaleza. Lo más insólito es que la Naturaleza se convierta ahora en el modelo del capital. ¿Extravagante? Pues en ello consiste la más reciente invención en los negocios norteamericanos: la Naturaleza que se tomaba como la máxima víctima del desarrollo salvaje se erige de súbito, desde su martirio, en la receta de las mayores corporaciones y en la benéfica orientadora de aquel potro salvaje que temía Marx.

Dos autores de perfiles antagónicos -un santón ecologista y un alto ejecutivo internacional- han escrito en colaboración un libro donde integran y reconcilian los intereses de la empresa y los intereses de lo natural. Contra la vieja idea de que la Tierra es mera fuente de recursos y materias primas, avanza la concepción de una Madre empresaria, sabia y eficiente, máximo paradigma que los emprendedores económicos deben imitar. Porque ¿cómo no admitir que la Naturaleza invierte y gestiona bien si ha perdurado 3.800 millones de año? ¿Qué otra empresa haría algo así?

En consecuencia, un japonés, Tachi Kiuchi (director de Mitsubishi Electric), y un norteamericano, Bill Shireman, directivo de Global Future y presidente de Future 500, gran pope de la defensa ambiental, han convenido en su obra What We Learned in the Rainforest: Business Lesson from Nature, aparecida hace tres semanas, que una economía del siglo XXI debe fijar los ojos en lo natural. Esta curiosa inclinación ha de venir inspirada, en parte, por la obsesión ecológica reinante pero también, complementariamente, por la facilidad con la que las ideas de cualquier clase se imbuyen de religiosidad en Estados Unidos. De hecho, reconocer a la Naturaleza como modelo de empresa es el máximo tributo que el mundo norteamericano de los negocios podía rendir al totem cósmico. Pero, a la vez, esta reverencia es como el bucle sagaz mediante el cual el capitalismo persigue legitimarse para siempre. Porque ahora ya no habrá fin del sistema sin fin del mundo. Ahora no habrá posible crítica racional. Ahora no habrá alternativa que no signifique caos.

Hasta ahora en la actividad económica se había seguido el patrón de la máquina. Ahora se trata del canon mismo de la vida. En la nueva economía de la información, la guía proviene, por fin directamente, del origen primitivo. Coca-Cola, Intel, Nike, Ford, DuPont, 3M o Hewlett-Packard entre otros casos que ilustran el libro, atienden, según los autores, al habla de las praderas, de los insectos, de los bosques. En el comportamiento espontáneo de la flora y de la fauna anida la fórmula de la productividad y el beneficio máximo. ¿Puede, por tanto, ser económica y ecológicamente sana una joint venture? No sólo puede. Los negocios modernos han de ser de esta manera si aspiran a prosperar. El éxito no procede de actuar mecánicamente sino vitalmente. La selva no es bárbara sino ilustrada y el libro de la selva es el manual para los managers actualizados. Doug Daft, directivo de Coca-Cola, comprendió la riqueza de la biodiversidad amazónica y promovió hasta 150 clases de refrescos. Los de Intel entendieron que el ahorro de energía era esencial en los mamíferos y así han venido reduciendo, gramo a gramo, el tamaño de sus procesadores. Finalmente, los de Dow Chemical o DuPont asumieron el secreto radical de la biosfera y han llegado hasta el desecho cero.

Contra la idea de que lo natural limita y las normas ecológicas coartan el desarrollo se idealiza con una empresa ética, sostenible y transparente. En el siglo XXI, por lo visto, o se siguen las leyes de los animales o se pierde dinero. Eso dice el fascinante capitalismo de hoy. Un capitalismo que habiéndose enseñoreado del planeta tiende a presentarse a imagen y semejanza del planeta. Marx creía que la clase obrera enterraría al capitalismo pero ahora resulta que ha sido el capitalismo quien lo ha enterrado todo. Sólo pervive su sistema ocupando la totalidad de la utopía, absorbiendo la totalidad de la cultura, coincidiendo ahora también, en su colmo ideológico, con la dialéctica de lo natural.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 1 de marzo de 2002